PARRESHÍA

Cristóbal Colón

Cristóbal Colón

Cuando el monumento a Colón fue desmontado de su pedestal, so pretexto de una restauración, ignorábamos que la Jefa de Gobierno de la aún Ciudad de México nos estaba mintiendo. Lo que ella pretende, junto con el Tlatoani en turno, Pejelitzin I, es desmantelar la historia de este país, de esta ciudad y de sus habitantes. Sí, esos de clase media, que son la peor amenaza para su proyecto.

De forma taimada y claramente mentirosa, las autoridades de la Cuidad de México-Tenochtitlán, nos dijeron hace casi tres años que se retiraba para su restauración. Ahora resulta que no, que no era verdad, no regresará.

Hace casi 150 años, un empresario mexicano, Antonio Escandón, regaló dicho monumento a la capital de todos los mexicanos. Su intención nunca fue menospreciar a los habitantes originales de estas tierras, sino honrar la memoria de Cristóbal Colón, que a pesar de ser un hombre cuyo origen sigue perdido en el misterio, marcó un hito en la historia, que hoy el régimen pretende desaparecer por decreto.

No es importante discutir con qué otro monumento piensa Claudia Sheinbaum sustituir a Colón, lo grave es que pretende sustituir nuestra identidad de mexicanos del siglo XXI. Esta identidad que tanto trabajo nos ha costado forjar, para que no seamos ya ni españoles, ni mestizos, ni indígenas ni criollos; es para que seamos mexicanos.

Puede y debe de existir orgullo de nuestro origen multicultural, preservarse usos y costumbres, identidades ancestrales, pero sin que ninguna de éstas pueda ser motivo de discriminación y lograr al fin, que seamos todo lo que queramos ser, pero con la identidad clara y definida: mexicanos.

¿Desde hace cuántas generaciones no quedamos de vernos con familiares y amigos en la “Glorieta de Colón”? Este monumento es parte de nuestra cultura urbana del más puro orgullo chilango. Cuántas veces cuando algún extranjero venía a nuestra ciudad no le paseábamos orgullosos por Reforma, y sin duda señalábamos: “Ese es el monumento a Colón con la satisfacción de ser mexicanos”.

Jamás escuché a nadie decir, nos vemos en la glorieta de la deshonra o alguna tontería parecida. Claro que había trasnochados que el 12 de octubre (que alguien muy poco atinado nombró como el Día de la Raza) se ponían un poco nostálgicos de nuestro pasado azteca y dejaban el monumento hecho un asco, pero después volvía a ser parte de nuestra vida, de la Capital de todos los mexicanos.

Pero en el fondo, lo más lamentable es que la jefa de gobierno, no lo hace ni siquiera con un argumento mínimamente válido, ni le importó nuestra opinión. Su único y lamentable objetivo es mostrarse ante el mero-mero, ante el destapador presidencial, como la corcholata Superior y dejar de lado a la corcholata Perrier-Ebrard o al recién destapado Titán de Grosella-Adán Augusto y otras corcholatas menores.

Pero las autoridades encargadas de velar por el patrimonio histórico de nuestra ciudad, ¿no piensan alzar su voz y denunciar este atropello? ¿Qué sigue? ¿Desmontar la Catedral y reconstruir el Templo Mayor? ¿Derribamos el Castillo de Chapultepec para rescatar los baños de Moctezuma? ¿Y nos seguimos así para finiquitar cada monumento colonial que nos recuerde lo vergonzoso de nuestro nacimiento como nación?

¿No fue acaso suficientemente vergonzosa la pirámide de cartón piedra que el presidente y su señora nos endilgaron en el Zócalo? Todo para llenar el ego de la pareja presidencial y que nos recetarán de nuevo la cantaleta de que tienen que venir a pedir perdón todos los descendientes de los Austrias y Borbones, así como las autoridades eclesiásticas del Vaticano. Todos de rodillas a media plaza de la Constitución con cara de arrepentimiento.

Pero como obvio eso no sucedió, a pesar de las gestiones de Doña Beatriz en Europa, generosamente el presidente pidió perdón en nombre de ellos. Tipazo.

-Pancho Graue




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Luis Farias Mackey

Luis Farias Mackey

Ser o no ser, preguntó Hamlet. ¿Soy éste que soy?, preguntó Quetzalcóatl. ¿Vivo yo todavía?, preguntó Zaratustra. La primera es una opción binaria: sé es o no sé es. La segunda es la trama de la vida misma: ser lo que sé es. La tercera es descubrir si, siendo, efectivamente aún sé es. Vivir es un descubrimiento de lo que sé es a cada instante. Porque vivir es hurgar en el cielo y en las entrañas, en los otros -de afuera y de adentro-, del pasado y del presente, de la realidad y la fantasía, de la luz y de las sombras. Es escuchar el silencio en el ruido. Es darse y perderse para renacer y encontrarse. Sólo somos un bosquejo. Nada más paradójico: el día que podemos decir qué somos en definitiva, es que ya no somos. Nuestra vida es una obra terminada, cuando cesa. Así que soy un siendo y un haciéndome. Una búsqueda. Una pregunta al viento. Un tránsito, un puente, un ocaso que no cesa nunca de preguntarse si todavía es.

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