Un mal indiscriminado
Ojalá fuese clasismo o racismo, el problema no sería generalizado ni endémico, tampoco tendría el hedor propio de lo pútrido; bastaría entonces con meter al orden a unos cuantos desmandados y San se acabó. Pero no, nuestra realidad es mucho más compleja, enferma y esparcida.
Por supuesto resulta políticamente más explotable cualquier tipo de discriminación que la astenia y el desaliento. ¿A quién culpar por la ausencia de fuerzas, por la atonía, la fatiga? ¿Quién es el villano en un organismo en descomposición? La épica populista exige culpables, pero cómo reclamar al pueblo mismo.
Necesario es evitar caer en lo anecdótico y en ejemplos personalizados que de tan a la mano se antojan, sin embargo, debemos mantener la discusión en lo estructural y sistémico, a riesgo de extraviarnos en los extremos maniqueos y descalificaciones ad hominem que pueblan nuestro haber ciudadano.
Si hace diez años alguien nos hubiese descrito los trazos distintivos de las hoy élites gobernantes, sus perfiles, comportamientos, jactancias, escándalos y excesos, nadie le hubiese creído. Más no pasa un día sin que nos sorprendamos abismándonos a profundidades que jamás creímos pudiesen llegar a existir.
Y no solo es un problema de grandes números, lo es principalmente de calidad: somos innúmeros y gozamos de una consistencia sin fisuras ni sombras en las condiciones y seguridades de nuestro pudrimiento, hacemos de las pústulas ostentación, de la fetidez albricia, de lo vulgar hidalguía.
Nótese que no hablo de orígenes ni de condiciones primigenias y compartidas, tampoco de génesis; hablo de descompostura, desorden, desperfecto. No es, por tanto, un asunto del color de la piel, del origen del pesebre, de las condiciones y circunstancias del crecimiento, las injusticias y desigualdades sufridas, la falta de oportunidades o la abierta y nefanda explotación, sino de un proceso propio y degenerativo ya muy por encima del umbral de rebaño; hablo de una afección, de una pérdida efectiva de ser.
Tampoco es un asunto de fealdades individuales y sobresalientes, en general nos hemos vuelto un pueblo feo, tosco y sombrío; ignorante, grosero, fatuo. Evito dar nombre y poner rostro al fenómeno, pero nuestra realidad cotidiana es ya incapaz de contener la degradación humana, descomposición de vida, inquina relacional, ignominia, fealdad, hedor, oprobio e infamia que definen a México hoy. Los rostros del México actual no alegran ni entusiasman, no enorgullecen, no inspiran, no convencen, tampoco calman: incordian, escarnecen, avergüenzan, espantan.
Hoy México duele, no se lleva con orgullo, se carga como ataúd; en sus campos no se siembran mañanas, escarbamos con las uñas un Camposanto nacional de desaparecidos; hoy México no se canta, se llora.
Alguna vez soñamos que soñábamos, pero hasta ese sueño soñado fuimos incapaces de defender como propio, hoy ya no hay sueño posible, somos nosotros mismos nuestra pesadilla.
No, no es clasismo ni racismo porque el mal es indiscriminado.
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