RAÍCES DE MANGLAR

Los mercaderes de datos

Los mercaderes de datos

Foto Copyright: lfmopinion.com

1984.

Es interesante como la fiebre por alguna moda o exquisitez contemporánea pueda crear tendencias de alcance social, económico, intelectual e incluso político. Un ejemplo de estas tendencias fue, en la década de los ochenta, la ciencia ficción. A pesar de que dicho género existió en décadas anteriores (sobre todo en el ámbito literario), el fulgor y la excitación popular comenzaron a principios de ésta.

Indistintamente del cine y los cómics, la literatura formal (léase novelas) tuvo un fuerte impacto en el gusto de la ya entonces próspera cultura popular y se notó cuando en 1984, Gary Hart, miembro del Partido Demócrata y entonces potencial candidato a la presidencia de Estados Unidos, utilizó algunas de las ideas mostradas en lo que Theodore Rozsak denominó “futurología”, que no era otra más que los textos de ciencia ficción contemporáneos donde el futuro había alcanzado a la humanidad en aras del progreso.

A pesar de que la campaña de Gary Hart fracasó cuando el Partido Demócrata decidió postular a Walter Moondale (un candidato más tradicional y conservador) en su lugar, la adopción de las “nuevas ideas de la era de la información” fue un proceso que no daría marcha atrás, Este proceso se dio en los estados del sur de la Unión Americana, el famoso sunbelt y la propaganda ha resultado fructífera a tal grado que incluso recibió el apoyo del expresidentes Ronald Reagan.

Una de las razones que tornó la opinión pública hacia la futurología fue que la retórica utilizada por gente como John Naisbitt (Megatrends) o Alvin Toffler (The tirad wave), en combinación con el proceso de modernización y sofistificación tecnológica fueron, dado su contexto histórico, tendencias vistas como posibilidades.

La sola idea de que el “conocimiento” -“información” sería el término que mejor se adecuaría a las ideas de los futurólogos- sustituirá a la producción como el más poderoso ente económico sonaba risible en aquellos años ya lejanos; sin embargo, en 1984 (¿año profético?) se necesitaba ser un escéptico real para no tomarla en cuenta, A cerca de 40 años de haber visto la luz, las nuevas ideas de la “era de la información” muestran una vigencia casi escalofriante, tanto que cualquier especulación ya es posible.

Uno de los mejores ejemplos de los antes mencionado, aplicado al sector público fue la creación de la Conservative Opportunity Society (COS), asociación de carácter político creada por miembros del Partido Demócrata y algunos dirigentes del sunbelt. El propósito de la COS fue la de retirar la imagen altamente tradicional, severa, cautelosa y “fuera de moda” que se asociaba con este partido y del conservadurismo en general. Adoptando las ideas de la era de la información y de los futurólogos, creían, o al menos su retórica así lo permitía observar, en “un futuro brillante y optimista”. Lo anterior no impidió culpar a la izquierda política del atraso productivo.

Ahora, en 2020, después de cuatro años de un gobierno estadounidense que enarbola la figura del déspota maleducado como bandera certera de las llamadas “mayorías silenciosas” y de incontables señalamientos hacia una supuesta blandura del partido demócrata, es tiempo de ver qué nos preparan los mercaderes de datos y “la era de la información” en la praxis.

Hace cuatro años fallaron en sus pronósticos, se olvidaron que la opinión pública real, la que tiene peso en las urnas, no está detrás de un escritorio ni tuitea desde la comodidad de sus recintos clasemedieros. Habremos de ver qué tanto se posiciona a su favor la coyuntura (Covid-19, inmigración, Black lives matter, etc.) o qué tanto se volcará en detrimento y decepción.

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Francisco  Cirigo

Francisco Cirigo

En su novela Rayuela, Julio Cortázar realiza varios análisis sobre la soledad, exponiéndola como una condición perpetua, absolutamente fatal. Dice que incluso rodeándonos de multitudes estamos “solos entre los demás”, como los árboles, cuyos troncos crecen paralelos a los de otros árboles. Lo único que tienen para tocarse son las ramas, prueba inequívoca de la superficialidad de sus relaciones. Las personas somos como árboles y nuestras relaciones son ramas, a veces frondosas y frescas, a veces secas y escalofriantes, pero siempre superficiales. Nuestros troncos son islas sin náufragos posibles.

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