PARRESHÍA

Apocalipsis

Apocalipsis

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Anomia

La historia es un rosario de mundos desaparecidos.

Atestiguamos el fin de un mundo, el nuestro.

Creímos inaugurar universos y solo reciclamos calamidades. El tema no es nuevo, Durkheim al escribir “El Suicido” (1897) creó el neologismo anomia. Hoy la circunstancia le otorga a la acepción una densidad singular: la de vivencia hoy y aquí.

Rememoremos: la mayoría de los seres vivos ajustan sus necesidades a sus medios, es decir, las satisfacen en medida de su subsistencia (hambre, sed, procreación). El hombre no. Se impone necesidades por arriba de su sostenimiento. La mayoría de las necesidades del hombre son hijas de su imaginación.

Estas necesidades solo encuentran límite en la sociedad al “marcar a las pasiones el punto más allá del cual no deben de ir”.

Hay en el consciente social una especie de contabilidad y acuerdo sobre “la medida de comodidades que convienen al promedio de trabajadores de cada profesión”; una especie de “coeficiente de bienestar”, por el que todos conocemos “el límite superior que puede proponerse el obrero en los esfuerzos que hace para mejorar su existencia, y un límite inferior por bajo del cual se tolera difícilmente que descienda, si no ha degradado gravemente.”

Esta es la “norma” a la que Durkheim se refiere en su concepto de “anomia”, una norma social sin expresión formal jurídica, pero socialmente aceptada por medio de la cual se fijan piso y techo del bienestar. Un marco de referencia dentro del cual cada uno en su circunstancia, y aceptando moderar sus aspiraciones, encuentra armonía consigo mismo y con su entorno. Es lo llamamos “normalidad”.

Toda normalidad implica límites. Frente a ellos, “los deseos ilimitados son insaciables por definición, señala Durkheim, (…) no se adelanta cuando no se marcha hacia algún fin, o, lo que viene a ser lo mismo, cuando el objeto al que se tiende es el infinito (…) Perseguir un fin inaccesible por hipótesis es condenarse a un perpetuo estado de descontento.” En una situación así, se desconoce “lo que es posible y lo que no lo es, lo que es justo y lo que es injusto, cuáles son las reivindicaciones y las esperanzas legítimas, cuáles las que pasan de la medida. Por consiguiente, no hay nada que no se pretenda”. Sin ese límite no hay normalidad posible. El fenómeno lo observamos en aquellos jóvenes que encuentran en la riqueza fácil, inmediata y desproporcionada del mundo de las drogas y del crimen una vida sin sentido, una existencia ajena a cualquier medida, a toda normalidad: anomia, precisamente. Ello por lo que hace al límite superior.

Por lo que hace al inferior, la degradación y alienación devienen cuando de la noche a la mañana “se pierden los frutos de la acción social” y la perspectiva de una “existencia empequeñecida” se torna intolerable, “aún antes de que la hayan experimentado”.

En ambos casos, apetitos o fatalismos se desmandan y lo ilimitado se apodera del entendimiento. Toda satisfacción deviene imposible, ya porque hacia arriba siempre quede algo por alcanzar, ya porque la caída no encuentre fondo.

Ahora bien, la normalidad perdida impone “plegarse a esta nueva vida” que, a su vez, demanda “un acrecentamiento de contención” al que no se está acostumbrado y, nuevamente, cuyos límites se desconocen.

Menester es fijar nuevos límites, una “nueva normalidad” y, una vez establecida, toda “educación moral debe rehacerse”. Es aquí donde surgen dos paradojas. La primera, atenta a nuestra realidad actual, muestra que la “nueva normalidad” fue sacada de una chistera desconocida, sin consenso, sin procesamiento. El “coeficiente de bienestar” es un producto socialmente larvado, no una imposición, así se le revista de científica. La verdadera nueva normalidad será la que construyamos al final de las crisis a las que apenas nos adentramos, no su ruta de navegación, de haberla.

Por igual, resulta que “el estado de desarreglo o anomia se ve pues reforzado por el hecho de que las pasiones estén menos disciplinadas en el momento mismo en que les sería necesaria una disciplina más fuerte”, de allí que, por un lado, los sujetos a disciplinar presenten oposición y, por otro, que el ente encargado de imponerla esté, a su vez, enfermo de anomia y, por tanto, sea proclive, desde su posición de poder, a desmandarse en desmedro de libertades y derechos. Las pulsaciones autárquicas suelen dispararse en las oportunidades que prestan las emergencias.

Finalmente, para que se implante una nueva normalidad se requiere comunidad actuante.

Recapitulemos:

Vivimos el fin del mundo conocido, algo similar a la caída de Constantinopla.

Enfrentamos un quebrantamiento global de coeficientes de bienestar, nadie sabe ya qué tan bajo pueda caer o qué tan arriba serán catapultados en riqueza y poder los beneficiarios netos de este apocalipsis.

Los apetitos habrán de desmandarse en total desorientación y voracidad. Sin límites y normas de convivencia podrá imperar la ley de la selva.

Tarde que temprano las aguas terminarán por asentarse, pero nada volverá a ser igual.

La humanidad verá ajustar necesidades y satisfactores a la baja.

Será necesario fijar nuevos coeficientes de bienestar. En ello, corremos el peligro de que el “poder anómico” busque extralimitarse en sus expectativas y apetitos.

La única forma de impedirlo es reconstruyendo comunidad. La “nueva disciplina”, concluye Durkheim: “solo puede ser útil si los pueblos sometidos a ella la consideran justa. Cuando solo se le mantiene por el hábito y la fuerza, la paz y la armonía no subsisten más que en apariencia (…); los apetitos, superficialmente contenidos, no tardan en desatarse.”

Pero… para cerrar tenemos que saltar dos siglos y de autor, de Durkheim a Byung – Chul Han, y a su concepto de “enjambre digital”, nueva normalidad de la masa humana; enjambre que carece de alma y espíritu, por tanto, de voz; solo es capaz de ruido. El enjambre digital no congrega, concentra sin congregar a seres solitarios y aislados, cada quien frente a la soledad de su monitor generando efectos lúdicos más no vinculantes. “El medio digital nos aleja cada vez más del otro (…) la comunicación digital hace que se erosione fuertemente la comunidad, el nosotros. Destruye el espacio público y agudiza el aislamiento del hombre.”

El enjambre digital nos aleja también de la acción: “el nuevo hombre teclea en lugar de actuar”, homo digitalis por homo faber. “Lo que caracteriza la actual constitución social no es la multitud, sino más bien la soledad (…) inmersa en una decadencia general de lo común y lo comunitario (…) (se) hace cada vez menos probable una acción común”: la acción política. “Hikikomoris* digitales”, nos llama, aislados para sí, que no forman ningún público articulado y no participan en ningún discurso público (…) que no actúan políticamente.”

La gran diferencia de este fin de mundo es que con él mueren también la comunidad y la solidaridad. Sin las cuales, aislados en la soledad de nuestros ordenadores, quedamos a expensas e indefensos ante los nuevos poderes anómicos.

Pero nadie parece darse cuenta de ello, absortos como estamos en la realidad del meme y del IFS** (Information Fatigue Syndrom): “la masa no filtrada de informaciones hace que se embote por completo la percepción (…) la información ya no es informativa, sino deformativa; la comunicación ya no es comunicativa, sino acumulativa.”






* “Hikikomoris: personas que viven al margen de la sociedad. Por ejemplo, alguien que se pasa el día entero ante los medios audiovisuales, apenas sin salir de casa. (Cualquiera de nosotros en confinamiento Covit-19).

** “Un síntoma principal del IFS es la parálisis de la capacidad analítica”, Byung-Chul Han (2013).




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Luis Farias Mackey

Luis Farias Mackey

Ser o no ser, preguntó Hamlet. ¿Soy éste que soy?, preguntó Quetzalcóatl. ¿Vivo yo todavía?, preguntó Zaratustra. La primera es una opción binaria: sé es o no sé es. La segunda es la trama de la vida misma: ser lo que sé es. La tercera es descubrir si, siendo, efectivamente aún sé es. Vivir es un descubrimiento de lo que sé es a cada instante. Porque vivir es hurgar en el cielo y en las entrañas, en los otros -de afuera y de adentro-, del pasado y del presente, de la realidad y la fantasía, de la luz y de las sombras. Es escuchar el silencio en el ruido. Es darse y perderse para renacer y encontrarse. Sólo somos un bosquejo. Nada más paradójico: el día que podemos decir qué somos en definitiva, es que ya no somos. Nuestra vida es una obra terminada, cuando cesa. Así que soy un siendo y un haciéndome. Una búsqueda. Una pregunta al viento. Un tránsito, un puente, un ocaso que no cesa nunca de preguntarse si todavía es.

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