RAÍCES DE MANGLAR

Inocencia y conflicto: cualidades de los niños

Inocencia y conflicto: cualidades de los niños

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¿Para qué?

Pero nosotros perdimos las cualidades de los niños. El hambre sempiterna se volvió náusea. Lo único inamovible fue la certeza del final.

Nuestra moral atrofiada, el miedo al compromiso y al tiempo. Este desencuentro comienza a vaciarme. Como aquella vez que decidí sincerarme, dejar de ocultar el hechizo maligno tras tu mirada hiriente e iracunda, aquellos ojos que me hicieron huir.

El patinador celeste, quien ejecutaba con gracia y simetría la rutina del andar diario, extraordinario en su aguante, se ha retirado a la sombría isla del desencanto. Allá estamos tú y yo, mirándonos con desasosiego, intentando alcanzar nuestra infancia marchita, nuestro amor eterno, un monumento a lo inevitable: la felicidad.

Me he abrazado a nuestra lujuria repentina, a tu piel blanca, a las imperfecciones que me hicieron amarte, a los recuerdos joviales, a las ganas de no dejarte nunca, a la promesa vacía de tiempos mejores, el amor fou. Todo eso por lo que resistimos, pero nada, nada resolverá esta situación cansina. Somos una sentencia dictada hace mucho, de la que nos enteramos hace poco.

Ahora, pienso que podría evitar esta hecatombe, pero tampoco así lo quiero, porque sé que se aproxima la culminación noble de nuestro amor y es como un deber marcial. Además, recae el hecho de que habríamos que luchar contra todo y entre nosotros, pero hasta el conflicto ha perdido su filo.

Nuestras batallas no tienen fundamento ni razón de ser. En eso se parecen en mucho a las guerras de la humanidad. En la línea final nos aguarda el remordimiento, el arrepentimiento y la nostalgia; pero es mejor sentir todo eso en la cripta de nuestro amor que en su lecho agonizante o eso quiero creer.

A veces nos aferramos a un solo recuerdo, a una caricia primordial. Otras, entendemos que no hay maldad real en nuestras diatribas. Que son siempre escupitajos hacia el cielo, que yacemos vulnerables y desnudos ante la inclemencia de los años, ante la desazón de nuestras ansiedades y prejuicios.

Pero también he visto dentro de mí y he llegado a la conclusión de que no puedo competir con mi recuerdo, con aquel niño inocente del que te enamoraste. Ya no soy y nunca fui el semillero de tus ilusiones. Plantaste en mí la simiente de un fastuoso porvenir y sólo floreció frustración y arrepentimiento. Y piensas que no te es tan difícil lidiar con eso, pero es porque decides voltear hacia otro lado e ignorar en la manera de lo posible el fruto de tu fracaso.

El aburrimiento se filtro en nuestras conversaciones y en nuestras sábanas. Ambos incautamos lo mejor de nosotros y soportamos porque la vida así lo decidió. Porque nuestro dios olvidó limitar nuestras íntimas ambiciones y por eso yo olvido escribir su nombre en mayúsculas.

Debió encerrar nuestras almas en un idilio oportuno o dar el hachazo en la cumbre de nuestra ternura. Te digo que he visto dentro de nosotros y definitivamente perdimos las cualidades de los niños.

Ahí estamos de nuevo, vueltos ancianos, agotados, deseando dejar de lado los rencores; tarea ya imposible. Entre nosotros sólo hay fronteras. La línea divisoria es el amargo “para qué” de tus respuestas, de tono inalterable:

—¿Y si olvidamos todo y empezamos de nuevo?
—¿Para qué?
—Quiero, necesito abrazarte.
—¿Para qué?
—Déjame secar tus lágrimas, retirar mis palabras.
—¿Para qué?
¿Para qué?

Para qué

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