RAÍCES DE MANGLAR

Realidad: más allá del amor y el deseo

Realidad: más allá del amor y el deseo

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Amor bajo otras pieles.

Quién iba a pensar que después de tanto martirio me vendría a sentar aquí, en esta misma terraza de mis pausados años, contigo, mi íntima enemiga.

Quién, además de ella, sabría que con el tiempo renacería una flama tenue, proscrita ya por mi decisión última, aquella de no volver a verte, oírte, sentirte.

Quién creería que del amor que nos dimos a cuentagotas, germinaría una semilla de rencor, un templo al desperdicio.

Y ante el frío casi boreal de mi retiro licensioso, la abstinencia me haría extrañar esos monstruos improvisados de varías manos y piernas, gimientes y sudorosos, estallando de placer en una sola entidad tumefacta.

Anoche, soñé que en la prohibición te buscaba, te hallaba harapienta y lastimosa, sollozando de nuevo por amores inconclusos. Eras fragmentos de la pena y la gloria embarradas en un huesito, temblorosa y recalcitrante.

Decías algo así como su nombre, aquel que yacía prohibido, justo como tú lo estás para mí. Y en eso pude verte, oírte y sentirte de nuevo. Y en tu dolor, insignificante si me lo permites, te decía “te amo” y aceptabas de buen modo mi abrazo absoluto.

Pero la naturaleza del sueño, mentirosa en sí misma, delataba ante el alba la ficción. No éramos amantes absolutos, ni siquiera amigos cercanos. Siempre fuimos un poco más que bacinicas emocionales. Tú, reflejo de mis aspiraciones morales; yo, piedra de esquina, soporte hechizo, acabado de cal y aserrín.

Y ni siquiera eso.

En realidad, ahora que te veo, creo que nunca te he amado. Sólo me ha nacido por ti algo de piedad y ahínco. Mientras pasa el tiempo voy reconociendo en mí a mi padre. No es que él y yo en lo general seamos “malas personas”, sino que ante el debacle de mi heroicidad juvenil va surgiendo en mí una aspiración inversa.

Decía Paz que entre la realidad y el deseo yace el amor, y en mi habitualidad onerosa he consumado sólo los extremos.

¿Recuerdas como Carlota de México, esposa de Maximiliano, no podía perdonarle a su padre haber engañado a su madre, la princesa Luisa de Orleans? ¿Cómo a pesar de ser recordado como el gran fundador de la Casa Real de Bélgica, a pesar de haber unido bajo el manto de la paz y la diplomacia a las huestes reales de Portugal, Francia, Austria e Inglaterra, a pesar de ser considerado el Néstor europeo, no pudo más que reprocharle como su falla más grave el adulterio con Arcadie Claret?

Bueno, yo recuerdo que tú también defendiste la úlcera y bilis de Carlota. Despechada, redujiste a simple eunuco la valía de Leopoldo de Bélgica. Mi mente, agazapada en el desconcierto, no podía creer como las antologías épicas de un gran hombre se hacían ceniza ante la verdad del adulterio y el despojo de los placeres bajos.

No obstante, ahora que miro al tierno y heroico joven que fui volverse un tibio inhábil, me he dado cuenta de la razón que tienes. El hombre que soy aspira a la inmediatez del amor fou y a trascender personal y descaradamente entre las conquistas y los quebrantos. Como Leopoldo, como Eusebio, como Bukowski. Mientras que la mujer que eres, me ofrecía lo único que en esta vida vale la pena para contener la adversidad y el desamparo: un refugio, un tímido cáliz, un hogar.

Pero esta visión de las cosas es como rabia y lluvia. En su imperfecta pero cálida seguridad, decidí sin hacerlo, sin siquiera pensarlo, que debía abandonarte para honrarte después: la estupidez. Y así ha sido.

Vi claramente cómo el ímpetu se calcinaba y se volvía humo. Lo vi hasta que te perdí. Recuerdos agridulces, si los hay, el tuyo, recostada en nuestro lecho, esperando que en la noche ingrata te dedicara una pizca de mi atención. Y yo queriendo esfumarme, desaparecer, estar en ninguna parte.

Mi más grande error: creer que siempre estarías ahí, esperando con gracia y dicha las migajas de mi amor mediocre, cuando hace mucho que estando presente no estabas. Como yo, como Dios.

Y era su nombre el que repetías en mi sueño. “Dios” decías. Y ante la intransigencia del tiempo, lamentabas tener que acogerme de nuevo, pero lo hacías a manera de sacrificio, resignándote.

Hacíamos pues, el amor, cobijados bajo otras pieles, bajo otras expectativas, pero la realidad, como ya he dicho, tocó más allá del amor y el deseo y nos hundió en esta abstinencia voluntaria de sentimientos y pasiones. Ya no nos amamos.

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Francisco  Cirigo

Francisco Cirigo

En su novela Rayuela, Julio Cortázar realiza varios análisis sobre la soledad, exponiéndola como una condición perpetua, absolutamente fatal. Dice que incluso rodeándonos de multitudes estamos “solos entre los demás”, como los árboles, cuyos troncos crecen paralelos a los de otros árboles. Lo único que tienen para tocarse son las ramas, prueba inequívoca de la superficialidad de sus relaciones. Las personas somos como árboles y nuestras relaciones son ramas, a veces frondosas y frescas, a veces secas y escalofriantes, pero siempre superficiales. Nuestros troncos son islas sin náufragos posibles.

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