PARRESHÍA

Chilapa

Chilapa

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El crimen organizado puede matar, quemar y tomar pueblos enteros, pero lo importante son dos agentes de la CIA brindando colaboración en Chihuahua.

La nuda vida (vida desnuda) es un concepto central en el pensamiento político de Giorgio Agamben, y pudiéramos decir que se presenta cuando la vida humana se queda sin mundo, cuando es expulsada de él y el ser humano se queda solo con su vida en tanto ser viviente.

A principios de mes, en la comunidad indígena de Tula, municipio de Chilapa, Guerrero, “Los Ardillos”, un grupo del crimen organizado, llegaron con drones, explosivos y fusiles de alto poder, quemaron casas y destruyeron todo a su paso, como los apaches solían atacar a San Pedro de las Colonias a finales del siglo XIX, como solía contarme mi abuelita, o como Roma destruyó Cartago hasta desaparecerla de la faz tierra.

Los sobrevivientes de Tula se enmontaron con lo que llevaban puesto, como pudieron lograron subir a las redes un video donde las mujeres imploraron a la presidente su ayuda. Casi una semana después la secretaria de Gobernación (es un decir), llevó de la mano a la gobernadora de Guerrero (otro decir) a donde estaba este grupo guarecido, se tomaron fotos abrazando mujeres de avanzada edad y acariciando niños de panza hinchada y costras de mugre.

El fenómeno de los desplazados no es nuevo en México, pero se ha disparado con la maldita Transformación, con un agravante, como sufren desplazo nadie sabe a ciencia cierto cuántos son, dónde están, de qué viven o si hacen trabajos esclavizados para el crimen organizado. A finales de los primeros seis años de esta peste se calculaban de 200 mil a 300 mil desplazados en México, principalmente por la violencia en México, pero de ellos no se lleva ni censo ni estadística mostrable en la mañaneras, ni siquiera un Excel del que pueda burocráticamente el gobierno desaparecer, como en el caso de los desaparecidos, el 40 por ciento de ellos en un abrir y cerrar de ojos.

Muchos de los migrantes cuyos pasos perdidos definen el mundo de hoy, fueron originalmente desplazados, no solo de sus comunidades, sino de sus naciones. Las razones de su desplazamiento pueden son múltiples, pero las unifica una ausencia: la del Estado.

Pues bien, los desplazados de Chilapa perdieron su mundo, muchos no tienen a donde regresar porque todo fue arrasado por el fuego, o porque su casa, tierras y bienes les fueron “expropiados” por el poder que manda hoy allí, donde la mentada soberanía nacional es para sus oídos una mentada de madre y para sus vidas inexistente.

Por cierto, no deja de ser curioso que el patrioterismo utilizado como cortina de humo y táctica política electoral en el caso de Chihuahua, no tenga ojos para esta violación continua y creciente de nuestra soberanía: el crimen organizado puede matar, quemar y tomar pueblos enteros, pero lo importante son dos agentes de la CIA brindando colaboración en Chihuahua en un operativo coordinado entre fuerzas federales y locales para destruir un laboratorio de alcances industriales en la Tarahumara.

No estoy con esto promoviendo ni consistiendo cualquier injerencia indebida extranjera en suelo patrio, lo que pretendo es señalar la diferencia en el comportamiento gubernamental frente a dos eventos, por lo Chihuahua se levantan patíbulos electoreros, por cierto, sin gran éxito; por lo de Chilapa, primero se instalaron mesas para negociar con ¡Los Ardillos! y luego fueron las funcionarias a la Photo Oportunity.

Pero la pérdida de mundo no en todos los casos es como en Chilapa, para la gran mayoría de los mexicanos se da con el cercenamiento continuo de derechos y libertades, en la concentración del poder político en una sola persona, por la ausencia de oportunidades y futuro, o en la conquista de la administración pública cual botín de guerra, o bien en la entronización de la ignorancia y el orgullo por lo mentecato y la ordinariez.

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Luis Farias Mackey

Luis Farias Mackey

Ser o no ser, preguntó Hamlet. ¿Soy éste que soy?, preguntó Quetzalcóatl. ¿Vivo yo todavía?, preguntó Zaratustra. La primera es una opción binaria: sé es o no sé es. La segunda es la trama de la vida misma: ser lo que sé es. La tercera es descubrir si, siendo, efectivamente aún sé es. Vivir es un descubrimiento de lo que sé es a cada instante. Porque vivir es hurgar en el cielo y en las entrañas, en los otros -de afuera y de adentro-, del pasado y del presente, de la realidad y la fantasía, de la luz y de las sombras. Es escuchar el silencio en el ruido. Es darse y perderse para renacer y encontrarse. Sólo somos un bosquejo. Nada más paradójico: el día que podemos decir qué somos en definitiva, es que ya no somos. Nuestra vida es una obra terminada, cuando cesa. Así que soy un siendo y un haciéndome. Una búsqueda. Una pregunta al viento. Un tránsito, un puente, un ocaso que no cesa nunca de preguntarse si todavía es.

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