PARRESHÍA

Rastracueros

Rastracueros

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No es que Noroña no tenga derecho a viajar en primera clase y comprar mansiones y camionetas machuchonas, es que no tiene méritos ni autenticidad.

Para Ortega y Gasset el envilecido es un suicida superviviente, para entenderlo tenemos que partir que para él “toda vida es la lucha, el esfuerzo por sí misma”; es una respuesta de esfuerzo y autenticidad ante nuestros riesgos, tropiezos y problemas; por supuesto que podemos hacer lo que se nos pegue la gana o no hacer nada, pero debemos hacer lo que tenemos que hacer y lo que tenemos que ser, por supuesto, dice Ortega, podemos desertar de nuestro destino más auténtico; pero eso es para caer prisioneros en los pisos inferiores de nuestro destino”, en nuestra falsificación y es aquí donde asevera que el “envilecimiento, encallanamiento, no es otra cosa que el modo de vida que le queda al que se ha negado a ser lo que se tiene que ser (…) se convierte en sombra acusadora, en fantasma, que le hace sentir constantemente la inferioridad de la existencia que lleva respecto a la que tenía que llevar”.

En esto último disiento de Ortega porque no es una relación de superior-inferior, se da el caso de quien sin ser lo que tiene que ser ni hacer lo que tiene que hacer, alcanza una posición económica y socialmente superior a la que pudiese haberle sido destinada, como el que entra al crimen organizado y se vuelve estúpidamente rico y poderoso, o quien gana una tómbola en Morena y hacen senador. La relación, pues, no es en una escala de inferioridad superioridad, sino en una de autenticidad. Repito, se puede ser embajador, secretario de Estado y hasta presidente de la República y, no obstante, no ser auténtico para con su vida y ser.

Es esta falta de autenticidad lo que lo envilece y encanalla, y es así que se convierte en un suicida superviviente, porque negando su vida pervive.

De hecho, concuerda con mi parecer Ortega cuando afirma que la consecuencia de este suicida superviviente es la farsa y el desarraigo: “Vidas sin peso y sin raíz”. “La vida humana, dice, (…) tiene que estar puesta a algo (…) Por un lado, vivir es algo que cada cual hace por sí y para sí. Por otro lado, si esa vida mía, que sólo a mí me importa, no es entregada por mí a algo, caminará desvencijada, sin tensión y sin ‘forma’”. Pudiera parecer que esta liberación libera, pero es lo contrario: “Liberada a sí misma, cada vida se queda en sí misma, vacía, sin tener qué hacer. Y como ha de llenarse con algo, se finge frívolamente a sí misma, se dedica a falsas ocupaciones, que nada íntimo, sincero, impone”, ejemplo de ello lo tenemos en esos rastracueras de Noroña, Arturo Ávila y Andrea Chavez.

En una vida inauténtica y vacía, “el egoísmo es laberíntico”, porque “vivir es ir disparado hacia algo, es caminar hacia una meta. La meta no es el caminar, no es mi vida; es algo a que pongo ésta y que por lo mismo está fuera de ella y más allá. Si me resuelvo a andar sólo dentro de mi vida, egoístamente, no avanzo, no voy a ninguna parte, doy vueltas y revueltas, en el mismo lugar. Esto es el laberinto, un camino que no lleva a nada, que se pierde en sí mismo, de puro no ser más que caminar dentro de sí”.

Pero la vida, continúa Ortega, es “un caos donde uno está perdido. El hombre lo sospecha; pero le aterra encontrarse cara a cara con esa terrible realidad y procura ocultarla (…) le trae sin cuidado que sus ‘ideas’ no sean verdaderas; las emplea como trincheras para defenderse de su vida, como aspavientos para ahuyentar la realidad. El hombre de cabeza clara es el que se libera de esas ‘ideas’ fantasmagóricas y mira de frente a la vida y se hace cargo de todo en ella problemático, y se siente perdido. Como esto es la pura verdad -a saber, vivir es sentirse perdido-, el que lo acepta ya ha empezado a encontrarse, ya ha empezado a descubrir su auténtica realidad, ya está en lo firme (…) lo demás es retórica, postura, íntima farsa. El que no se siente de verdad perdido se pierde inexorablemente; es decir, no se encuentra jamás, no topa nunca con su propia realidad”.

Por supuesto que me van a acusar de racista y clasista, conservador y ultraderechista, pero aun así lo que describo embona perfectamente en el patrón conductual del obradorato, pero no es un problema de clases sino de autenticidad e idoneidad para la función. La función pública exige diversas cualidades, revestirse de luchador social no implica cualidad alguna.

El laberinto de su autenticidad se expresa precisamente en negar valor alguno a lo calificado y normado, al conocimiento y a la experiencia, a la política y al acuerdo, así como en entronizar la mediocridad, la ignorancia y lo imbécil.

No es que Noroña no tenga derecho a viajar en primera clase y comprar mansiones y camionetas machuchonas, es que no tiene méritos ni autenticidad en su apropiación, goce y disfrute, de allí que todo ello en lugar de hacerlo más de sí lo envilece y encanalla, lo vacía y desviste, y mientras más vocifera y envilece la deliberación pública, más se extravía en su laberinto, similar es el caso Ávila y Chavez, y si me permiten, de Samuel García, son sombras digitales, personajes (máscaras) en las redes, suicidas supervivientes, existencias inauténticas, frívolo fingimiento.

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Luis Farias Mackey

Luis Farias Mackey

Ser o no ser, preguntó Hamlet. ¿Soy éste que soy?, preguntó Quetzalcóatl. ¿Vivo yo todavía?, preguntó Zaratustra. La primera es una opción binaria: sé es o no sé es. La segunda es la trama de la vida misma: ser lo que sé es. La tercera es descubrir si, siendo, efectivamente aún sé es. Vivir es un descubrimiento de lo que sé es a cada instante. Porque vivir es hurgar en el cielo y en las entrañas, en los otros -de afuera y de adentro-, del pasado y del presente, de la realidad y la fantasía, de la luz y de las sombras. Es escuchar el silencio en el ruido. Es darse y perderse para renacer y encontrarse. Sólo somos un bosquejo. Nada más paradójico: el día que podemos decir qué somos en definitiva, es que ya no somos. Nuestra vida es una obra terminada, cuando cesa. Así que soy un siendo y un haciéndome. Una búsqueda. Una pregunta al viento. Un tránsito, un puente, un ocaso que no cesa nunca de preguntarse si todavía es.

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