PARRESHÍA

Lo ciudadano posible

Lo ciudadano posible

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Un mundo propicio para que sea lo que debe ser.

Un muy querido amigo me preguntó ayer cómo hacer valer nuestra ciudadanía. Desgraciadamente el problema no es de fácil y rápida solución, de hecho, la crisis política de occidente se viene arrastrando desde principios del siglo pasado y no se ve para cuando nos decidamos a entrarle al toro.

Ciudadano ya no es para nosotros un modo de SER, es más bien un mote, una etiqueta, una credencial; cuando mucho una de tantas categorías con las que nos pensamos y que utilizamos para hacernos entender.

Fue Heidegger quien nos hizo ver que las categorías sobre nosotros arrastran nociones, supuestos teóricos, significados históricos y prejuicios que a la larga terminaron por reducirnos a una cosa más entre las cosas o, a lo más, a un animal racional ajeno al mundo.

Como sea, habrá que empezar por reconocer que los supuestos y significados de lo ciudadano nos son hoy tan desconocidos como irrelevantes. Si bien el vocablo es harto utilizado, mientras más se usa, cual fuelle al inflarse, más vacío queda.

Por supuesto que gobiernos y partidos explotan el concepto sin misericordia, pero ello no resuelve nuestras dudas ni vaciedades, las ahonda al hacernos objetos inconscientes e inermes de su explotación. La democracia hoy en el mundo, gracias a los populismos y propagandas, es un océano de arenas movedizas en las que mientras más nos movamos más nos traga, con una sola salvedad, que en su superficie todo es llamas.

Como Heidegger, no debemos preguntarnos únicamente sobre el conocimiento y salvación de lo ciudadano, sino por la comprensión de su ser y circunstancia. Parafraseándolo: estamos arrojados en un mundo pleno de significados, sentidos, temporalidades, afectos e interdependencias y sólo podremos entendernos dentro de él, pero resulta que todo el edificio conceptual político -que nos obstinamos en conservar- se construyó sobre pilotes metafísicos y mitos hoy ya olvidados e inservibles, de suerte que estamos obligados por igual a construir un nuevo mundo para un nuevo ciudadano.

Ello cambia la pregunta original, no es resolver y valorar lo ciudadano, sino cuál es el mundo propicio para que sea lo que debe ser, cuáles sus significados y sentido hoy para nosotros. No es un problema de producción en serie ni respuestas de la IA, ni siquiera una oposición salvadora, es desaprender todo lo aprendido y ya inservible, y pensar un nuevo mundo acorde a las condiciones, necesidades y riesgos de la humanidad futura.

Respondo pues a mí querido amigo de la mano de Arendt: no es resolver hic et nunc al ciudadano, es salvar la posibilidad de un mundo que aún lo haga viable.

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Comentarios



Luis Farias Mackey

Luis Farias Mackey

Ser o no ser, preguntó Hamlet. ¿Soy éste que soy?, preguntó Quetzalcóatl. ¿Vivo yo todavía?, preguntó Zaratustra. La primera es una opción binaria: sé es o no sé es. La segunda es la trama de la vida misma: ser lo que sé es. La tercera es descubrir si, siendo, efectivamente aún sé es. Vivir es un descubrimiento de lo que sé es a cada instante. Porque vivir es hurgar en el cielo y en las entrañas, en los otros -de afuera y de adentro-, del pasado y del presente, de la realidad y la fantasía, de la luz y de las sombras. Es escuchar el silencio en el ruido. Es darse y perderse para renacer y encontrarse. Sólo somos un bosquejo. Nada más paradójico: el día que podemos decir qué somos en definitiva, es que ya no somos. Nuestra vida es una obra terminada, cuando cesa. Así que soy un siendo y un haciéndome. Una búsqueda. Una pregunta al viento. Un tránsito, un puente, un ocaso que no cesa nunca de preguntarse si todavía es.

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