PARRESHÍA

¿Tiene sentido aún la pluralidad?

¿Tiene sentido aún la pluralidad?

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¿Para qué formar ciudadanos si carecemos de espacios públicos políticos donde puedan serlo?

Alteridad y pluralidad no son lo mismo,alter es el otro, el alter ego es mi otro yo, alterar es “hacer que se vuelva otro”, cambiar la esencia o la forma; cuando algo nos altera, nos descentra, nos tras-torna. Por su lado, lo plural no solo habla de número, también y principalmente de distinción, la pluralidad es la expresión de los diversos, no de lo otro. La alteritas es la condición de ser otro que está presente en todo lo que es; la pluralidad en términos políticos es la adjetivación de aquello que se distingue, no por ser otro, sino por ser sí mismo, por ser “alguien”, por tener una identidad; no es solo uno, es único, y para serlo debe hacerse ver, escuchar y distinguir, y ello sólo lo logra entre otros que juntos encuentran identidad propia y aquello que los diferencia. Esto es muy importante, porque la unión no diluye ni funde, diferencia, perfecciona (Chardin). Los seres humanos no se reúnen para ser uno, sino para distinguirse por sus palabras y sus hazañas cada uno entre todos.

Es esa diferencia lo que hace de un pedazo de tierra un ámbito humano, dice Arendt: el único lugar donde los hombres pueden mostrar real e invariablemente quiénes son, un mundo.

Hoy, sin embargo, el espacio humano de naturaleza política es ocupado solo por la representación política. La democracia moderna, alegando la imposibilidad material de tomar decisiones entre todos a la vez y permanentemente, es representativa, una representación donde exclusivamente los representantes son vistos, escuchados y diferenciados, y los representados desaparecen tras su efímera aparición en las urnas a las que ahora se acude con acordeón.

La pluralidad, así, ¡es la de los representantes!, que en los hechos es la de los partidos que los regentean a través del monopolio de las candidaturas y, así, la deliberación y acción políticas, pretendiendo ser representativas de millones de ciudadanos, se reduce solo a la de un puñado de mercachifles de la política y, ahora, de tómbola.

Nuestra democracia en los hechos no es representativa, los funcionarios electos no se representan ni a sí mismos, la única verdadera representación hic et nunc es la que nosotros hacemos de una ciudadanía que ni lo es, ni se expresa. Representamos ser ciudadanos, somos gesticuladores de ciudadanía, pero no lo somos ni en la palabra ni en la acción, nadie se distingue como ciudadano porque, además, carecemos de los espacios públicos para poder serlo y poder accionar como tales, también el espacio público es exclusivo para los que dicen representarnos y ver por nosotros.

Volvamos a Arendt: la función del ámbito público es iluminar los sucesos humanos al proporcionar el espacio de apariencias (aparición), un espacio de visibilidad en el que los hombres y las mujeres pueden ser vistos y oídos y revelar mediante sus palabras y la acción quiénes son. Lo público indica al mismo tiempo, un mundo común, entendido como comunidad de cosas, que nos une, agrupa y separa, a través de relaciones que no supongan fusión. Y, al igual que Antonio Caso, Arendt concluye: La condición indispensable de la política es la irreductible pluralidad que queda expresada en el hecho de que somos alguien no algo y que nuestras acciones son entre y con otros, y solo inician algo de suyo imprevisible, tanto por pluralidad como por libertad.

Pero resulta que en el mundo y la democracia de hoy ni siquiera a la calidad de algo llegamos, la representación política es un cuento para sostener una estructura de poder que, embozada en nuestra representación, nos expropia la pluralidad, la visibilidad y la acción políticas.

Con Innerarrity creo que no se trata de implantar una democracia directa que es una pantomima aún más grande que la representativa, y que tenemos que hacernos cargo de la complejidad de la vida humana hoy para diseñar nuevos sistemas de organización y participación ciudadanas, acordes al mundo actual.

Partamos a ello aceptando que nuestros edificios de ciudadanía, democracia y representación política niegan el espacio público, la deliberación y acción de nuestra pluralidad.

¿Para qué formar ciudadanos si carecemos de espacios públicos políticos donde puedan serlo, si nuestro diseño institucional es solo para partidos y vividores del erario o enfermos de poder, si el mundo de la información y tecnología nos agrupa en guetos digitales, hace excepcionales las relaciones personales directas y entroniza el aislamiento y el burnout del homodigitalis, si nuestra mundanidad ya no es política sino de rendimiento?

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Luis Farias Mackey

Luis Farias Mackey

Ser o no ser, preguntó Hamlet. ¿Soy éste que soy?, preguntó Quetzalcóatl. ¿Vivo yo todavía?, preguntó Zaratustra. La primera es una opción binaria: sé es o no sé es. La segunda es la trama de la vida misma: ser lo que sé es. La tercera es descubrir si, siendo, efectivamente aún sé es. Vivir es un descubrimiento de lo que sé es a cada instante. Porque vivir es hurgar en el cielo y en las entrañas, en los otros -de afuera y de adentro-, del pasado y del presente, de la realidad y la fantasía, de la luz y de las sombras. Es escuchar el silencio en el ruido. Es darse y perderse para renacer y encontrarse. Sólo somos un bosquejo. Nada más paradójico: el día que podemos decir qué somos en definitiva, es que ya no somos. Nuestra vida es una obra terminada, cuando cesa. Así que soy un siendo y un haciéndome. Una búsqueda. Una pregunta al viento. Un tránsito, un puente, un ocaso que no cesa nunca de preguntarse si todavía es.

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