PARRESHÍA

Aura

Aura

Foto Copyright: CA Times

El esteticismo político ni es arte, ni es político, es la deformación de ambos.

El pasado merece nuestro respeto. Si bien éste nunca deja de ser, siempre tendrá nuevas enseñanzas para quien con humildad acuda a interpelarlo para comprenderse en el devenir, organizar su presente y transitar al futuro. Cuando en cambio se le irrespeta y en lugar de conversar con él se falsea como coartada de determinismos históricos, calla y se disipa hundiendo al violador -persona o generación- en el más profundo de los abismos.

Por eso, Leopoldo Zea en México y Walter Benjamin en Alemania nos hablaban de ser responsables para con el pasado y nuestra necesidad de articular con él presente y futuro a riesgo de extraviar la vida en un sinsentido. Pero Benjamin fue más allá, nos instó a hacer del pasado una articulación crítica, debido a que la historia siempre la escriben los vencedores y por ello sea menester ver la historia triunfante a contrapelo bajo la visión de los vencidos. Para él el ángel de la historia es siempre arrastrado hacia el futuro por un huracán llamado progreso que a su paso acumula catástrofes y sinsabores, y como si éste siempre fuera incremental y no contingente; el ángel le da la espalda al pasado, cuando el verdadero papel del ayer y la responsabilidad de nosotros es redimirlo, hacerle justicia, en las circunstancias de nuestro presente.

La interpretación de la historia de Benjamin resulta conectada a su crítica del arte mecánicamente reproducido. La obra de arte, históricamente hablando, nos dice, está dotada de un aura, una especie de hálito, aliento o soplo que metafísicamente toca nuestro ser, así el aura del arte acusa unicidad, es única en su existencia y ubicuidad, es auténtica en su historia y tradición, entre ella y nosotros siempre hay una distancia infranqueable y, por ende, nos es una otredad en tanto experiencia y vivencia. No obstante, hoy la obra de arte puede ser reproducida mecánica, digital, electrónica e industrialmente, nuestra experiencia con ella cambia: originalmente la obra de arte surgió con un propósito mágico religioso propio del rito o del culto, por ello se resguardaba o-culta en cuevas (pinturas rupestres), iglesias y finalmente museos. El arte, así, no sólo era parte de un culto, sino como tal también era oculto. Hoy, sin embargo, su reproducción masiva lo sitúa al alcance de todos, esa asequibilidad lo emancipa de su aura, de su naturaleza ritual y de su ocultamiento, pasando a ser expositivo. A diferencia de una pintura, la fotografía carece de unicidad, puede tener tantos ejemplares como se quiera y todos ellos son auténticos, aunque múltiples, su distancia y otredad también se han perdido.

Así, la experiencia aurática, propia del recogimiento y el éxtasis, ha pasado a ser distractora y banal, su criterio de apreciación ha dejado de ser estético para ser político, es decir, propaganda. Benjamin fue víctima del nazismo y observó en él al esteticismo de la vida política, que convirtió las características de la obra de arte a un valor de culto político: el Mesías populista, la teología política y su febril fervor, la secularización del rito (las mañaneras) y el dogma (La Transformación). El aura ya no es de la obra de arte, sino del mesías y su reproducción masiva, omniabarcante y mediada por el algoritmo mata en nosotros toda pensamiento y conciencia críticos, hundiéndonos en un estado permanente de guerra o polarización. El verdadero evento estético de nuestro tiempo es así destructivo, no creativo y el espectador tiene por experiencia estética el consumo pasivo y el resentimiento.

Por eso lo primero que hizo el obradorato fue destruir el pasado, substituirlo con su falseamiento y reescritura. Un pasado vaciado de sí es la nada como presente, de allí la necesidad de llenar el instante con ruido y rijosidad. No pretendo defender ciegamente nuestro pasado, pero sí recuperarlo en sus méritos y deméritos para ponernos en paz con él, para comprenderlo y para redimirlo, sin negarlo ni adulterarlo. Incluso nuestro pasado inmediato clama por no ver en él ningún canto triunfal, antes bien, nos urge a recuperar el haber de sus víctimas que son legión y no enemiga.

Finalmente, tenemos que recuperar nuestra capacidad de ver el aura en la obra de arte y no confundirla con la propaganda política, el esteticismo político ni es arte, ni es político, es la deformación de ambos; también debemos recuperar el pensamiento crítico y no confundir tenis con ideas.

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Luis Farias Mackey

Luis Farias Mackey

Ser o no ser, preguntó Hamlet. ¿Soy éste que soy?, preguntó Quetzalcóatl. ¿Vivo yo todavía?, preguntó Zaratustra. La primera es una opción binaria: sé es o no sé es. La segunda es la trama de la vida misma: ser lo que sé es. La tercera es descubrir si, siendo, efectivamente aún sé es. Vivir es un descubrimiento de lo que sé es a cada instante. Porque vivir es hurgar en el cielo y en las entrañas, en los otros -de afuera y de adentro-, del pasado y del presente, de la realidad y la fantasía, de la luz y de las sombras. Es escuchar el silencio en el ruido. Es darse y perderse para renacer y encontrarse. Sólo somos un bosquejo. Nada más paradójico: el día que podemos decir qué somos en definitiva, es que ya no somos. Nuestra vida es una obra terminada, cuando cesa. Así que soy un siendo y un haciéndome. Una búsqueda. Una pregunta al viento. Un tránsito, un puente, un ocaso que no cesa nunca de preguntarse si todavía es.

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