RAÍCES DE MANGLAR

La cruda y fulminante apoteosis de Bob Dylan y su nación desesperada

La cruda y fulminante apoteosis de Bob Dylan y su nación desesperada

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Ocho años de esterilidad del poeta, ocho años de simplemente sentarse en la mecedora y sentir el leve vértigo del movimiento monótono, hacia enfrente y hacia atrás, una y otra vez, todo tan sencillo e infantil, tan típico de las añoranzas de los viejos, tan lejos de aquella mítica madurez que nunca terminó por cuajar.

El anciano casi decrépito que se arrastra en sus recuerdos, que a regañadientes aceptó la máxima condecoración de la intelectualidad internacional, siempre tan pagada de sí misma. Frente al mundo le hizo gestos al Nobel, pero por dentro sabía que no cabía en su propio cuerpo. Sin quererlo o quizá queriéndolo de más transmutó poco a poco en el clown, en aquel bufón cuyas bromas oxidadas no terminan por cuajar en un mundo donde el humor es cosa del pasado, como sus mejores discos y sus mejores canciones.

El tintero se quedó sin tinta, el poeta sin rimas agudas y elocuentes. Las arrugas cambiaron su rostro y le dieron carácter y severidad; no obstante, le duele saberse quieto e inofensivo. En su país gobierna un gorila abusivo como no lo había desde sus años tiernos. Cada vez que piensa en aquel tirano ultranacionalista lo visualiza mordiéndose iracundo los labios, apuntando con el índice hacia la otredad, porque nunca va a ser culpa de los Estados Unidos de América.

Y así rasca hasta remitirse al 22 de noviembre de 1963, fecha crucial y definitiva. A John Fitzgerald Kennedy le volaron la cabeza en Texas y con él murió una promesa de nación: la caída estrepitosa de la New Frontier. El poeta apunta de pronto hacia una idea y le da vueltas, intenta condensarla en su mente, volverla arcilla tierna, darle nombre y rostro. Cambia entonces de foco y prefiere recordar a un joven presidente en aquel legendario debate donde casi finiquita la carrera política de su entonces adversario Richard Nixon.

Fue el segundo presidente más joven a cargo del país de las barras, las estrellas y las dictaduras y las democracias impuestas. Lo compara con su actual homólogo y todo parece un mal chiste. Reconoce en el ejecutivo moderno a un zafio. Le parece grotesco el retroceso. Está bien, piensa, a aquel le mataron no sólo un tirador oculto en las sombras de un edificio, una marioneta de otras sombras más densas, poderosas y ominosas, pero este es un patán, un verdadero y peligroso bully que para saciar sus apetitos narcisistas no teme en difamar y en dirigir el odio colectivo.

Se sabe vergonzante de su tierra porque comprende que, pese a las apariencias, muy poco ha cambiado en aquel país suyo. La gente sigue hablando de fronteras y de enemigos. La culpa no es del torcido sistema de justicia que mezcla la reparación del daño con el ojo por ojo, volviéndola una quimera trágica y abominable. Nunca es culpa de la Sociedad del Rifle, que ni siquiera tiene la sensibilidad suficiente para cambiar su nombre; tampoco es culpa del racismo y la xenofobia, ni del capitalismo feroz que ha desmantelado su Estado benefactor y que ha dejado en el abandono y la indefensión a sus ciudadanos más vulnerables. No, siempre es culpa del foráneo, del extranjero.

El Estados Unidos que le ha tocado vivir sigue siendo aquel de los westerns atascados de forajidos, de buenos, malos y feos. Esta nación ha vuelto romántico el odio hacia el prójimo no tan próximo y esta vez le ha tocado a los latinos y a los asiáticos. Más de cien mil personas enfermas por un enemigo invisible y común y su dirigente sólo atina a repartir culpas. El poeta, sin quererlo, comienza a remojar la pluma.

Era 1963, año crucial ya lo dije. The Beatles pisaban su tierra: eran jóvenes blancos e ingleses, quienes representaban la otredad benigna o al menos así fue hasta que a Lennon le dio por decir verdades y a los estados sureños les dio por quemar vinilos cual régimen nazi en los treinta.

Siente de pronto un vértigo diferente al causado por la mecedora, un mareo interno intenso muy al centro de él. Es algo en su espíritu, pero le provoca un malestar general. A sus 78 años ya no le es tan fácil entregarse a estas pasiones sin daños adyacentes. Para contrarrestar la tristeza y el mareo el poeta recuerda el San Francisco de oro y flores en el cabello y el Woodstock enlodado y colorido, se refugia en la música y en sus héroes. Vienen a él Charlie Parker y Etta James, Billie Holiday y su otrora amante Joan Baez. Recuerda a Tommy, el niño sordo, ciego y mudo y también al Rey; no obstante, estos respiros se opacan al rememorar al Altamont Speedway Free Festival y al afroamericano Meredith Hunter, apuñalado y pateado hasta la muerte por los infames Hell’s Angels.

Para el poeta es claro: todo es circular en esa herencia maldita. Por primera vez en ocho años no le tiembla el pulso. Hace a un lado los villancicos y los laureles y se pone a trabajar. Sin miedo a las generaciones de Facebook, Twitter e Instagram, sin temor a la inmediatez a la que están condenadas escribe en un arrebato 16:54 minutos de canción, la más larga de su carrera y la firma: “Murder Most Foul” de Bob Dylan.

De nuevo Kennedy y de nuevo Trump. Le cuesta aceptar que el sueño murió o que quizá nunca existió, pero lo hace y se lamenta, no por él, no por Robert Allen Zimmerman que a sus 78 años entiende que ya camina sobre el filo. Se lamenta por los demás, porque nunca tendrán la oportunidad de ver y vivir a una generación como la suya, que probablemente nunca vayan a tener un Kennedy propio y personal al cual llorarle. Al final de su nuevo y apoteósico himno no le queda más que desearnos suerte: “Manténganse a salvo, estén alertas, puede que Dios esté con ustedes”.

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