PARRESHÍA

El mundano

El mundano

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Son los Estados quienes, por su incapacidad, dejan de ser funcionales para sus ciudadanos, los expulsan y generan un mundo cada vez más poblado por mundanos que por ciudadanos.

Cuando Estado, política y ciudadanía son conceptos desastrados y de salida, es tiempo de empezar a pensar diferente. Con independencia de las relaciones interciudadanas, la ciudadanía hoy se entiende como un estatus que otorga y garantiza el Estado. En esas circunstancias, si el Estado deja de hacerlo aparecen las migraciones que recorren la tierra sin Derechos Humanos, ni políticos. El siglo pasado les llamamos refugiados, hoy podemos llamarles no-personas. Pero los exiliados por migración que no encuentran lugar, pertenencia ni derechos en estados ajenos, dejaron de encontrarlos primigeniamente en el de su origen.

Se podría decir que el problema es de crisis de Estado, pero cometeríamos el error de ver solo parte del problema: el fondo es el diseño de la relación de interdependencia entre el Estado y el ciudadano.

Veamos, las personas instituyen y constituyen la ciudad, pero sólo en ella las personas pueden desplegar plenamente su ciudadanía. Las personas hacen la ciudad y si bien ésta no hace la ciudadanía, sí la hace posible. En la Grecia clásica la ciudad era el Estado, la Ciudad-Estado, a diferencia del Estado actual: el Estado Nación. Griego, así, era el nacido en la Ciudad-Estado de Atenas y de ateniense. El mito ciudadano helénico derivó la ciudadanía en pertenencia a una estirpe y a un territorio, sólo los autóctonos, descendientes de Erictonio, hijo de Hefesto y Gea (la madre tierra), y criado por Atenea, y nacidos en suelo ateniense, eran considerados griegos. Todos los demás eran bárbaros. Llamaban Metecos a los bárbaros que podían vivir en Atenas, pero no solo se les distinguía como foráneos y ajenos, sino se les privaba de derechos. De igual manera, el mayor castigo para sus ciudadanos era el exilio, el des-tierro.

El ciudadano es un individuo y una persona: el individuo es una unidad indivisible, es por tanto número. La persona es una cualidad, la de “representar un papel como ser sociable” (Antonio Caso) En la tragedia griega se llamaba persona al actor que representaba un papel en la trama, de igual forma, persona es quien realiza una acción de cara a otros y con ello se da a ver y oír, se hace presente y distingue en un grupo humano, ese grupo humano fue la Ciudad-Estado, y hoy es el Estado-Nación.

Así se constituyó el binomio indisociable de Estado ciudadano, de suerte que ambos se requieren, los ciudadanos integran el Estado y se someten a él, el Estado otorga el estatus a sus ciudadanos, estatus que implican sistema jurídico, orden político y pertenencia, el Estado determina quienes son los suyos y quienes no, al tiempo de diferenciarlos también en identidad y derechos.

Pero hoy el Estado está en crisis, cada vez puede menos ante los fenómenos y poderes fácticos globales, de cara a estados con pulsaciones imperiales y frente a sus capacidades para resolver las contradicciones y condiciones de la vida a su interior. En México, amplias franjas de territorio están bajo control del crimen organizado y éste ha penetrado hasta el tuétano en las estructuras estatales, sociales y económicas. En Estados Unidos Trump empezó persiguiendo migrantes y terminó combatiendo a ciudadanos norteamericanos contrarios a él. En gran número de naciones sus estados son incapaces de garantizar la vida a sus nacionales, sea por cuestiones de seguridad o de economía, y terminan expulsándolos a una condición de exilio disfrazado de migración. Arendt mostró el siglo pasado que los desplazados no solo perdían su hogar y comunidad, también su lengua, paisaje y sabores, pero lo más grave es que no tenían en su horizonte comunidad de destino, lugar en el mundo ni derechos que hacer valer. Y esa realidad es en este siglo aún más presente, numerosa y dolida. Los exiliados empiezan por serlo de su ciudadanía, quien debiera garantizarla es incapaz de hacerlo o es quien los persigue, y los que los reciben lo hacen bajo el concepto de otros, hasta que terminan siendo exiliados de la humanidad.

El fenómeno no es nuevo, ya Plutarco en “Sobre el destierro” urgía a distinguir entre la tierra de nacimiento y la que “habitas y usas”, habida cuenta, decía, que “verdaderamente, la naturaleza nos deja libres y liberados, pero nosotros mismos nos atamos, nos estrechamos”, de allí que llamase a resignificar el exilio liberando al ciudadano de sus ataduras a una patria, de suerte de considerar “el exilio como la condición política más auténtica”. Arendt, que sufrió el exilio y fue una refugiada, también habló de los refugiados como “la única figura pensable del pueblo en nuestros tiempos”. Los griegos, por su parte, no obstante fundar su ciudadanía en la autoctonía, siempre dijeron que “a donde vayas serás una pólis”, porque, bien dijo Agamben de la persona humana: “ninguna vida es más política que la suya”, por lo que tendríamos que dejar de considerar como eje de lo político al ciudadano y su estatus dependiente de un Estado, y aprender un poco más del exilio y del refugio.

Para ello nos guiaremos por Weil y Ortiz Gala, empezando por desmenuzar la concepción del ciudadano y sus características de exclusividad y exclusión.

La ciudadanía es una cualidad que distingue a quien la goza del que no, en el Estado moderno es un estatus jurídico y una capacidad política dentro de él que, además, otorga pertenencia a la respectiva nación. Este estatus y exclusividad se hacen por sobre la naturaleza del sujeto: Agamben distingue en el hombre su vida biológica y su vida “cualificada o política”, ambas sobre el mismo individuo, una cara es la de la persona y la otra la del ciudadano. Ésta última está imbricada al Estado. Por su parte Aristóteles nos habla de la pólis como la expresión de las necesidades de vida de la persona, somos seres gregarios, pero también con la finalidad de alcanzar en ella una vida mejor: además de vivir, vivir bien (eusen). Es sobre esta dicotomía sobre la que se desplanta el problema de poder pensar más allá del ciudadano y del Estado. La pólis separó a los propios de los ajenos, pero también, nos dice Ortiz Gala, al individuo de la persona, al organismo biológico del Zoon Polítikon, y al vivir de vivir bien. Esta dicotomía nos ha llevado ahora a la alternativa de vivir, de quienes todavía gozan del Estado y su protección, y de no vivir del exilio migrante. Pero también de los exiliados en tierra propia: en la pantomima de elección judicial acudieron a las urnas solo un 13 por ciento de los electores, pero para Morena y su gobierno el 87 por ciento restante no es ya pueblo ni cuenta; igualmente, un 20 por ciento de la sobrerrepresentación robada por Morena, significa reducir a cero la voluntad del 20 por ciento de los sufragantes efectivos en la última elección legislativa federal. Todo ello es una exclusión de ciudadanía en tierra autóctona.

El meteco (bárbaro residente) podía vivir en Atenas, pero no aspirar al Euzen, la vida buena, exclusiva de sus ciudadanos. La ciudadanía, pues, al distinguir, excluye.

Hoy en día los Derechos Humanos definen por sobre los Estados los derechos propios a todo ser humano que aquéllos están obligados a respetar y hacer efectivos. En los hechos, sin embargo, vemos a millones de migrantes sin que sus derechos humanos sean efectivamente respetados ni hechos valer, también, y cada vez más, vemos violaciones de Derechos Humanos sobre ciudadanos por el Estados de su pertenencia. En México, Morena borró los Derechos Humanos, hoy habla de derechos del pueblo, como si la entelequia pudiese ser un sujeto de derechos.

Regresemos a la vida biológica y a la vida política, ¿quién determina los criterios para hacer efectiva la segunda? El ente Estado y lo puede hacer ya con una ciudadanía robusta, ya con una débil, en donde el ciudadano goce plenamente de sus derechos o lo haga en condiciones de gran fragilidad o no goce de ninguno. Se puede ser ciudadano de jure y no de facto. Más todavía, el Estado puede selectivamente privar a sus miembros de la vida política, pero también de la calidad de vida biológica, por lo que Balibar sostiene que hay personas que moran en el Estado de su origen a los que no los reconoce como sujetos de derechos en los hechos, en realidad en una no-vida. Y cuando estos sujetos se ven obligados a migrar, tampoco encuentran condiciones de vida biológica en los estados receptores.

Por tanto, la separación original de hombre y ciudadano, así como la protección de los estados para con los suyos y para con los ajenos, cada uno en la distinción de sus derechos, no necesariamente se cumple.

El Estado y el mito griego que le dio vida a lo ciudadano son de naturaleza inmunitaria por la cual unos están protegidos con derechos y otros eximidos de ellos; Estado y ciudadanía se sustentan en la legitimidad de unos y la ilegitimidad de otros, ambos casos se desplantan sobre el concepto de pertenencia, dice Sassen “en políticas e identidades exclusivas” y, agrego yo, excluyentes.

Desde 1943 Weil se planteó el problema, imposible hacer de lo ciudadano una categoría universal, cuando de esencia es un concepto excluyente y diferenciador, tampoco veía viable la figura de personas con su esfera jurídica de derechos universales, con independencia de su estatus jurídico y frente a cualquier Estado, por tanto, no encontraba otra salida que la de inventar nuevas instituciones, conceptos y palabras. Para Weil había que ir más allá de los derechos exclusivos para arribar a la justicia y proteger la vida con independencia del ordenamiento jurídico de que se trate.

Weil nos invita a abandonar las categorías de persona y ciudadano, y empezar a pensar en lo “impersonal”, a transvalorar sus fronteras admitiendo que lo más sagrado, lejos de ser la persona, “es aquello que en el ser humano es impersonal”. En este caso nuestra perspectiva tiene que ir más allá del individuo, la persona y sus atributos diferenciadores en número, cualidades, derechos y política, para alcanzar lo anónimo, diría Esposito: aquello que se encuentra antes o después del sujeto personal y no coincide nunca con él. Lo anterior implica romper con lo identitario y la pertenencia que diferencian y excluyen. Para Weil lo impersonal abandona cualquier forma de identidad, individual o colectiva, para arribar a “una responsabilidad respecto de todos los seres humanos”, es decir, una responsabilidad que proteja aquello que no es ni puede ser identitario. Por eso nos pide no conjugar en primera ni segunda persona, del yo y del tú, sino desde la tercera persona, el ¡él!, que “no es referible a nadie o bien es extensible a todos”, (Esposito), como dice Agamben: un ser “cualsea”, que “sea quien sea importe”, con independencia de su estirpe y lugar de nacimiento, “un ser tal cual es”. La tercera persona se libera de la dicotomía entre la vida biológica y la política, y no protege a una titularidad determinada de derechos sino a cada humano en tanto tal.

La historia, dicen, empezó cuando alguien en la época de las cavernas levantó su brazo en defensa de otro, jamás sabremos quiénes fueron, ni dónde, ni cuándo, pero estamos ciertos que ellos dieron inicio a la historia humana, pues bien, Weil nos invita pensar en el grito de aquel que sufre un mal y que brota más allá de lo personal y que expresa “la sensación de un contacto con la injusticia a través del dolor (y) constituye siempre, tanto en el último de los hombres como en Cristo, una protesta impersonal”. La cuestión de “¿por qué se me hace daño?” tiene un carácter ontológico y existencial para la naturaleza humana toda. Las madres buscadoras son un ejemplo al caso mexicano, son incontables, pero su reclamo es el de toda madre y va mucho más allá del derecho que, en su caso, resolvería el sufrimiento de una o de algunas, más no así el dolor que es de todas, incluidas las que por fortuna no han perdido a nadie por desaparición.

Ortiz Gala nos invita a ver la ciudadanía más que como atributo que individualiza y distingue, bajo la perspectiva desde lo impersonal, que no está definida ni reducida a atributos, y dejar de convertir el accidente de nacer en un evento de carácter político jurídico que inscribe a cierto orden estatal.

Ahora bien, lo anterior representa un peligro de muerte para el Estado, que precisamente se legitima y sostiene en el monopolio de la expedición de certificados de pertenencia que le permiten fijar las fronteras de su poder. Por eso, lo impersonal, dice ella, “apunta hacia el agotamiento de las categorías jurídico políticas occidentales”.

Es previsible que un planteamiento desde lo impersonal que rompa el binomio Estado ciudadano espante de vacío a muchos, pero los hechos muestran el agotamiento de ambas instituciones. Por otro lado, no podemos seguir cerrando los ojos en el siglo de las migraciones al exilio como un problema humanitario que rebasa a los estados y hace nula la ciudadanía.

Es la crisis de los Estados Nación la principal generadora de las migraciones, en varias naciones los recién llegados sobrepasan en números a los propios y su estatus excluyentista. Los desterrados empiezan a poblar la tierra.

Son los Estados quienes, por su incapacidad, dejan de ser funcionales para sus ciudadanos, los expulsan y generan un mundo cada vez más poblado por mundanos que por ciudadanos.

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Luis Farias Mackey

Luis Farias Mackey

Ser o no ser, preguntó Hamlet. ¿Soy éste que soy?, preguntó Quetzalcóatl. ¿Vivo yo todavía?, preguntó Zaratustra. La primera es una opción binaria: sé es o no sé es. La segunda es la trama de la vida misma: ser lo que sé es. La tercera es descubrir si, siendo, efectivamente aún sé es. Vivir es un descubrimiento de lo que sé es a cada instante. Porque vivir es hurgar en el cielo y en las entrañas, en los otros -de afuera y de adentro-, del pasado y del presente, de la realidad y la fantasía, de la luz y de las sombras. Es escuchar el silencio en el ruido. Es darse y perderse para renacer y encontrarse. Sólo somos un bosquejo. Nada más paradójico: el día que podemos decir qué somos en definitiva, es que ya no somos. Nuestra vida es una obra terminada, cuando cesa. Así que soy un siendo y un haciéndome. Una búsqueda. Una pregunta al viento. Un tránsito, un puente, un ocaso que no cesa nunca de preguntarse si todavía es.

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