PARRESHÍA

No olvidar

No olvidar

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Comprender.

Se dice que “los tontos entran a zancadas donde los arcángeles no se atreven”. El tema que motiva el libro en comento, “Nadie supo nada”, es uno de esos lugares. No obstante, Fernández Menéndez sí se atrevió y no a zancadas. Su inmersión en el pasado, además de respetuosa con hechos y personajes, es puntual, informada, exhaustiva, de férreo objetivismo, profesional.

Presentación del libro "Nadie supo nada" de Jorge Fernández Menéndez, en Monterrey, Nuevo León

En sus páginas el historiador rebasa al periodista. Profesiones que en Jorge se amalgaman sin fisura y cuyo ámbito es el estudio y explicación de los hechos; la primera, sin embargo, la del historiador, tiene una perspectiva de futuro indefinido -una simiente de eternidad, diría Platón-, porque busca “evitar, en palabras de Heródoto, que con el tiempo caiga en el olvido lo ocurrido”. Más agrega: lo ocurrido “entre los hombres y así las hazañas, grandes y admirables, realizadas en parte por los griegos y en parte por los bárbaros, se queden sin fama.” La historia, pues, para ser, no debe pecar de parcial. Regresaremos luego sobre las tentaciones revisionistas de la historia siempre presentes.

La memoria, decía un presidente mexicano, es el anti-tiempo. Pero tal vez sea más que eso: quizás la memoria sea el hacedor del tiempo. ¿Existe tiempo sin memoria? Si lo pasado fuese imposible de ser recuperado en el receptáculo del recuerdo, existiría el tiempo. Y, de existir, de cualquier forma, nos sería desconocido sin memoria.

Pero lo más importante de la memoria no es en sí el recuerdo, sino el no olvido. “Nadie supo nada” no nos llama a recordar; nos exige a no olvidar.

Recordar es traer al presente, no olvidar es tener presente. Se re-acuerda solo aquello que se ha olvidado. No olvidar es tener a la vista constantemente el hecho; aprehenderlo -asirlo-; y comprenderlo -asirlo mentalmente-, es decir, contenerlo, tenerlo dentro de nosotros. No olvidar es, pues, retener, entender, aprender y contener; tener presente desde la conciencia y la reflexión, es decir, desde la lectura de sí mismo.

Fernández Menéndez no nos invita a un ejercicio lúdico o, como algunos quisieran, a laudar una gesta épica; nos invita a la objetividad plena y nos demanda seriedad y humildad en el análisis. No busca reabrir heridas, ni dolerse o solazarse en ellas, sino cerrarlas para siempre. En palabras de Spinoza: “No burlarse, no lamentarse, no detestar; comprender.”

Cerrar las heridas, pero no en el olvido, sino en la comprensión. Solo así dejaran de sangrar para empezar a dar frutos de enseñanza.

Fernández Menéndez no pretende una verdad decretada, ni un acomodo de los hechos a las circunstancias actuales. Fiel a Heródoto, Fernández Menéndez busca en los hechos a todos los actores posibles y a todos -hechos y actores- los pasa por el rasero de la valoración objetiva. La suya no es una historia con dedicatoria, no es la propia de las comisiones de la verdad, porque la verdad sobre el pasado no puede ser obra de acuerdos colegiados ni grupos interesados, tampoco puede ser decretada. Él nos presenta respetuosamente los hechos y sus posibles interpretaciones, pero se cuida de no caer en la tentación de dictar historia.

Traer nuevamente a la mesa del análisis la muerte de Don Eugenio, con mayor documentación e información acopiadas, es una oportunidad para regresar al pasado desapasionadamente, entenderlo en su circunstancias y contextos, y aprender en su comprensión para vivir un presente diferente e inmune.

En esta segunda investigación destacan un manejo escrupuloso de los documentos, informaciones y entrevistas; una presentación magistral, didáctica y de grata lectura; un planteamiento que evita los meandros para surcar el afluente principal con la perspectiva de datos duros y consecuencias comprobadas. Finalmente, hace un respetuoso apuntamiento sobre todas las hipótesis consistentes posibles.

Al decirnos que nadie supo nada nos muestra en realidad que muchos sabían de todo y que, tal vez, creyeron controlarlo a su favor. En ese tenor, la valentía que algunos alegan, bien podría ser engaño, manipulación y abuso.

El arcana imperii queda fehacientemente acreditado. Los secretos del poder, tal es la lección, tarde o temprano terminan por desvelarse. Libros como éste nos muestran lo mucho que hemos avanzado desde aquel entonces en transparencia, rendición de cuentas, regulación de archivos y control ciudadano del poder. Avances que debemos defender todos los días, a riesgo de tener que esperar nuevamente cincuenta años para empezar a conocer las razones ocultas en los hechos.

Celebro y pondero el esfuerzo e invito a su lectura sin anteojeras prejuiciadas.

Quisiera concluir con un atrevimiento por el que ofrezco disculpas adelantadas. En la construcción de este gran desencuentro y tragedia, fue secuestrado un avión de la extinta Mexicana de Aviación. Narro por primera vez, y con esto cierro, mi recuerdo más consistente del caso. Cuando tomaron el control, uno de los secuestradores dijo al micrófono: “Somos de la Liga 23 de septiembre y vamos a explotar el avión porque ustedes representan a la burguesía explotadora del proletariado”. Al pasar los minutos y seguir vivos, quedó claro que la muerte por el proletariado no era tan inminente y que algo estaba en curso. Fue entonces que me asaltó la cuestión que aún hoy sigue indeleble en mí mente. Es la imagen de una niña de brazos en el regazo de su madre en el asiento 1b. ¿Qué sabía esa niña de explotación y qué tenía que ver con ella, a quién había explotado? ¿Dónde ubicarla por méritos propios: en la burguesía explotadora o en el proletariado explotado? ¿En qué impactaría su muerte en este forzado maniqueísmo? En el fondo, al igual que todos nosotros, la niña iba a morir por un lema, una proclama, un concepto campana hecho para resonar cuando se le toca con el único objeto de ser oído. A fin de cuentas, pudimos haber muerto por una etiquetación generalizada de buenos y malos y la vida humana toda simplificada en una relación de explotación. A dos etiquetas y una única relación quedaba reducido todo.

La realidad muestra que lo público es multicausal, complejo y diverso; ni es lineal ni es dicotómico; que las etiquetas estigmatizan, poniendo el acento en lo emotivo más que en lo racional; impidiendo así cualquier entendimiento posible. Finalmente, que la contradicción y los contrarios son consubstanciales a toda convivencia. De allí el verdadero arte político, que no es otra cosa que lograr el concierto de los contrarios.

“Nadie supo nada” pudiéramos traducirlo a “nadie olvide nada”, principalmente los riesgos de los contextos rijosos, la perversión del quehacer público y el arcana imperii.

No olvidar no es revivir una y otra vez los hechos dolorosos y los desencuentros; es superarlos comprendiéndolos y convirtiendo su NO olvido en presente virtuoso.





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Luis Farias Mackey

Luis Farias Mackey

Ser o no ser, preguntó Hamlet. ¿Soy éste que soy?, preguntó Quetzalcóatl. La primera es una opción binaria: se es o no se es. La segunda es la trama de la vida misma: ser lo que se es. Mejor dicho, descubrir lo que se es, porque vivir es hurgar en el cielo y en las entrañas, en los otros -de afuera y de adentro-, del pasado y del presente, de la realidad y la fantasía, de la luz y de las sombras. Siempre somos un bosquejo. Nada más paradójico: el día que podemos decir qué somos en definitiva, es que ya no somos. Nuestra vida es una obra terminada, cuando cesa. Así que soy un siendo y un haciéndome. Una búsqueda. Una pregunta al viento.

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