RAÍCES DE MANGLAR

Epitafio: la densidad excelsa de Greg Lake

Epitafio: la densidad excelsa de Greg Lake

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Erotizarse con sonidos

“La confusión será mi epitafio mientras me arrastro por un sendero torcido y roto. Si lo logramos podremos sentarnos y reír, pero me temo que mañana estaré llorando”, cantaba Greg Lake en “Epitah”, una de las canciones oscuramente más hermosas de su tiempo y que en diciembre de 2016 devino en dolorosa profecía para sus miles de admiradores. A los 69 años de edad, la poderosa voz detrás de King Crimson, y Emerson, Lake & Palmer dejó para siempre este plano para unirse al mítico moonchild y deslizarse en el eco de las horas; la inmortalidad le aguarda.

Nacido en el pueblo costero de Poole, Inglaterra, Greg Lake se interesó desde muy joven por el arte melódico. En un lugar como Poole, lleno de belleza marítima y de historias épicas, muchas de ellas recientes (Poole fue una de los sitios donde se preparó el asalto a Normandía en la Segunda Guerra Mundial), no es extraño discernir de dónde provino su exuberancia interpretativa, tanto en lo vocal como en su inimitable bajeo.

El gusto por la narrativa épica de Lake fue una constante en su trabajo desde muy joven. “Lucky Man”, canción compuesta por él a los 12 años, cuenta la historia de un prometedor héroe dorado que cae en batalla en medio de la miseria del anonimato y la desesperación (“Una bala lo alcanzó/su sangre corría mientras él gritaba/Ningún dinero podría salvarle/así estuvo hasta que murió). La canción significó uno de sus mayores logros comerciales, no obstante, la relación entre calidad artística y éxito económico fue meramente casual y nunca representó un obstáculo para la creatividad.

Cuando en 1969 la banda King Crimson publicó In the Court of the Crimson King, pocas cosas se le podían comparar. La ambientación que desprendía el álbum era por momentos tan ominosa que hasta canciones tan oscuras como “The End” de The Doors o “Helter Skelter” de The Beatles (en el contexto de la “Familia Manson”) palidecían. La voz robotizada y machacadora de Greg Lake en “21st Century Schizoid Man” auguraba horrores casi orwellianos que hicieron mella en una época donde los conflictos bélicos y la incertidumbre social estaban a la orden del día.

La musicalidad de Greg Lake fue un recurso tan valioso para King Crimson que a pesar de que Robert Fripp siempre mantuvo la maquinaria bien aceitada, puede decirse que a la salida del bajista la banda jamás volvió a retornar a la gloria de sus primeros dos álbumes. En canciones como “In the Wake of Poseidon” es fácil imaginar a dioses y mortales pasear frente al escucha. Otro ejemplo es “Pictures of a City”, donde los paisajes sonoros envuelven al receptor en un caos musical milimétricamente ordenado. Mucho de estos oxímoron se los debemos al buen Greg.

Sin duda lo que más brillaba de Greg Lake eran los intensos viajes que gozaban aquellos aventureros auditivos con discos como Tarkus y Trilogy, de su época en Emerson, Lake & Palmer. Este verdadero súper grupo demostró hasta donde se podían llevar los límites de la imaginación y la técnica. Rara vez cayeron en la autocomplacencia, lo cual es todo un mérito en medio de un ambiente donde los músicos eran tanto competentes como sobrados de sí mismos.

A diferencia de los grandes mártires del rock, la importancia de Greg Lake no vino al caso por su fallecimiento, pues esa la tenía ganada desde hace ya largo tiempo. Cualquiera que esté enterado de su obra sabe que es fácil erotizarse con los sonidos de primer orden de este inglés, porque en medio del asombro que causa “Eruption” o “Manticore”, también yace la belleza épica de “Stone of Years” o la melancolía de “Moonchild”. Ciertamente fue triste, pues no pasó ni un año desde la muerte de Keith Emerson cuando su hermano de armas fue a hacerle compañía en un jam eterno. Pero no hace falta que se cumplan fechas y compromisos para recordar a un gigante del progresivo como Greg Lake. A veces basta sólo una tarde lluviosa en este otoño capitalino para desear que gire el plato. Como hoy por ejemplo.

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Francisco  Cirigo

Francisco Cirigo

En su novela Rayuela, Julio Cortázar realiza varios análisis sobre la soledad, exponiéndola como una condición perpetua, absolutamente fatal. Dice que incluso rodeándonos de multitudes estamos “solos entre los demás”, como los árboles, cuyos troncos crecen paralelos a los de otros árboles. Lo único que tienen para tocarse son las ramas, prueba inequívoca de la superficialidad de sus relaciones. Las personas somos como árboles y nuestras relaciones son ramas, a veces frondosas y frescas, a veces secas y escalofriantes, pero siempre superficiales. Nuestros troncos son islas sin náufragos posibles.

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