PARRESHÍA

A Gutiérritos le asiste la razón

A Gutiérritos le asiste la razón

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¿Era aplicable la cláusula si aquél, partido o coalición, por sí solo obtenía 51 o más por ciento? No, porque ya tenía asegurada la gobernabilidad.

Gutiérritos (Sergio Gutiérrez Luna) es prueba fehaciente de la decadencia que caracteriza nuestra época. No pudo haber sido más que con Morena, otra expresión de nuestro estertor.

Este personaje, que no persona, es de opera bufa en el papel precisamente de bufón. Fueron sus dotes histriónicas y afición al ridículo las que le permitieron escalar, como tantos otros, al estrellato morenista.

Su última salida, semiescondido en el umbral de su oficina para interpelar a Lorenzo Córdoba en la Cámara de Diputados lo pinta de cuerpo completo.

No obstante, sin aplaudir sus formas ni dichos, me veo obligado a compartir el fondo del asunto: La sobrerrepresentación por partido en una coalición, en vez de la coalición como una unidad, sí es responsabilidad de Lorenzo Córdoba, si no personal, sí al menos bajo su guardia como consejero presidente del INE.

En 91, tras el caos que fueron las candidaturas comunes en el 88, el COFIPE dispuso que las coaliciones de los partidos participarían como un solo partido en los procesos electorales, bastante ganaban con sumar sus recursos y estrategias. Pero la partidocracia, en simbiosis con los funcionarios electorales (consejeros y magistrados), terminó por hacer de la legislación de coaliciones un batidillo, hasta el absurdo que el límite de sobrerrepresentación dispuesto por la legislación para la unidad de partido o coalición se autorizó, durante el INE presidido por Córdoba, por partidos, estuviesen o no coaligados.

Pero déjeme contarle cómo se llegó a ese ocho por ciento. En la reforma del 96, con relación a la cláusula de gobernabilidad (ver “La contrarreforma de Bartlett” y “Partidos ladrones”) las oposiciones pidieron establecer un límite inferior para que procediera a aplicarse, el Código entonces otorgaba la sobrerrepresentación al partido con más votos para asegurarle el 51por ciento de la cámara, es decir, su gobernabilidad, pero sin fijar un piso mínimo para que la cláusula fuese aplicable. Me explico, si el partido con más votos obtenía el 48 por ciento de la votación nacional, se le sobrerrepresentaba con 3 por ciento para alcanzar la mayoría absoluta (51%). Pero qué pasaba si el mayoritario lo fuese con solo un 33 por ciento de los votos, ¿procedía otorgarle 18 por ciento? ¿Justificaba eso la gobernabilidad?

Con las cifras de entonces se acordó un piso del 43 por ciento de votos del partido mayoritario para poderlo sobrerrepresentar con la cláusula de gobernabilidad hasta el 51 por ciento, por eso se fijó como máximo un 8 por ciento de sobrerrepresentación por partido o por coalición, considerando a los partidos coaligados como un solo partido. En otras palabras, si el mayoritario estaba por abajo del 43 por ciento de la votación nacional no tendría el beneficio de la cláusula de gobernabilidad ni podría sobrerrepresentársele.

Pero detengámonos en esto último: “cláusula de gobernabilidad”, este engendro que viene de la contrarreforma de Bartlett (1986) tenía por teleología la gobernabilidad del Congreso, no su captura. En otras palabras, el 8 por ciento existe, no para sobrerrepresentar ilimitadamente al partido o coalición mayoritaria, sino únicamente para asegurarle el 51 por ciento. ¿Era aplicable la cláusula si aquél por sí solo obtenía 51 o más por ciento? No, porque ya tenía asegurada la gobernabilidad.

Todo eso, sin embargo, fue siendo modificado paso a paso durante el INE de Córdoba, de suerte, primero, que cada partido de una coalición se sobrerrepresentara en un 8 por ciento y, segundo, ya no para asegurar el 51 por ciento, sino lo que diera su sumatoria. Hoy, con un 54 por ciento de la votación, es decir con más de la mayoría absoluta (51%), se le aplicó a cada partido una sobrerrepresentación para llevar a su coalición hasta un 72 por ciento, 18 puntos porcentuales más. El objetivo no era la gobernabilidad, que ya la habían alcanzado como coalición, para eso se coaligaron, sino la mayoría calificada para hacer y deshacer a sus anchas, soberbias y locuras.

Este absurdo fue resultado de múltiples acuerdos que se aprobaron no en el 2024, sino antes, todos bajo la presidencia de Córdoba. Una coalición no puede ser más que una coalición para todos los efectos electorales, no puede ser una unidad para unos efectos y tres partidos separados para otros.

Muchas cosas buenas también pasaron durante el INE que presidió, pero bien haría Córdoba hacer un Mea Culpa de las muchas de las decisiones y excesos de ese INE que hoy nos tiene aquí.

Todo ello con independencia de la catadura, formas y pequeñez de Gutiérritos.

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Luis Farias Mackey

Luis Farias Mackey

Ser o no ser, preguntó Hamlet. ¿Soy éste que soy?, preguntó Quetzalcóatl. ¿Vivo yo todavía?, preguntó Zaratustra. La primera es una opción binaria: sé es o no sé es. La segunda es la trama de la vida misma: ser lo que sé es. La tercera es descubrir si, siendo, efectivamente aún sé es. Vivir es un descubrimiento de lo que sé es a cada instante. Porque vivir es hurgar en el cielo y en las entrañas, en los otros -de afuera y de adentro-, del pasado y del presente, de la realidad y la fantasía, de la luz y de las sombras. Es escuchar el silencio en el ruido. Es darse y perderse para renacer y encontrarse. Sólo somos un bosquejo. Nada más paradójico: el día que podemos decir qué somos en definitiva, es que ya no somos. Nuestra vida es una obra terminada, cuando cesa. Así que soy un siendo y un haciéndome. Una búsqueda. Una pregunta al viento. Un tránsito, un puente, un ocaso que no cesa nunca de preguntarse si todavía es.

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