PARRESHÍA

Violencia

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Los muertos de la violencia siguen siendo humanos, aunque aquélla sea automatizada.

El poder se vistió de violencia desde principios del siglo pasado, por lo menos; hoy el mundo exuda violencia en todo asunto humano. En un principio el poder político y la violencia se hicieron uno, hoy son la violencia y cualquier poder.

Pero poder político y violencia no fueron lo mismo siempre, la violencia era de un individuo o de algunos pocos, lo político, por el contrario, requería del acuerdo y la acción conjunta. Cuando el poder político da la espalda al concurso de todos y finca su existencia en la violencia, resucitamos la barbarie y la institucionalizamos.

La violencia hecha política le hizo perder a la segunda su magia de identidad, pertenencia, concordia y futuro, y la convirtió en un peligro para la humanidad.

La violencia en la antigüedad tenía al menos presencia humana, hoy su rostro es la frialdad tecnológica, quien lanza un misil está en un cuarto rodeado de monitores aislado del mundo real y a miles de kilómetros del blanco, no se mancha las manos de sangre, no se ensucia en el fango de la muerte, las llamas y el estruendo de la explosión no le llegan, no escucha los gemidos de los heridos ni el llanto de las familias quebradas; la violencia del Estado ya no requiere de cárceles ni verdugos, no necesita reprimir, nos controla haciéndonos hacer mientras nos hace creer que es nuestra libertad libérrima la que nos mueve hasta el burnout, y nuestra vigilancia es ya absoluta y permanente a través de los dispositivos digitales.

Los muertos de la violencia siguen siendo humanos, aunque aquélla sea automatizada, ya no se lucha cara a cara, ni solamente entre ejércitos, tampoco la violencia es exclusiva del Estado, el crimen organizado impone su mercado y poder contra otros grupos igual de desalmados y sobre poblaciones inermes abandonadas por los Estados que supuestamente se crearon para protegerlas; no se necesita, pues, estar en Irán, Palestina o Ucrania para vivir la violencia hoy. En México hay días que mueren violentamente más nacionales que en esas tres guerras juntas, decenas de mexicanos desaparecen diariamente y son solo estadísticas y gráficas para el gobierno, diariamente se descubren fosas y crematorios clandestinos, pueblos enteros son desplazados desde hace ya varios años de sus tierras, animales y posesiones, nadie sabe a ciencia cierta cuántos son, dónde están y si aún viven, el gobierno acude a ellos cuando la presión de la opinión pública le rebasa, se filman videos abrazando ancianas y niños, prometen protección y ayuda y se van para no regresar nunca.

La violencia también se ha aposentado en una ciudadanía polarizada, hay violencia urbana, intrafamiliar, de género, en escuelas y hasta hospitales, la violencia política ha tomado carta de naturalización en estas tierras, se distingue la electoral y nadie duda que Morena se instale en la violencia para no ser sacado del poder. Con el huachicol se institucionalizaron las ejecuciones necesarias.

La lección es monumental, no se le puede soltar al Estado la violencia sin control, porque para conservar su poder la puede usar contra los ciudadanos y sus libertades, bajo el razonamiento de que el fin justifica los medios, aunque el fin no tenga justificación alguna.

Carl Schmitt lo develó desde principios del siglo pasado, la soberanía, esa que hoy se menta hasta para ir al baño, es en realidad la capacidad del Estado de suspender el derecho en defensa del derecho: todo orden jurídico para persistir requiere cuidado y defensa, si alguien atenta contra él, así sea justificadamente, el Estado puede decretar un estado de excepción, se abstrae el mismo de ese orden y lo suspende en su nombre y defensa, y gobierna fuera de la ley pero escudado en ella. Ese cuadro con un Estado que ha concentrado todos los poderes en una persona, que puede ni siquiera ostentar cargo público alguno, y que ha restringido libertades y derechos de todo tipo, como la prisión preventiva oficiosa o el congelamiento de activos bancarios por mero olfato o una Suprema Corte de llavero, abre de par en par la puerta de la violencia como forma de gobierno y la barbarie como vida.

Cuando la política se sustenta en la violencia, ¿qué sentido tiene?

Cuando la violencia “legítima” es ineficaz frente a la de facto y de fuerzas antisociales, ¿qué sentido tiene el Estado?

Cuando el encargado de la violencia legítima para hacer cumplir la ley y defender las libertades y derechos, la usa para lo contrario, ¿Qué sentido tiene el Estado?

Cuando tienes que salir de tu pueblo con lo que traes puesto para no regresar jamás sin Estado alguno que te defienda o, peor, por culpa de él, ¿Qué mundo y lugar pueden llamar suyo y seguro?

Finalmente, ¿hay posibilidad de ciudadanía en la violencia? ¿Qué política intrahumana puede haber cuando la violencia es la política de Estado?


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Luis Farias Mackey

Luis Farias Mackey

Ser o no ser, preguntó Hamlet. ¿Soy éste que soy?, preguntó Quetzalcóatl. ¿Vivo yo todavía?, preguntó Zaratustra. La primera es una opción binaria: sé es o no sé es. La segunda es la trama de la vida misma: ser lo que sé es. La tercera es descubrir si, siendo, efectivamente aún sé es. Vivir es un descubrimiento de lo que sé es a cada instante. Porque vivir es hurgar en el cielo y en las entrañas, en los otros -de afuera y de adentro-, del pasado y del presente, de la realidad y la fantasía, de la luz y de las sombras. Es escuchar el silencio en el ruido. Es darse y perderse para renacer y encontrarse. Sólo somos un bosquejo. Nada más paradójico: el día que podemos decir qué somos en definitiva, es que ya no somos. Nuestra vida es una obra terminada, cuando cesa. Así que soy un siendo y un haciéndome. Una búsqueda. Una pregunta al viento. Un tránsito, un puente, un ocaso que no cesa nunca de preguntarse si todavía es.

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