RAÍCES DE MANGLAR

La muerte y Gatell

La muerte y Gatell

Foto Copyright: lfmopinion.com

Jugar con fuego a ser Dios.

Tenía escasos cuatro o cinco años cuando la muerte me alcanzó en forma de visión o así me parece hoy, treinta y tantos años después. Lo recuerdo más o menos bien. Un hombre de edad mediana, hinchado y escarlata, con los ojos cerrados por los bultos que eran sus párpados sanguinolentos. La descripción, médicamente exacta sería los párpados cerrados, pero en la vida y la muerte los ojos son la súplica y el cierre la fatalidad.

Estábamos en el Hospital de La Raza, esperando a un tío que era atendido por desarrollar la polio cuando la ambulancia llegó. De la camilla bajaron al hombre, al parecer era mecánico y se encontraba trabajando cuando el gato hidráulico falló. Pocos minutos después, un doctor enfurecido salió a gritarle a los paramédicos, sin miramientos y con frialdad inusitada, que no debieron trasladarlo ahí si ya no presentaba signos vitales, lo cual era el caso.

Yo, perdido en la impresión, no procese nada de eso hasta entrados los años, cuando esperaba a mi esposa tras su primer parto en la entrada de urgencias del Hospital La Perla y volví a ver una escena casi idéntica, un déjà vu maldito.

Y por supuesto no fueron las únicas muertes o situaciones de este tipo que presencié. La siguiente pasó algún tiempo después, a escasos 100 metros de mi casa en Chimalhuacán, Estado de México. Aquella escena, más insípida en su presentación era más grotesca por su contexto.

Caminaba junto al canal de desagüe que divide a Neza de Chimalhuacán cuando vi a un grupo de gente alrededor de una mano cercenada. Aunque estaba hinchada al grado de parecer un guante de plástico saturado de agua, la bisutería que portaba la delataba como una mano de mujer. Eso y el hecho de que en esos días una ola de feminicidios tenía aterrorizadas a las trabajadoras y madres solteras de la comunidad, algo que tristemente no ha perdido vigencia.

Y de ahí pal Real. Desde atropellados, accidentes y un asesinato en plena calle y a la luz del día. Escenas y vivencias que son cotidianas para muchos y que hasta podrían pasar como ingenuas en un país con más de 60 mil desaparecidos y más de 280 mil asesinatos de 2006 a 2020.

Y a esas tragedias hay ahora que sumarle la zozobra que ha traído a nuestro país el nuevo coronavirus, el cual no sólo ha matado a más de 30 mil mexicanos en escasos tres meses, sino que ha volteado completamente nuestra manera de vivir, amar, trabajar y ha dividido a la más que polarizada sociedad civil.

En esta división que parece irreconciliable hay de todo. Desde paranoia colectiva hasta franco desinterés por el tema. Sólo basta salir unas cuadras para confirmar el fracaso de la estrategia nacional contra el Covid-19. Gente que pasea sin preocupación alguna, fiestas, bailes, aglomeraciones en tiendas y calles.

En las redes sociales se queman políticos y santos patronos en favor de una opinocracia rabiosa y visceral, a la vez que preocupante. Pero lo que más duele a consciencia de la problemática es, sin lugar a duda, la deshumanización y banalización del tema.

A veces, yo mismo me he sorprendido de la frialdad con la que los periodistas arrojamos cifras. Ayer contabilizaba el desprestigiado informe de la Secretaría de Salud Federal 273 defunciones nuevas defunciones. Mientras monitoreaba la fatídica numeralia, hice lo mismo que he hecho a lo largo de estos pesados meses de encierro e informé a mi familia de la cifra. “Hoy son poquitos”, me dijo una de mis hijas.

Aquello me alarmó sobremanera. Ella, quien en días previos se había horrorizado con el ascenso acelerado de muertes, ahora era otra víctima informática de esa otra enfermedad terminal que es la indiferencia. Lo peor es que en ese momento sólo atiné a contestarle “sí, hoy son menos que ayer”.

Aquella niña en escasos tres meses se había convencido de lo mismo que mucha gente y terminaba viciando la tristeza y dolor de cientos de miles de mexicanos en lo mismo. Son números, son cifras, cualquier cosa que nos diga aquel funcionario solemne que es Hugo López-Gatell no son hogares destruidos o personas abatidas por el desconsuelo y la enfermedad. Son sólo abstracciones vacías.

En mi familia hace poco tuvimos la mala fortuna de ser tocados de cerca por esta enfermedad maldita. Mi padre perdió a su esposa en apenas nueve días. Al hecho, lamentable en sí mismo, se sumaron otros factores que lo volvieron una experiencia incluso más amarga. Como si el hecho de perder de golpe el suelo firme y amoroso que representa el seno materno y el calor conyugal no bastara para devastar por completo la cotidianidad de estos seres, también tuvieron que soportar el ominosos y terrible protocolo sanitario que acompaña a los casos de Covid.

No pudieron él y sus hijos despedirse de ella y aquella mujer murió igual que otros 30 mil mexicanos e igual que 530 mil de nuestros congéneres; sin el consuelo del lecho familiar, sin las miradas dolorosas y ataviadas de lágrimas. En su lugar sólo el sepia triste del hospital y su olor a desinfectante y vómito. Al final, sólo una urna funeraria con los restos de quien alguna vez fue su motor de vida y un globus latente en la búsqueda de un pequeño nicho en un panteón cercano.

Y aún así, con la fatalidad rasguñando nuestra puerta, la tragedia se nos escapa del radar y nos engaña. La indiferencia, indefectible, operando en cada ámbito de nuestra vida, carcomiendo nuestra empatía y amor al prójimo, por más cercano que este sea, porque es cierto que la vida sigue, pero la muerte también.

En algún momento todos somos ese doctor indiferente, preocupado más por los trámites y la burocracia o aquella muchedumbre morbosa, agradeciendo en secreto que no son ellos el saldo cobrado ese día; somos a veces esa opinocracia, más preocupada por tener la razón que por lo esencial y hasta aquel funcionario arrojando números rojos, necio y sin la capacidad de trascender su visión del problema. Ante la magnitud de la siempre creciente desgracia, fenece lento nuestro espíritu y nuestra capacidad de asombro.

Ay de nosotros, mortales todos, incapaces de sensibilizarnos, incapaces de acercarnos al alma humana, así sea la propia. Y no terminó de entender si somos parte de la enfermedad, de este cáncer ruinoso, heredado e inevitable o sólo un síntoma más de una sociedad completamente egoísta y lamentable: el malestar permanente.

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