PARRESHÍA

Trump revisitado

Trump revisitado

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Superfluidad y precariado.

Corría mayo del 16; las elecciones de noviembre se antojaban lejanas, no así su desenlace. El gran Hugo Rodríguez Barroso me invitó a colaborar en “Diseccionando a Trump” (12 Editorial). Lo que hice con “El otro en el espejo. La exclusión en el fenómeno Trump". Tan lejano y tan de hoy.

Empecé en 1765 y con Adams y su aquel “designio de la Providencia destinado a ilustrar a los ignorantes y a emancipar a aquella porción de la humanidad esclavizada sobre la tierra”, el inicio, pues, del “American Dream”.

Pero la Revolución Americana encaminó sus pasos a forjar instituciones republicanas sobre una economía de esclavitud. La igualdad de que hablaba Jefferson entre ricos y pobres fue solo de jure. Adams, no obstante, lo vio: (el pobre) “se siente apartado de los demás, andando a tientas en la oscuridad. La humanidad no se ocupa de él (…) nadie repara en él (…) Ser totalmente ignorado y saberlo es intolerable.”

Invisibles e ignorados, los afroamericanos representaban en 1770 la mitad de la población en Virginia, un tercio en Maryland y dos tercios en Carolina del Sur. Sobre esa masa ignorada e invisible, y ese sentirse intolerable, se forjó el mito de la tierra de la libertad y la abundancia.

Su paradigma, diría Bauman, terminó por producir superfluidad y precariado, especie de esclavitud postmoderna. Superfluo es aquello innecesario, carente de uso, desechable. Precariado, en concepto de Guy Standing, el proletariado sublimado en desclasada globalización: emergente, migrante, global, masivo, sin efectividad de derechos políticos, civiles, económicos y sociales. La superfluidad, sostiene Bauman, es “carencia de hogar social”, de lugar, de identidad, de comunidad. Sin utilidad y “sin puesto propio en la sociedad” (Linhart).

Y ese, escribimos en aquel 2016, era el target electoral de Trump. Miedo y rencor, sus instrumentos discursivos de corte schmittianos de amigo y enemigo, y, en los hechos, manipulación de la inseguridad recreada en incertidumbre perenne (Crozier).

Apuntamos entonces que el verdadero miedo no les venía de afuera y que el muro con México era de tiempo precedido por muros en sus propias ciudades. Muros físicos en guetos latinos y afroamericanos, pero también campos de golf y edificios inteligentes amurallados para sus élites. El día de ayer, 4 de junio del 2020, Trump levantó un muro alrededor de la Casa Blanca; el amurallador amurallado.

Muros también sociales, económicos, sanitarios, judiciales, políticos. Muros carcelarios: la población de color entre 18 y 39 años reporta un 6% en la cárcel, contra un 1 por ciento de blancos y un 2% de latinos. Muro invisible de un submundo visible de homeless adueñados del corazón de sus ciudades y pesadillas. Muros inútiles en escuelas ametralladas por quienes armados hasta los dientes no tienen a quién matar, salvo infantes inocentes. Sostuvimos entonces que los seguidores de Trump compartían “la suerte del resto de la humanidad desclasada” y, con los negros del XVIII, oscuridad, invisibilidad y el ser ignorados.

La historia dorada de Estados Unidos fija el fin de la Guerra de Secesión (1865) como la culminación del racismo en su seno. El remilgoso Ku Klux Klan y el sacrificio de Martin Luther King muestran lo contrario.

Obama pudo llegar a la presidencia, pero no revertir la silenciosa e hipócrita sociología imperante. Su presencia en la Casa Blanca exacerbó los extremismos que terminaron por abrir las puertas de la Oficina Oval a Trump.

Pero el animal (político) llegó arañado. El voto popular delató su estrategia de bisturí sobre el voto electoral indirecto. Había que extirpar el riesgo desde raíz y qué mejor para ello que las enseñanzas de Jim Crow.

Silenciosamente, entre 1876 y 1965, las legislaturas locales impulsaron leyes de segregación racial bajo el lema “separados pero iguales”, comúnmente conocidas como Jim Crow Laws. A ellas y a él, de hecho se deben los guetos en la tierra de la libertad.

Pero la segregación de las Jim Crow Laws no solo es física, es por sobre todo electoral; dificultando el voto afroamericano y latino de bajos ingresos con requisitos de identificación de votantes. La estrategia viene desde principios del siglo pasado, pero ha tomado nuevo vuelo en éste. Once estados norteamericanos, que reportan una mayor participación electoral de color, adoptaron en 2008 leyes de identificación restrictivas, y de doce que registraron aumento de votación latina entre 2000 y 2010, nueve hicieron lo mismo.

Donald Trump adujo fraude electoral en 2016. Según él, hubiera ganado el voto popular si se hubiesen descontado del padrón a millones de electores que votaron ilegalmente. Nunca pudo acreditar su dicho y estudios sobre el supuesto fraude solo arrojaron cuatro casos comprobados (Washington Post, 1º dic 2016). No debe de extrañarnos pues que en 2018 haya instalado la Comisión Asesora Presidencial sobre Integridad Electoral, presidida por el vicepresidente Pence y operativamente a cargo de Kris Kobach, reconocido como “el principal defensor de la supresión del voto” (Highton, Voters identification Laws and Turnout in the United States). Pero, ¿qué debemos entender por integridad electoral? Segregación y supremacía.

Se calcula, según datos citados por Levitsky y Ziblatt en “Cómo mueren las democracias” (2018), que el 11 % de los ciudadanos estadounidenses (veintiún millones de ciudadanos con derecho a voto) carecen de documentos de identidad con fotografía expedidos por el gobierno y que, entre la población afroamericana, la cifra aumenta a un 25 %.

La Comisión Asesora de Trump busca endurecer las leyes locales de identificación de votantes y, en los hechos, borrar de los padrones a votantes legítimos adversos a Trump. Purga electoral. De suerte de no correr riesgos en elecciones cerradas.

Agréguese a ello la narrativa polarizante, ofensiva y arrogante, y hallará el por qué del caos despertado por la ejecución frente a cámaras y caras expectantes y horrorizadas de George Floyd.

La pradera estaba yerma y el rencor apresado en las tripas ardientes y memoriosas del inconsciente social. La satisfacción de menos impuestos y el desmantelamiento del Obama Care solo se dio en las élites. La pandemia, si bien igualó a todos en el riesgo, se cebó, como siempre, en los más desprotegidos. El desempleo pintó de desesperanzas el America great again y la lista de enemigos foráneos, más larga que la corbata presidencial, ya nada dice a un pueblo hundido en su propia oscuridad, invisibilidad e ignorancia.

Lo demás lo venimos presenciando de día y de noche.

Significativo es que el vandalismo se haya trasladado de los barrios pobres a las zonas paradigmáticas del lujo consumista: 5ª Avenida, Rodeo Drive, Soho y La Milla en Chicago, entre otras, sumando así, al reclamo contra la violencia policiaca contra afroamericanos y la marginación racista, la desigualdad y el precariado.

Los Padres Fundadores lloran hoy como en su momento lo hicieron los esclavos sobre cuyas espaldas construyeron esa gran nación. Pronto la oscuridad abarcará a todos y todos sabrán lo que se siente ser invisibles, superfluos, precarios. Se verán al espejo y su mirada se perderá en la invisibilidad.

El 24 de enero de 2016 Trump presumió poder matar a alguien en la 5ª Avenida y no perder votantes; el viernes 29 de mayo del 2020 amenazó con disparar contra saqueos. El final de esta película se contará en muertos, no en votantes.

"Las sociedades, sostenía Octavio Paz, no mueren víctimas de sus contradicciones, sino de su incapacidad para resolverlas." Los imperios, sostenemos nosotros, no caen desde fuera, sino se derrumban por dentro. Implosionan, como las Torres Gemelas.



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Luis Farias Mackey

Luis Farias Mackey

Ser o no ser, preguntó Hamlet. ¿Soy éste que soy?, preguntó Quetzalcóatl. ¿Vivo yo todavía?, preguntó Zaratustra. La primera es una opción binaria: sé es o no sé es. La segunda es la trama de la vida misma: ser lo que sé es. La tercera es descubrir si, siendo, efectivamente aún sé es. Vivir es un descubrimiento de lo que sé es a cada instante. Porque vivir es hurgar en el cielo y en las entrañas, en los otros -de afuera y de adentro-, del pasado y del presente, de la realidad y la fantasía, de la luz y de las sombras. Es escuchar el silencio en el ruido. Es darse y perderse para renacer y encontrarse. Sólo somos un bosquejo. Nada más paradójico: el día que podemos decir qué somos en definitiva, es que ya no somos. Nuestra vida es una obra terminada, cuando cesa. Así que soy un siendo y un haciéndome. Una búsqueda. Una pregunta al viento. Un tránsito, un puente, un ocaso que no cesa nunca de preguntarse si todavía es.

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