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Una radiografía

Una radiografía

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Mexicanidad.




La naturaleza del pueblo mexicano y su ontología, ha sido estudiada e ilustrada ampliamente por múltiples autores, desde Samuel Ramos, Emilio Uranga, Octavio Paz, Arreola, Rulfo, Díaz Mirón, Monsiváis, además de otros muchos mexicanos y extranjeros, en busca del análisis y explicación de nuestro comportamiento o principales rasgos de conducta. También para la obtención de grados académicos, tesis magistrales, premios literarios o en investigaciones rumbo al mercado de ‘best sellers’, como es el caso de los “Hijos de Sánchez” de Oscar Lewis.

En este sentido, desde el siglo pasado se han publicado textos literarios, académicos, ilustrativos de gran calidad unos y pedestres otros, para explicar y entender nuestra condición de mexicanos y descripción de ciertos comportamientos relevantes que nos pudieran definir como tales.

A pesar de ser nuestro país un mosaico diverso, existen características y valores que nos identifican. Una especie de ADN Nacional.

Como por ejemplo, la caracterización del “pelado” que tanto se explotó en el burlesque, el teatro de revista y el cine.

El inigualable Palillo, que hizo época con una inteligente caracterización de sátira y crítica social, de tal conmoción que terminó muchas veces en la cárcel, siempre enfrentado al entonces regente de hierro Ernesto P. Uruchúrtu y con un amparo en la mano. Cuando definió la lucha frente al poder, muchas veces ajeno al resto de lo mexicano, fue muy aplaudido por atreverse.

En el teatro de carpa surgieron además Cantinflas, Delia Magaña, Medel, Tin Tán, entre los más destacados, que retrataron una sociedad en permanente busca de su razón de ser, con enormes carencias y diferencias. Y donde el régimen de fuerza y organización política excluyó a los más y contribuyó a una sociedad profundamente diferenciada con muy pocos multimillonarios, otros menos ricos con aspiraciones de mejora y millones de pobres y miserables. Todos con la esperanza de sacarse la lotería, o encontrarse, de pérdida, el cachito premiado.

Después de la Revolución y gracias a su institucionalización, a la par de la demanda adicional de bienes y servicios, principalmente de exportación, a partir de la Segunda Guerra Mundial, cuando la fuerza de trabajo estadounidense se ocupaba en el ejército, dimos un gran salto industrial y de bienestar con la fundación del Banco de México, la expropiación petrolera y las crecientes inversiones asociadas al capital extranjero, y el consecuente crecimiento del producto, es decir, de los bienes y servicios que la sociedad requiere para producir, distribuir y consumir.

México se puso de moda, se incorporó al concierto de las naciones, con un rico folclore, cultura milenaria, playas, comida tradicional que no sabe a plástico y mano de obra barata.

A partir de los años treinta del siglo XX se crearon y fortalecieron todos los sistemas sociales, educativos, jurídicos, administrativos y económicos de los que nos hemos beneficiado millones de mexicanos (Oscar López Gamboa, conversaciones en red).

Al mismo tiempo, se revisó nuestra idiosincrasia. Se subrayó el enorme papel de identidad, importancia académica y mejor calidad de vida que han significado la Universidad Nacional Autónoma de México y el Politécnico. Poco a poco se fortalecieron las relaciones de clase y así como en el pasado las familias acomodadas procuraban tener entre sus vástagos a un cura, un militar y un comerciante, ahora en las clases emergentes surgió el tiempo de los abogados y contadores, de los médicos, de los químicos e ingenieros, como garantía de progreso social.

El mexicano es ampliamente solidario en las desgracias de los demás


Se abandonó en general el inefable camino del típico pelado, del irremediable teporocho, incluso del turbulento rencoroso, insumiso, rebelde, para configurar un consumidor vinculado a la radio y a la televisión, fiestero, simpático (de acuerdo a los nuevos estándares de diversión familiar), más que menos guadalupano pero alejado de las mandas y penitencias jaculatorias del arrodillado y mortificado con golpes de pencas y espinas en la espalda para el perdón de los pecados.

Todos siempre atentos a la moda yanqui, como a lo francés en el Porfiriato.

La risa del mexicano poco a poco se fue enlatado, responde cada vez más a condicionantes mercadológicos, aunque los insultos siguen siendo crudos: ciego, cojo, pelón, indio, negro, piruja, perra.

Nada que ver con el proverbial witt inglés, ni siquiera con el monótono ‘four lettter word’ de los gringos. O lo escatológico español.

Nos reímos poco de nosotros mismos y mucho de los demás, incluso de amigos y vecinos.

Cuando se es policía, ministerio público o cobrador de impuestos, por ejemplo, instalado detrás de cualquier ventanilla, generalmente se disfruta y abusa del poder, por mínimo que sea. Y así, de diputado pa’rriba, todos tenemos alguna credencial encima, de pérdida de periodista, o de amigo del amigo del amigo del diputado.

La gran influencia cultural de la emigración republicana española mitigó nuestra añeja separación, pero aún así se sigue despreciando a lo indígena, se prefiere ser blanco, o medio blanco. De ser posible se buscan raíces en España para ser más cosmopolitas, más universales.

El mexicano en general se siente cómodo en la derrota, tal vez porque la victoria es por definición un acto de responsabilidad.

Se identifica más fácilmente con el padre, aunque lejano. Y menos con la madre, que es la que amamanta, limpia y viste.

Sin embargo, la madre es lo más sagrado y en este mundo ambivalente también puede ser una pequeñez, una porquería. Todas pueden ser facilitas o livianas, menos mamá.

El mexicano es ampliamente solidario en las desgracias de los demás.

Es capaz de dejar de comer y compartir el pan y la sal. Siempre encontrarás quién te invite un trago, pero no quién te cure o te presente a su hermana, a pesar de que pudieras ser buen partido. Eso será siempre tu propia responsabilidad.

Cuando algún pariente cae en desgracia puede llegar a la casa del amigo, del compadre, del familiar e instarse ahí hasta que San Juan baje el dedo. Sus hijos serán adoptados inmediatamente por los abuelos nuevos y sustitutos.

Se comparte lo poco o lo mucho, siempre hay algo para todos y el concierto es dirigido por las mujeres que siempre han sido y se saben mejores que los hombres. Tal vez porque están mejor hechas. Tal vez por recordar el pecado original y a pesar del enorme abuso familiar contra lo femenino.

Las mujeres mexicanas son las que generalmente ahorran, son las amantes perfectas que conquistaron a los conquistadores y raptores (como las sabinas), a pesar de la sífilis y el desprecio mutuo. Son las madres inmejorables que enseñaron a rezar y a contar en castellano y en náhuatl.

En México nadie está a favor del aborto, sin importar las decimonónicas doctrinas religiosas. Por lo que realmente se lucha, lo que se requiere, es que no se criminalice este acto cuando se decide hacerlo y que se eviten muertes de adolescentes y jóvenes porque no hay seguridad médica, abandono de familiares o hipócrita repudio social.

Parecería que tenemos que aprender a querernos más, a revalorarnos más allá del mariachi y del tequila. Cuando se canta que no se tiene reina ni trono y se sigue siendo el rey, se entiende la inútil proyección: ¿de qué serás rey? ¡si en verdad no tienes nada!

Sin embargo, pocos pueblos hay en el mundo con la música por dentro como el nuestro. Somos músicos naturales, artistas, astrónomos y poetas. Somos artesanos destacados.

Somos glotones y comedores de antojitos, cuando nos invitan, se puede disfrutarlo todo el día.

Y todavía nos matamos por enchílame ésta.

Históricamente siempre han sido bienvenidos migrantes de cualquier lugar del mundo, aunque esto empieza a cambiar tal vez por la competencia y escasez.

A veces nos da vergüenza tener riqueza porque está asociada a las malas prácticas de abuso y explotación.

Los patrones son por lo general el ave aviesa que nos roba y no comparte su éxito, que es en gran parte por nuestros trabajo y esfuerzo. Por eso las remesas crecen porque del otro lado los empleados son pagados en verde y diez veces más que acá, aunque desde luego hay excepciones con labores de esclavos enganchados que recuerdan las tiendas de raya de antes de nuestra Revolución social, la primera del siglo XX.

Al respecto, los gobiernos después del llamado desarrollo estabilizador, en la disputa por la nación, se esforzaron por olvidar lo social en su enésimo intento de unir a nuestro país con el poderoso vecino para ofrecer mano de obra, insumos y materias primas a precios de rebaja, en comparación con otros mercados, incluso el de la China, entre cantos desafinados de lo bien que estaríamos afiliados al “american way of life”.

No tiene remedio, somos como somos y por eso en plena pandemia se organizan fiestas, se reza a la muerte, se abandona el cubre bocas, se abusa del valemadrismo, se apalea a médicos y enfermeras, se funden sangre y heces, se echa la culpa de todo a las autoridades y los periodistas, seudoperiodistas e intelectuales orgánicos que cobraron por apoyar pasadas administraciones de rapiña, afilan lanzas para destrozar al indómito, que aún en la austeridad y tal vez por ello, cada vez es más diferente, más peligroso, en busca de su verdadera identidad: lo irredento, lo indescifrable.



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Arturo Martinez Caceres

Arturo Martinez Caceres

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