PARRESHÍA

Imposibilidad moral

Imposibilidad moral

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Debilidad e impotencia.

Examinad la vida de los hombres y pueblos mejores y más fecundos y considerad si un árbol que ha de levantarse orgullosamente hasta la altura puede prescindir del mal tiempo y de las tempestades: si la adversidad y resistencia desde fuera, si algún tipo de odio, rivalidad obstinación, desconfianza, dureza, codicia y violencia, no figuran entre las condiciones favorables sin las cuales apenas es posible un crecimiento grande, incluso de la virtud. El veneno al que la naturaleza débil sucumbe fortalece al fuerte -y por esto éste tampoco le llama veneno." La gaya ciencia, Nietzsche




La frase original fue: “Es imposible, moralmente hablando, que la reacción triunfe”. Citada hoy al menor giro del viento, en la versión arreglada por los panegiristas de Juárez en su viaje en el tiempo al siglo XIX mexicano como: el triunfo de la reacción es moralmente imposible.

La frase toca fibras del “¡más si osare!” profundo. Expresión de libro de texto gratuito, de ceremonia cívica, de declamación escolar; de arenga moralista. Frase, sin embargo, que, como todas las rituales, llenan el buche sin decir nada.

Habría por definir, primero, qué se entiende hoy por “reacción”. A la que aludía Juárez hace mucho dejó de ser. Qué, por qué y quiénes en circunstancia de forma tiempo y lugar son hoy y aquí la reacción imputada al viento; de otra suerte se es abstracto y difuso.

La segunda vertiente a definir es de qué triunfo se habla. En el caso del benemérito, el triunfo guerreado era concreto y verificable, el enemigo identificado y la posible derrota tenía cara, destino y nombre. Hoy, hablar de “triunfo” sin referencia circunstancial y situacional es tan inasible como las mangas de un chaleco.

El tercer problema, el verdaderamente de fondo, por el cual la máxima no se sostiene filosófica ni políticamente, es, sin embargo, la referencia a lo moral: “Imposibilidad moral”, se dice.

La moral es por definición una visión univalente del mundo; visión que suprime lo contingente, contradictorio y multicolor de la realidad; que instaura un significado pétreo, inamovible, monocromático y único frente a un devenir siempre en movimiento.

La moral hace tabla raza de los valores contradictorios que conviven en toda acción. Por ejemplo, por buen hombre se entiende aquel que cumple sus obligaciones, pero también el que escucha la voz de su corazón, por sobre aquéllas; o el valiente que, a su vez, puede ser amable o pacífico. El bienintencinado es tan buen hombre como el que lucha y busca la victoria a toda costa. ¿A cuál de estos hombres se refiere la moral cuando de buenos se trata?

Por otro lado, la moral ignora que el mundo cambia constantemente; lo que ayer era considerado bueno, hoy puede ya no lo serlo. Hasta hace varias semanas, por ejemplo, no saludarse de mano era una falta de urbanidad, hoy es prohibitivo y, pronto, quizás, penado. La mujer hace un siglo no tenía ciudadanía, ni se le consideraba apta para muchas labores productivas; hoy reclama con justa razón más derechos, empoderamiento, justicia.

Moral viene de mos-mores, costumbre, hábito, uso. Es pues, la armonía con las costumbres. Y su rasgo característico es la obediencia. Pero para que ese acatamiento sea impuesto con fuerza irresistible, el “moralista” no hace referencia a la costumbre ni al raciocinio, ámbitos del quehacer humano y, por ende, finitos y cambiantes; alega, por el contrario, la ordenanza de una fuerza superior, irresistible, absoluta.

El moralista transvalora la costumbre en “fuerza moral” (¿les suena?). Una fuerza del más allá, inalcanzable, inapelable, inentendible; pero vinculante, incluso con el fuego eterno por destino. La moral adquiere así un carácter universal e incondicional, absoluto; más allá de nuestro alcance y entendimiento.

Frente a ella el libre albedrío y la virtud, en tanto conductas individuales y voluntarias, son anuladas por un mandato preexistente, por una “virtud moral”, “tan peligrosa como los vicios, dice Nietzsche, en la medida en que se dejan dominar desde fuera como autoridad y como ley.” Esta imposición obliga incluso a pasar por alto el significado de las cosas que se nos presentan diáfanamente, rasgando el entender y la voluntad, esquizándolos en la automentira de “no querer ver lo que se ve”.

La moral, por otro lado, para ser, no puede ser más que radical, imponer una valoración no subjetiva, excluyente, intolerante, última.

Pero resulta que nuestra realidad no es absoluta sino finita. Nuestra comprensión de ella es, por igual, finita y cambiante; no se da al margen del mundo, sino en el mundo. La moral, por tanto, obra humana, no puede alcanzar lo absoluto, aunque lo quisiera nuestra finitud la acota.

La comprensión, si bien se ve, no aspira tanto a lo absoluto cuanto a la necesidad. Buscamos comprender siempre desde una circunstancia dada, no desde un ámbito puro y abstracto. Quien busca comprender no quiere agotar la realidad, sino completarla en lo que le hace falta para resolver su situación; no pretende absolutos, sino parcialidades que le permitan transitar su circunstancia. Nuevamente Nietzsche sostiene que la comprensión no está al servicio de la “verdad”, sino de la vida. En el fondo, el hombre no busca la verdad, sino el hilo de Ariadna que le ayude a transitar el laberinto de su existencia.

Ahora bien, el poder es siempre relación, relación de fuerzas actuantes que entre ellas miden su poder en atención de sus mutuas resistencias. No hay un poder encerrado en sí mismo, aislado del mundo. De darse en estas condiciones sería una expresión de autismo, no de poder. El poder es una fuerza que se impone a otra, es un quantum, “por el efecto que produce y el efecto al que se resiste”: “Todo punto de vista, todo juicio y toda acción es un querer algo y, en ese sentido, es un ‘acto de fuerza’.” (Pavel Koauba) La reacción, por ende, es un acto de fuerza, una resistencia, un poder. Si mucho me apuran, un humilde pero derechoso punto de vista.

En esta vida, todo lo que es, es en relación con otro. Yo soy la frontera con todo lo demás que me rodea, todo aquello que no se confunde conmigo. “Nuestras convicciones, nuestras ideas y las posturas que adoptamos dependen directamente de esa relación en cuanto a su significado objetivo, es decir, de ‘cómo’ se aplican.” (Kouda)

Luego entonces, lo que nos resiste y amenaza, en los espacios de poder, es lo que nos proporciona las posibilidades de poder. En otras palabras, nuestras posibilidades -y recordemos que estamos hablando de la imposibilidad de la reacción, según Juárez-, solo se dan en relación con otro en el juego de poder.

Cada jugador se opone a otro, pero al hacerlo lo hace su opuesto y con ello legitima su propio actuar, la razón de él mismo y de su existencia como sujeto y agente. De allí que los extremos se llaman (y necesiten). Koauba dice “lo real posibilita y lo posible realiza”.

Uno es de la altura de sus enemigos.

Ahora sí, nos acercamos a la conclusión: aniquilar al contrario, pugnar por la dominación total y sin resquicio, imposibilitar moralmente su existencia, es, para Nietzsche, un signo de debilidad e impotencia: “la incondicionalidad fanática es la única ‘voluntad fuerte’ que está al alcance de los débiles y los inseguros.” (La gaya ciencia)

El aniquilamiento del opuesto deriva en degeneración: “El aislamiento de una sola fuerza es barbarie –‘un inválido al revés’.”

“La causa de la degeneración del poder es su incapacidad de sostenerse, de mantener la distancia que provoca la oposición para, en ella, exponerse a lo otro (…) La necesidad de un adversario, de un oponente honorable, que es lo que diferencia a un poder fuerte y ‘noble’ de la fuerza espontánea de la chusma, no nace de la tolerancia, sino de la comprensión justa de sus propios intereses: si destruimos a nuestro adversario u oponente destruimos con ello la posibilidad de nuestro crecimiento y de nuestra propia vida.” (Kouba)

¿Recuerdan aquella frase de “lo que se opone apoya”?

Regresemos a lo unilateral y absoluto de la “fuerza moral”, opuesta a lo contradictorio y multifacético de la vida. Si los opuestos se complementan y su equilibrio los fortalece, su negación gravita contra ellos, sin distinción.

El auriga, sin el control de la fuerza plural de sus caballos no es nada. Su sobrevivencia y triunfo está en equilibrarlos en una fuerza y destino unitarios, no en desbocarlos, no en dispersarlos, no en ignorarlos, no en aniquilarlos.

De allí la diferencia entre moral y política, la primera pretende lo absoluto, lo unidireccional, lo incondicional, lo monocromático, lo unívoco. Es, por esencia, excluyente. La segunda, procura la unión de los opuesto en fuerza superior siempre en devenir. Es incluyente.

Paradójico, pero los opuestos se necesitan. La política es el ámbito de lo plural, sin pluralidad carece de sentido. Por ello, “la hipertrofia del poder efectivo acaba en una especie de esclerosis (…) aquello que llamamos ‘libertad’ deja de ser libertad política cuando hace disminuir el poder, y lo que llamamos ‘poder’ deja de ser poder político cuando disminuye la libertad.” (Kouba)

La política es el arte de procesar civilizadamente la pluralidad. Nada más apolítico que la moral, al posicionarse como único camino, sin espacio de libertad y divergencia.

El poder político no puede sustentarse en “fuerzas morales” y, a fuer de ello, concentrar el poder de los demás, porque ello es, o ilusión, o demencia; el poder deviene de la pluralidad, no de la marginación y el aislamiento. De Chardin decía que uno se recibe más de lo que se hace a sí mismo, tal es el caso del poder; es la resistencia al poder de otros la dimensión de mi poder. No hay poder en la unicidad. Acabar con todo otro poder no hace al propio absoluto, sino inexistente.

Por ello la reacción tiene que existir, tanto como fuerza física, cuanto por dinámica política. La reacción es una fuerza que se opone a otra, nada más. Mezclarla con cuestiones morales y luchas entre el bien y el mal es un despropósito metafísico. Toda reacción es legítima por naturaleza, no hay unas buenas y verdaderas por esencia y otras no. Serán sus hechos y métodos los que acrediten la legalidad, honorabilidad y eticidad de su proceder, pero no puede haber en política nada moralmente imposible, salvo, tal vez, la imposibilidad y el absoluto que pregona.




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Luis Farias Mackey

Luis Farias Mackey

Ser o no ser, preguntó Hamlet. ¿Soy éste que soy?, preguntó Quetzalcóatl. La primera es una opción binaria: se es o no se es. La segunda es la trama de la vida misma: ser lo que se es. Mejor dicho, descubrir lo que se es, porque vivir es hurgar en el cielo y en las entrañas, en los otros -de afuera y de adentro-, del pasado y del presente, de la realidad y la fantasía, de la luz y de las sombras. Siempre somos un bosquejo. Nada más paradójico: el día que podemos decir qué somos en definitiva, es que ya no somos. Nuestra vida es una obra terminada, cuando cesa. Así que soy un siendo y un haciéndome. Una búsqueda. Una pregunta al viento.

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