PARRESHÍA

La Bola

La Bola

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Si lo que se ofrece y negocia son puestos y no propósitos compartidos, sólo hay mercadeo, no política.

La tómbola suele ser una atracción en las ferias de pueblo. Hoy, quienes pretenden organizarse en eso que suelen llamar partidos arman sus asambleas distritales en torno a rifas y tómbolas de enseres y aparatos domésticos.

Freud diría: “¡origen es destino!”

Las Tómbolas son parte del relajo mexicano del que habla Octavio Paz, ese regreso al caos original donde todo se funde momentáneamente en un amasijo primordial, sin antes ni después, sin bien ni mal, sin mérito ni pecado; sin blasones ni ninguneos, sin policías ni malandrines, sin ateos ni curas; todos y todo son uno y mismo caos primigenio, un universo de posibilidades genesiacas y arbitrarias. Un mundo de azar.

Relajo y rebelión, también nos dice Paz, se identifican y confunden. Los revolucionarios hablaban de “La Bola”: se fueron a la Bola, no a la rebelión; muchos nunca supieron por qué peleaban, lo importante era pelear una revuelta festiva (¿florida?), donde la sensación de libertad, insurrección y poder eran más importantes que la causa y su desenlace.

“-Yo he tratado de hacerme entender, convencerlos que soy un verdadero correligionario”, les decía Luis Cervantes, estudiante de medicina, a quienes lo escuchaban envueltos en zarapes alrededor de la fogata con más ganas de tronárselo que de oírlo, nos narra Mariano Azuela en “Los de Abajo”.

“—¿Corre… qué? —Inquirió Demetrio, tendiendo una oreja”. Pancracio y el Manteca no lograban aplacar sus risotadas.

“Correligionario, mi jefe…, es decir, que persigo los mismos ideales y defiendo la misma causa que ustedes defienden.

“Demetrio sonrió.

“—¿Pos cuál causa defendemos nosotros…?”

La tómbola ya no sólo se usa para acopiar firmas de registro, ahora también para postular candidaturas. La fórmula no tiene desperdicio: logra conjuntar mucha más gente que un mitin sin premio de frutsiy torta, cuesta menos y muestra más fuerza y arrastre que la que pudiera despertar por sí sólo un candidato(a). ¡Quién no va a querer sacarse una diputación de tres años o una senaduría de seis con fuero!, dieta y las “buscas” inherentes al cargo; y todo para tomar tribunas, gritar consignas, hacer desfiguros, deschongar a una que otra diputada alzadita, doblar las corvas de un senador que osa parlamentar en un Parlamento, o hacer del —otrora— “Honorable” Congreso de la Unión una vergüenza mundial.


Pero si la Tómbola no tiene desperdicio, sí tiene costos. Congrega gente y rifa cosas, pero no construye organización, propósito, lealtad ni destino.

Un costo aún más grave es para la vida institucional de la Nación. La acción de legislar no puede ser hija del azar y la ineptitud para el cargo. La calidad de nuestras leyes es proporcional a la calidad de nuestra vida en comunidad y futuro. Sólo hay una cosa peor que la ausencia de leyes: las malas leyes.

Desde Solón aprendimos el valor y la necesidad de leyes bien hechas. Dejar éstas en manos de una tómbola es la mayor ofensa que se puede hacer al orden constitucional y el mayor peligro para la sobrevivencia de una Nación. Nada se puede regir por el caos, salvo el caos mismo. Pero la convivencia, supervivencia y vida digna del género humano requiere, hasta ahora, de orden, norma y de organización.

Y, si ese es el concepto que tienen del hacedor de leyes, cuál no tendrán de las leyes mismas y de quien está obligado a restituirlas cuando desde un poder se les viola o, peor aún, sé es omiso en hacerlas cumplir.


Pero regresemos a La Bola, porque ésta no sólo se expresa en las tómbolas morenistas. Bola también es abrir el 50% de las candidaturas de un partido a la “ciudadanía”, en vez de formar ciudadanos y militantes como tarea fundamental de su razón de ser. En el fondo presenciamos otra versión de tómbola, no un esfuerzo permanente de institucionalizar la participación política ciudadana dentro de una opción y organización partidista con cuerpo doctrinario y programático, sino el de un performance y pasarela de ciudadanización: como no he sido capaz de crear ni ciudadanía ni militancia a lo largo de décadas , “me abro” y “escucho” a la ciudadanía, a la que, con todos los recursos públicos a mi favor, no logro entusiasmar ni organizar, ni escuchar fuera de las urgencias electoreras.

No deja de ser paradójico que, teniendo los partidos todo el tiempo para escuchar en campo el sentir y sufrir de los mexicanos, sólo meses antes de cada elección pidan humildemente a la gente les diga qué les duele, cuando debieran saberlo de antemano para ofrecer en tiempos de elección soluciones como oferta y bandera política. Pero hace mucho carecemos de oferta, sólo hay simulación, publicidad y cancioncitas. Cuando en proceso electoral se ofrece escuchar es que no se ha escuchado.

Toda organización requiere de identidad y pertenencia, pero éstas se autodestruyen si cada tres años se abre el colectivo a externos en cargos sustantivos sin para ello que medie deliberación, acuerdo, compromiso, identidad y causa. Si lo que se ofrece y negocia son puestos y no propósitos compartidos, sólo hay mercadeo, no política.

Y también Bola es levantar mediáticamente una manía ciudadana, ante la necesidad de un pueblo desolado —sin sol y solo— sin esperanzas y sin aliento, urgido de creer en algo y en alguien por sobre cualquier razón y prudencia. Pero la generación de una manía adoratoria, sedienta y apremiada; por ende, entregada y manipulable, no hace política, no crea espíritu de cuerpo, no genera cohesión social, no forja causa ni “correligionarios”: hace “Bola”. Bola que como se junta se dispersa.

La movilización ha sido desde hace mucho el arma despolitizadora de los partidos: movilizar no es organizar ni formar ciudadanía, ni compromiso político. Morena es un movimiento, no una organización; es una bicicleta que vive del pedaleo diario y mañanero sin el cual se cae. La marea rosa, por igual, fue una explosión, valiosa y prometedora, pero impotente —ahí está el Estado de México—. Movilizar no es organizar participación política, es “performarla”.

Si vemos bien, somos como la gavilla de Demetrio ante Luis Cervantes, festejando con mezcal habernos jugado la vida —o la marea— un día más y haber sobrevivido –¡qué cercana es esta estampa a la de cualquier población asolada por el crimen organizado hoy en México!—, sin más visión de vida, de Nación ni de mañana que la luz de una fogata y las tinieblas del alcohol, de la noche y del mañana; prestos a “tronarnos” al que, aún siendo correligionario y siguiendo las mismas causas, vemos diferente, porque hoy en México lo que une a lo plural no son las causas ni el sentido resultante de vivir entre hombres diversos y contrarios, sino La Bola, la Tóm—Bola. El rebaño.


Hoy nuestra política es de carpa, y nuestra acción política gástrica: nos unimos en contra, no a favor. Aceptémoslo: Xóchitl es más antiAMLO que Xóchitl. Hábil y rápida contestaría, no propositiva, menos organizadora, siquiera, de un equipo elemental de trabajo.


Por su lado, nuestros partidos son esqueletos urgidos de militancias ajenas, candidatos prestados y desechables, blasones inventado, publicistas y encuestadores ricos. Son pruebas fehacientes de su total ineptitud, impotencia y caducidad.

Tanto devaluamos la política que ahora que nos urge, sólo encontramos a la mano unas pandillas de simuladores y vividores.

No, la culpa no es de quien salta de un partido a otro, ni de quien se postula sin mérito ni capacidad alguna; la culpa es creer, aún, que hacemos política cuando sólo vivimos de su cadáver.

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Luis Farias Mackey

Luis Farias Mackey

Ser o no ser, preguntó Hamlet. ¿Soy éste que soy?, preguntó Quetzalcóatl. ¿Vivo yo todavía?, preguntó Zaratustra. La primera es una opción binaria: sé es o no sé es. La segunda es la trama de la vida misma: ser lo que sé es. La tercera es descubrir si, siendo, efectivamente aún sé es. Vivir es un descubrimiento de lo que sé es a cada instante. Porque vivir es hurgar en el cielo y en las entrañas, en los otros -de afuera y de adentro-, del pasado y del presente, de la realidad y la fantasía, de la luz y de las sombras. Es escuchar el silencio en el ruido. Es darse y perderse para renacer y encontrarse. Sólo somos un bosquejo. Nada más paradójico: el día que podemos decir qué somos en definitiva, es que ya no somos. Nuestra vida es una obra terminada, cuando cesa. Así que soy un siendo y un haciéndome. Una búsqueda. Una pregunta al viento. Un tránsito, un puente, un ocaso que no cesa nunca de preguntarse si todavía es.

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