PARRESHÍA

El Gertz de Scherer

El Gertz de Scherer

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La historia de Scherer pinta a un López y a un Gertz pasmados e incapaces de estar a la altura del momento.

El libro de Scherer es un mal intento por lavarse la cara acusando a otros, no por ello inmerecidamente, y de paso victimándose, así como una crítica melosa y farsante envuelta en interminables loas a López Obrador: no servía para nada, todos lo manipulaban, pero era muy buen hombre.

Quiero hoy centrarme en un tema del libro que me parece, junto con otros, inverosímil.

Scherer dice que Germán Martínez Cázares buscó la fiscalía General, pero que finalmente le ofrecieron el Seguro Social, aunque ya no señala por qué no él ni, en su caso, a quiénes sí tenían estaban en la lista para ser fiscal.

Así, según él, una de las posiciones más delicadas y estratégicas de cualquier gobierno se traspapeló hasta que Scherer, la noche previa a la toma de posesión le hizo ver al presidente electo que faltaba ese nombramiento, mismo que requería la aprobación previa del Senado y, por tanto, de la designación de un, entonces, subprocurador que prelara ante la ausencia del titular, en tanto se agotaba el trámite senatorial.

Scherer pinta un López sorprendido, “¡Caray!, ¿cómo que se me olvidó nombrar al fiscal?”, es decir, no sabía ni a quién hacía falta nombrar en uno de los puestos estratégicos de su gobierno. “Sí, le contesta el siempre oportuno y eficaz Scherer, tienes que nombrar un subprocurador para que opere como fiscal hasta que lo ratifique el Senado”, como si eso no hubiese estado previsto, aún en el caso de Martínez Cazáres, y sin que nadie en el entorno presidencial, sobre todo los que estaban encargado de ello, no se lo hubiesen recordado una y mil veces.

Lo increíble es lo que sigue: “¿A quién nombramos?, le pregunta un López extraviado, ¡Tú dime!”, le pide a ¡Scherer! Un presidente que no dejaba que se moviera la hoja de un árbol sin su autorización, pasmado, deriva en un subalterno un nombramiento trascendental. “Háblale a Durazo y dile que necesitamos un sustituto temporal, que a quién ponemos. Me hablan ustedes y me proponen a alguien con mucho gusto lo planteamos”. ¿Plateamos? ¿Con mucho gusto? No se trataba de plantear, sino de decidir y operar, y no en plural, menos con López. Nótese que se habla de un sustituto temporal, no precisamente de quien finalmente, aprobado por el Senado, sería el fiscal general de la Republica por nueve años.

Scherer cuenta entonces que Durazo y él “propusieron” a Gertz Manero, no sin apostillar que se avergüenza de ello, pero se lava las manos: “el presidente (electo) aceptó”. En otras palabras, si nuestra propuesta fue errada, no es nuestra (mi) culpa.

Luego narra que fue él, ¡quién más!, quien habló con Gertz: “Doctor, le hablo de parte del señor presidente para ofrecerle ser el Subprocurador de Asuntos Internacionales y de hecho operaría usted la Fiscalía”. El planteamiento, si se ve textualmente, no es de fiscal general de la república, es de una suplencia, desde la cual operaría temporalmente la fiscalía, hasta en tanto fuese ratificado el fiscal definitivo por el Senado. Ante tal fraseo, un abogado como Gertz, no hubiese aceptado ser un encargado del despacho por unas semanas. Pero no, Gertz, dice Scherer, contestó a un ofrecimiento de fiscal que, en los términos plateados jamás se hizo.

Ahora, la respuesta que Scherer pone en boca de Gertz es inverosímil y lleva una descalificación implícita: “No, dijo aquél”. “¿Le digo al presidente que no aceptó?”. “No, no puedo creer lo que me está diciendo. Toda mi vida he querido ser fiscal y ahora el presidente me lo ofrece cuando yo iba a ser (solamente) subsecretario de Seguridad con Durazo. Claro que sí acepto”. Scherer pinta a un Gertz confuso, sorprendido y radiante, cual quinceañera nombrada la más bella de la kermes, o el niño con bicicleta nueva, cuando solo esperaba, se entiende que tal era su nivel antes de la intervención salvífica de Scherer, un patín del diablo. “¿Qué tengo que hacer?”, dice que le preguntó solicito Gertz cual neófito principiante. “Así, concluye Scherer, fue nombrado Gertz”.

La historia de Scherer pinta a un López y a un Gertz pasmados e incapaces de estar a la altura del momento, a un Durazo comparsa y a él como artífice del nombramiento y operador principalísimo.

Paradójico, no habían pensado en fiscal de la República, pero sí en subsecretarios. Y, ya en ese tenor, ¿no era lógico que Gertz hubiese preguntado si Durazo ya estaba enterado?

Resulta increíble creer que Gertz, ante la responsabilidad del cargo, no hubiese solicitado antes hablar directamente con el presidente, saber qué idea tenía para su fiscalía, qué esperaba de él, hasta dónde podía llegar y con qué garantías. Además, asegurarse que el compromiso político fuese con la cabeza y no con un subalterno con fama pública de gandalla. ¿Qué poder podría tener un fiscal nombrado a trasmano? Solo un suicida aceptaría semejante riesgo personal y familiar sin las garantías del único que se las puede dar, el presidente de la República.

Ya saldrán Gertz, López y hasta Durazo a dar su versión del caso, pero recupero el tema para acreditar que Scherer a lo largo de todo su libro de presenta como el amigo, confidente, operador y hombre de confianza de López, no hubo tema, conversación, problema en el que no estuviese años antes de llegar con López al poder, y se podía hacer cargo de siete elecciones en el sureste al tiempo de asesorar personalmente a Claudia en su estrategia de campaña en la ciudad de México sin descuidar su papel principal de consigliere del pastor. Y aquí una apostilla, llama la atención la insistencia de Scherer de ubicar a López como un predicador, misionero y pastor religioso, al tiempo de quemarle incienso, mirra y copal hasta hartar al lector, sin por ello dejar de pintar a López como un inepto, desordenado, obtuso, necio y manipulado, pero, finalalmente, un buen hombre, un soñador.

Con independencia de lo que Gertz hubiese hecho ante la supuesta llamada de Scherer, está lo que López, aun en su papel de buen hombre, haría. Incluso López no nombraría al fiscal general de la República sin antes acordar con él las reglas y límites del juego, más siendo un paranoico delirante, desconfiado hasta de sus hijos.

Por último, Gertz podrá ser todo lo que se diga de él y peor, pero es un abogado muy corrido y maquiavélico, jamás hubiesen aceptado esa responsabilidad a trasmano y de esa mano. Seguramente ha de haber pactado con López todas las aristas de su encargo y el más consistente compromiso posible. Gertz ni tiene alma de florero, ni lo veo escribiendo libros para salvar su cara.


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Luis Farias Mackey

Luis Farias Mackey

Ser o no ser, preguntó Hamlet. ¿Soy éste que soy?, preguntó Quetzalcóatl. ¿Vivo yo todavía?, preguntó Zaratustra. La primera es una opción binaria: sé es o no sé es. La segunda es la trama de la vida misma: ser lo que sé es. La tercera es descubrir si, siendo, efectivamente aún sé es. Vivir es un descubrimiento de lo que sé es a cada instante. Porque vivir es hurgar en el cielo y en las entrañas, en los otros -de afuera y de adentro-, del pasado y del presente, de la realidad y la fantasía, de la luz y de las sombras. Es escuchar el silencio en el ruido. Es darse y perderse para renacer y encontrarse. Sólo somos un bosquejo. Nada más paradójico: el día que podemos decir qué somos en definitiva, es que ya no somos. Nuestra vida es una obra terminada, cuando cesa. Así que soy un siendo y un haciéndome. Una búsqueda. Una pregunta al viento. Un tránsito, un puente, un ocaso que no cesa nunca de preguntarse si todavía es.

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