RAÍCES DE MANGLAR

Andrajos, hambre y sed

Andrajos, hambre y sed

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Proclives a desaparecer, a enfurecernos. El diagnóstico está ahí, lapidario. El lado oscuro, el derecho a mentir que cada hombre se adjudica, como quien coge una piedra en la playa.

¿Qué hacer cuando se posterga lo inevitable? Quiero creer en el buen hombre que alguna vez fui, liberarte se me ocurre como lo más digno, pero hay sombras en llamas que me obligan a retraerme y pasa el tiempo.

Y vienen y me hablan de ocasos genuinos al amparo de tu felicidad y parecen tan lejanos, como ráfagas de cordura; pura añoranza y melancolía.

Lo único que me sosiega es este claro, perfecto presente y el verbo en infinitivo de nuestra cotidianidad. Pero con la putrefacción del cuerpo viene la del espíritu y heme aquí, pendiente del reloj de arena. Sin saber cómo ni por qué.

El sonido del violín cada vez es más pesado y fúnebre; las tristezas las comparo con el pasto mojado de tu tierra, con las nieblas cubriendo sus montes y camposantos.

La peña a lo lejos, como el hombro de un titán fastidioso, bloqueándonos la vista, tal cual, diciéndonos “no marchen más, porque es el fin del mundo. No hay nada más para ver”.

He visto tus ojos remojados en lágrimas de odio y tus labios temblorosos, apretando y reteniendo hirientes escupitajos y groserías. Puedo imaginarte en mi sepelio, remordiéndote con toda aquella inquina atorada.

Es en tus ojos precisos donde más me he conocido y reconocido. En ese flechazo de luz que es tu mirada fue donde me enteré de tu decepción. Me atreví con cinismo cruel a tentar los espacios oblicuos de tu alma, pero en el encuentro con la verdad caí fulminado por el desengaño.

Fue en tus ojos donde supe que el daño era irreparable. Hoy, no importa lo que haga o diga, la mentira es una costumbre que no me puedo arrancar. Soy la decepción y el engaño, el deseo más atroz en manifiesto.

Pero también he visto en ellos el amanecer y la fatiga del desiderátum continuo. Recuerdo el aroma a mimbre y caña tierna. Tu mano en mi pecho, tu aliento tibio, tu abrazo generoso, tu sexo apetecible, tu leve rasguño y la amplia sonrisa.

Satisfacción efímera, preludio inequívoco de la soledad. Luz y sombras.

Olvidarme de todo esto me parece odioso, pues sería el acabose de una historia que, con altibajos, es la nuestra. Ya lo he dicho, no reconozco en mí al ingenuo amante, narrador incansable de historias, muchas de ellas lugares comunes. No reconozco al niño fugaz, al precoz incitador y aun así quiero ver nuestro cuento culminar entre sonatas, pompas y aplausos.

Porque las historias más felices siempre me gustan con un dejo de incertidumbre. Así como me es difícil confiar en un creador perfecto y bondadoso, no creo en las almas gemelas, no creo en los sentimientos puros, no creo en el amor sin mancilla de culpa y pecado, no creo en la inmaterialidad del deseo, no creo en los sortilegios modernos llenos de bonanza y falacias.

Ello, respetable por su naturaleza benevolente, bien intencionada y utópica, palidece ante el signo del olvido y colapsará por culpa de sus mismas ambiciones. El amor, como lo veo, es una fuerza cósmica que no podemos controlar, moldear y etiquetar. Creerlo sólo nos vuelve imbéciles generosos.

Creo en el devenir, en el tiempo que todo lo extingue, creo en el amor siempre libre y voluntarioso; lo que llaman responsabilidad afectiva es, a mediano plazo, un lastre de alto costo. Quien lo niega lo sospecha, que cada piedra cae por su propio peso.

Y aunque no lo creas, en la vorágine de esta existencia, donde poco a poco padecemos nuevas dolencias, enfermedades y descalabros, creo en lo que fuimos. Me aferro a ti cada vez que pienso en lo poco por lo que vale la pena vivir.

He querido que mis páginas y letras fuesen luminosas, sólo para verlas frustrarse y amargarse. Lo intento continuamente, como el suicida que, por autoconservación, repele aquellos pensamientos en un instante, pero el drama va tocando su fin.

Es este momento en mi vida definitorio. Lo mejor sería borrarme, pienso; no obstante, temo por lo habido y por el haber. Cada hombre decide, en algún momento, probarse ante el designio de la casualidad, pero las consecuencias podrían dejarnos en andrajos, hambre y sed.

Hambre y sed.

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Francisco  Cirigo

Francisco Cirigo

En su novela Rayuela, Julio Cortázar realiza varios análisis sobre la soledad, exponiéndola como una condición perpetua, absolutamente fatal. Dice que incluso rodeándonos de multitudes estamos “solos entre los demás”, como los árboles, cuyos troncos crecen paralelos a los de otros árboles. Lo único que tienen para tocarse son las ramas, prueba inequívoca de la superficialidad de sus relaciones. Las personas somos como árboles y nuestras relaciones son ramas, a veces frondosas y frescas, a veces secas y escalofriantes, pero siempre superficiales. Nuestros troncos son islas sin náufragos posibles.

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