Necesidad, derecho y obligación
Uno de nuestros grandes orgullos es ser una sociedad de derechos. Desde la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano (1789) el valor de nuestra modernidad gira alrededor de los derechos y de haber construido una vida compartida que camina con los derechos por delante, no obstante, de un tiempo a la fecha la comunalidad se ha visto rota por innúmeros reclamos de derechos individuales que se imponen por la fuerza, por otro lado una nueva versión populista del totalitarismo en nombre de los derechos de la Nación y su seguridad avanza por sobre los derechos de los seres humanos y, finalmente, el liberalismo tacheriano le declaró la guerra del individuo como rendimiento y eficiencia a cualquier solidaridad humana.
En la borrachera de los derechos hasta hubo un partido que demandó el derecho a la felicidad, cuando ésta es una aspiración, no algo que se pueda exigir de alguien: no existe nadie al que pueda imputársele la obligación de hacerme feliz y menos formas coactivas para hacerle cumplir. En una locura aún mayor, López Obrador le otorgó artes de eternidad a la Constitución, creyendo que por declarar un derecho en ella, éste será eterno.
A los políticos y publicistas les parece muy fácil declarar derechos cual si fueran utilitarios de campaña como si su declaratoria o constitucionalidad fuesen suficientes para hacerlos reales y efectivos: un derecho sin un ente obligado ante él y sin una capacidad real y efectiva que lo garantice y haga cumplir, no pasa de ser una mala apuesta. Resalto mi mención a la capacidad, y no solo al poder, porque incluso un régimen totalitario con toda la fuerza posible, sin la capacidad instrumental requerida no tendría la posibilidad material de hacerlo acto, de igual forma, podrá tenerse todo el poder, pero si no hay recursos económicos para mantener eterna e incrementalmente las ayudas clientelares llegaran a ser materialmente insoportables e inefectivos.
Sin embargo, el liberalismo ha hecho del hombre una isla de derechos, tras los cuales nos hemos amurallado y artillado en contra toda otredad; el derecho ha tiempo dejó de ser instrumento para normar y garantizar la convivencia humana, convirtiéndose en un enjambre de tiranitos y de tiranías sin horizonte de pluralidad, eficacia ni concordia.
Permítaseme contar una historia. Un grupo plural de mexicanos trabajamos en la preparación de un documento para invitar a nuestros connacionales, sin distinción de ninguna naturaleza, a deliberar sobre nuestros problemas y el diseño de un nuevo México a un horizonte de 50 años. El documento, producto de las aportaciones plurales y deliberación conjunta, titulado “Un punto de partida”, tocó a manera de ejemplos e invitación, con miras a acreditar la amplitud de su apertura, temas reales y variados de nuestro presente nacional.
En el apartado de los problemas de la mujer mexicana, entre otros, listamos el de las madres de hijos menores de edad con disforia de género. Aducíamos en ello a algo fáctico en un sujeto concreto y bajo una circunstancia determinada, sin adelantar con ello ningún juicio de valor; era un listado, no un análisis y menos una condena.
En abono a lo anterior, los estados de ánimo son en nosotros contra nuestra voluntad, además de ser volubles son siempre presentes, siempre estamos en un determinado estado de ánimo, Heidegger les llamó “Disposición afectiva”; un estado de ánimo expresa el modo “cómo uno está y cómo a uno le va”, no como uno quisiera estar o deseara le fuese; es una estructura o modo de la existencia a los que estamos siempre abiertos, a disposición; un factum por el que se manifiesta un carácter de nuestro ser en la existencia. Una especie de carga de la que tenemos que hacernos cargo, querámosla o no. “El estado de ánimo nos sobreviene. No viene ni de ‘fuera’ ni de ‘dentro’, sino que, como forma de estar en el mundo, emerge de éste mismo”. Hiedegger dice que estamos “arrojados en el mundo”, “abiertos a él”, y de éste surgen los estados de ánimo que se apoderan de nosotros. El miedo y la angustia son disposiciones afectivas que nadie quiere sufrir, pero que se nos presentan sin previo aviso y con fuerza irresistible.
Cuando en aquel documento dijimos que la madre de un menor de edad con “angustia o malestar persistente causados por la falta de correspondencia entre su sexo biológico y su identidad de género” padecía un problema, hablamos de una disposición afectiva en ella en tanto hecho objetivo, verificable y presente en su existencia única e intransferible, sin ir más allá de reconocer su presencia y sin juzgarlo. Jamás nos referimos al sujeto en disforia de género más allá de en carácter referencial. Es probable que pudimos frasearlo de diferente manera, que quizás no fuimos los suficientemente asertivos en el abordaje y alcances de nuestra expresión, pero es una realidad que existe en la especie de carga afectiva y emocional imposible de negar en el contexto situacional planteado.
A las cuantas horas de publicar el texto, ardió Roma. Del ramillete de temas que planteamos, el renglón referido cayó como bomba atómica en grupos que se dijeron defensores de los derechos de género y nos declararon la guerra, nuestra primera respuesta fue congratularnos porque la deliberación a la que invitábamos daba inicio, pero nos equivocamos, su exigencia jamás fue analizar la problemática, sino suprimir lisa, llana y fulminantemente su mención en el documento. Algo de suyo absurdo porque aquél ya estaba publicado y circulado, pero su demanda no admitió discusión alguna, era como la propia de un secuestrador.
Veamos con detenimiento el caso, si se está inconforme o abiertamente en contra de la expresión en tu texto - colectivo- procede contra-argumentarlo, descalificarlo, en su caso, denunciarlo; lo único que no puede exigirse unilateralmente es mutilarlo sin sentencia condenatoria por autoridad competente y debido proceso; por más sublime que sea el derecho que se invoque, no alcanza para imponer su parecer y derecho por sobre nadie.
Entendí, aunque no compartí, el parecer y exigencia del reclamante, pero no el actuar de algunos de mis compañeros, sin consultar ni acordar, hicieron suya la exigencia, agrasividad y perentoriedad del demandante, acabando de tajo con el ánimo de pluralidad, aperturista y deliberativo con el que habíamos trabajado por más de un año, trastornando sin solución cualquier procesamiento a futuro y, sin deliberación ni acuerdo, ordenando unilateralmente al editor suprimir el texto en disputa, lo que de nada sirvió, porque el documento jamás se volvió a imprimir, distribuir ni discutir. Murió junto ese día con su espíritu y propósito. Por si fuera poco, publicó escudado en una especie de Secretariado de Información y Censura, un desplegado inconsulto aceptando una culpa que jamás existió, admitiendo un descuido y negligencia que nunca acontecieron y que descalificó a todos nosotros y a nuestro trabajo, finalmente, ofreciendo un castigo ejemplar contra los posibles “responsables” que éramos todos, incluido el oferente y amenazador. Allí y así murió el proyecto.
Traigo a colación este ejemplo para mostrar como una concepción egotista y absolutista de derechos, no deviene necesariamente en algo fructífero e, incluso, puede terminar conculcando derechos de terceros y quebrando concordias, solidaridades, propósitos, convivencia y amistades.
La Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano fue criticada por Hanna Arendt y Simone Weil por separado, las dos compartieron el parecer que declarar un derecho sin definir el ente obligado a su cumplimiento y sin efectividad de cumplimiento no pasa de llamada a misa. Durante las dos guerras mundiales y conflictos subsecuentes, millones de seres humanos (refugiados, minorías, apátridas, migrantes) han perdido y pierden sus derechos tanto como personas cuanto como ciudadanos sin posibilidad alguna de hacerlos efectivos para ellos ni obligatorios para Estados, sociedad, organizaciones ni individuos. Arendt en “La Condición Humana”, además, advirtió con preclara visión que las agendas sociales, que suelen ser exclusivas de ciertas organizaciones y causas, y por ende excluyentes, terminarían por acabar con lo político que por definición tiene que responder a una agenda plural y sin exclusiones, garantizando a todos sus derechos.
El caso no es menor, hoy, en pleno siglo XXI, se conculca el derecho de expresión, no por ataques a la moral, la vida privada o los derechos de terceros, ni por provocar algún delito o perturbación del orden público, sino porque una gobernadora desquiciada o una diputada de tómbola se declaran objeto de violencia política de género. Matan y desaparecen todos los días a mujeres de todas las edades en México, pero el poder se dedica a castigar a quien opina sobre las miserias humanas de mujeres empoderadas, baja autoestima y piel delgada: no les gusta el calor y se obstinan en meterse a la cocina.
Por su parte Weil fue aún más lejos, para ella el abordaje exclusivamente desde la perspectiva de los derechos distorsiona la comprensión del problema y nos aprisiona en un callejón sin salida: además de abordarlo desde los derechos de la persona, hay que complementarlo considerándolo desde la dignidad de todas y cada una.
Weil hablaba de sacralidad, para ella todo ser humano es sagrado, pero para evitar derivaciones que posiblemente nos impidan avanzar, hablaremos de la dignidad propia de todo hombre y toda mujer. Dice Weil: “La realidad de este mundo está compuesta de diferencias. Objetos desiguales solicitan desigualmente la atención (…) En medio de las desigualdades de hecho, el respeto no puede ser igual hacia todos a no ser que sea dirigido a algo idéntico en todos”. Para ella lo que identifica a todo el género humano son sus necesidades tanto en lo individual -físicas, biológicas y psíquicas-, cuanto colectivas, ella les llama morales, nosotros le llamaremos del convivir humano.
La vida compartida entre humanos necesita de un orden que les garantice seguridad y estabilidad, no hablamos de una pax narca ni del orden porfirista, sino de una estructura existencial estable de obligaciones y expectativas; requiere, además, de libertad, en tanto capacidad de decidir, lo cual implica libertad; demanda de obediencia, no como sumisión ni atropello, sino como ejercicio libre del consentimiento, una obediencia libremente consentida. En consecuencia, tiene también necesidad de responder por su libertad, consentimiento y acciones: responsabilidad. Los humanos que conviven tenemos necesidad de igualdad, no tanto de derechos cuanto de respeto, consideración y dignidad. Necesario también es el castigo, porque quien daña a otro hace imposible la convivencia, la libertad, la igualdad, el libre consentimiento y la responsabilidad, pero la penalidad no el daño por el daño al sancionado, sino no hacer de la obligación mera invitación ni impune su desacato. Otra de nuestras necesidades de vida en común es la libertad de pensamiento y opinión, que es lo primero que silencian los totalitarismos.
Arriba hablamos de orden y seguridad en tanto certeza y estabilidad, pero la vida pública no puede ser sin seguridad física y efectiva en vida, familia, bienes y posesiones. Por igual, tenemos necesidad del riesgo, una vida sin riesgo es una vida propósito, sin acontecimiento; vegetativa y sin sentido, sin destino, sin aspiración ni reto, sin solidaridad, abstraída en el más absurdo de los egoísmos y apatías.
Los hombres necesitamos de verdad; la no verdad rompe hasta lo más sagrado de y consistente de la vida familiar, qué no hará en la pública. Finalmente, los hombres necesitamos arraigo, el arraigo es profundidad, estabilidad, pertenencia, identidad, comprensión, consciencia; el enraizamiento es también coexistencia entreverada, comunicación e interdependencia: así como las raíces coexisten y comparten espacio y nutrientes, en la superficie la selva o el bosque expresan un ecosistema vivo.
El arraigo hace posible lo político: espacio compartido de existencias, libertades, pensamientos, derechos, obligaciones, deliberación, organización, acción, juicio y responsabilidad. Sin raíces somos pluma al viento, superficialidad que el viento barre. Hoy parte de nuestro problema es ser unos desterrados en tierra propia, expatriados a una entelequia que llaman racista, clasista, fifis, derechas, “conservas” (conservadores), traidores, enemigos del pueblo, extranjerizantes, aliados del crimen y corruptos, y se nos conmina a abandonar el país. Nada de esto es exageración, es fáctico y público.
Ahora bien, a cada necesidad corresponde una obligación. Al efecto Weil considera que todos y cada uno estamos “sujetos, en la vida pública y privada, por la única y perpetua obligación de remediar, en la medida de sus responsabilidades y de su poder, todas las privaciones del alma y del cuerpo capaces de destruir o de mutilar la vida terrena de un ser humano cualquiera que sea (…) Ningún cúmulo de circunstancias sustrae jamás a nadie de esta obligación universal. Las circunstancias que parecen dispensar de ella a un hombre o a una categoría de hombres no hacen sino imponerla más imperiosamente”.
Por tanto, sin menoscabo de los derechos, abordar la vida compartida desde una visión de derechos amurallados, sin interdependencias, en permanente conflicto y teniendo por resultante una relación de sumisión y dominio de derechos, nos condena a una perspectiva que deja fuera la otra mitad del horizonte. Menester es también observar nuestra existencia desde la perspectiva de nuestras obligaciones, la mezcla de derechos y obligaciones es la visión completa de nuestra realidad compartida.
Para Weil, los hombres en su desigualdad entienden las obligaciones de formas y gradaciones desiguales, de surte de consentirlas o rechazarlas. El consentimiento es un ejercicio de libertad por el cual asumimos como nuestra la obligación, no por violento sometimiento, sino por convencida anuencia. Así, la proporción de bien y mal en el mundo radica en la correspondencia entre consentimientos y rechazos, así como del poder que entre ambos extremos se disputan, por tanto “el objetivo de la vida pública consiste en poner, en la medida de lo posible todas las formas de poder en manos de quienes consienten de hecho estar atados por la obligación a la que cada hombre está sujeto respecto de todos los seres humanos, y lo saben” y lo consienten.
Esto es la esencia misma del poder, el poder no es un derecho, los derechos son del individuo y del grupo, el poder tiene funciones que cumplir y atribuciones regladas para cumplirlas; no le son opcionales y menos son una esfera de derechos subjetivos atingentes a la persona del funcionario público, son, al decir de Weil: obligaciones a las que está sujeto (compelido) respecto de todos los seres humanos en un territorio y organización política determinada.
Regresemos por un momento a nuestro ejemplo, sin menoscabo de los derechos del menor, es un hecho que la madre enfrenta, por igual, necesidades diversas de comprensión, orientación, solidaridad, ayuda, acompañamiento, entre otras, también lo es que niño y madre, en tanto seres humanos, son dignos y acreedores de respeto a sus personas, circunstancias y dignidades; nadie puede aducir derecho alguno para eximirse de su obligación personal del respeto para con ambos y a sus respectivas y diversas necesidades.
Un abordaje basado exclusivamente en los derechos de uno de ellos, por más legítimos que puedan ser, escamotea y desecha las obligaciones para con otro; hace de los derechos una especie de botín y tierra quemada.
Menester es tener en consideración que el liberalismo puede desvirtuarse en libertismo, es decir, una libertad gandalla, hedonista, déspota y solitaria, dentro de un mundo donde solo cuentan el rendimiento, la eficacia y la competencia, no la persona y menos sus necesidades. La justicia deja así de ser un equilibrio de derechos y obligaciones mutuas, como en la balanza de Temis, para ser avasallamiento, indolencia de uno sobre otro.
La ciudadanía, hemos dicho, implica una liberación de las necesidades más elementales, liberación de la ignorancia, coacción y miedo, pero viéndolo bien, es la dignidad humana la que demanda esa liberación para garantizar a todos un piso de dignidad sobre el cual pueda estar en la existencia, tanto en sus asuntos privados como en los públicos. La ciudadanía entonces sería un subproducto de naturaleza política de un existir con dignidad. Seguir por tanto pretendiendo que puede haber democracia y ciudadanía sin resolver antes las más elementales y deshumanizadas necesidades, es una quimera e hipocresía.
La Grecia clásica y la Roma imperial construyeron sus versiones políticas sobre la esclavitud, y nosotros en una especie de tuertismo voluntario hemos visto de ellas únicamente la parte noble y romántica de sus concepciones de lo político que, paradójicamente también hacían desplantar sobre una sociedad de derechos, entre ellos, el derecho de conquista, dominio, esclavitud y muerte.
Cuántos de nuestros derechos hoy y aquí adolecen del mismo tuertismo, por el cual vemos sólo derechos y no obligaciones, derechos y no necesidades. Menester sería cambiar de perspectiva y, a la par de nuestros derechos, empezar a preguntarnos por nuestras obligaciones para con la persona y dignidad humana del próximo.
Weil tiene razón, no somos primigeniamente seres con derechos, lo somos de necesidades que obligan a todos con todos.
El populismo explota lo más deshumanizante del liberalismo llevado a un fin en sí mismo, esgrime derechos, de suyo legítimos y en gran parte desplazados, cuando no ignorados, para explotarlos políticamente y hacerse de un poder que se asume como derecho casi divino e históricamente previsto, y no como obligación, y al hacerlo conculca y castiga, también con gran publicidad y medro político, los derechos y necesidades de otros. Lo peor de todo es que el populismo tampoco convierte las necesidades de los que explota políticamente como obligaciones, sino como instrumento de manipulación, domesticación y dominio. Las necesidades de uno las condena y persigue, y las de otros las explota y las eterniza como forma de dominio.
Toda esta cerrazón y guerra de derechos tiene mucho que ver, paradójicamente, con el espíritu de partido que no es más que una copia de la religiosidad. Weil no hace esa relación, pero tácitamente la desarrolla cuando argumenta por desaparecer los partidos. Por razones obvias, dice, la única finalidad de un partido es su subsistencia y crecimiento, para ello debe buscar poder y aún teniéndolo todo, aspirará siempre a más, porque es como el equilibrio de la bicicleta, si se detiene cae. De ello se sigue que contra ese desideratum no puede existir a su interior nada, de suerte que puertas adentro imponen el parecer único e irrevocable partidista por sobre el de sus miembros y matan toda libre búsqueda de la verdad y la justicia, incluso la existencia misma de la duda. Al interior de un partido sólo se requiere disciplina y hacia fuera propaganda. Importante es destacar que frente al interés nacional y el bien de todos debe privilegiarse los intereses del partido y sus legisladores carecen de margen de libertad para votar en sus méritos los asuntos a su encargo: todos deben votar al tenor de lo que se conoce como el Party Whip, lo cual no es difícil porque para entrar a un partido hay que dejar el pensamiento en el felpudo de la entrada, para adhirse a toda consecuencia posible, sin siquiera conocer de su envergadura Como Santo Tomas argumentaba todo sobre la autoridad de la iglesia, los partidos alegan siempre con la autoridad de su colectivo, proyecto y dirigencia, a veces, cuando se acuerdan mencionan su declaración de principios. Ahora, si se tiene, como en Morena, un Mesías, basta y sobra con su sola mención. La búsqueda de la verdad es suplantada en los partidos por la conformidad con la palabra enseñada. Los partidos son iglesias profanas armadas con la excomunión (Weil) y maquinarias de pasiones políticas, de suerte que oponérseles, además de apostasía, es ofender a Dios, de allí a la Santa Inquisición solo hay un paso.
Como podemos ver, el espíritu de partido ha terminado por trastornarlo todo, de suerte que adherirse a uno nos arma de razón, causa y verdad, y todo ello nos salva de pensar y elegir.
Debemos dejar de ver la convivencia como un permanente conflicto e imposición de derechos sobre derechos y capillas, y empecemos a verla como la interdependencia de necesidades, derechos y obligaciones de todos y cada uno para con todos y cada uno.
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