Sobrevivir a sus milagros
He gozado y felicito a dos grandes, José Newman y Ángel Verdugo, por su conversación en “Plática con Ángel” del 9 de los corrientes que es ya un “must”.
Es un ejercicio amplío, documentado, lúcido, agradable, pedagógico y con visión histórica y comprensiva.
¡Qué diferencia con otros tonos y abordajes de la discusión pública en boga!
Un verdadero aliento de equilibrio y razón en la sinrazón y patanería que nos engulle.
Rescato de esta conversación el concepto “milagro”, hecho valer por Pepe Newman en favor de López.
Dice Pepe que México creyó en López Obrador como un hacedor de milagros. Empezaría por decir que en él y en torno de él se dan tres tipos de milagros: los de él, los en él y los que le son favorables y propicios: los de su hechura, él mismo como milagro de otros y él como beneficiario de milagros.
Dos cosas más tendremos que admitir antes de desarrollar nuestro análisis: en política hay milagros buenos y milagros nefandos, y, otra vez en política, no todo milagro es producto de una gran inteligencia, misericordia ni bondad.
Sin duda a quien López dio una chamba (toda la administración pública federal, gran parte de las estatales y no pocas municipales), contratos (los Amilcar Olán y una interminable cauda), poder (los Jesúses Ramírez, Batres, etc.), locura (Epigmenio, Nahle), o apoyos directos y en efectivo (los programas del bienestar), es sin duda un hacedor de milagros. Para los criminales que abrazó, a los confesos de las desapariciones en el basurero de Cocula que ordenó liberar, para Ovidio a quien soltó, a Ovalle y Francisco Garduño a los que protegió, y a tantos otros como los responsables de la caída de la Línea 12 o de las inundaciones en Tabasco por la CFE o en Hidalgo por las aguas negras de la CDMX, por supuesto que López es un hombre milagroso. Claro, todos estos milagros fueron con cargo al erario, instituciones nacionales y Estado de Derecho, y con el abuso caprichoso y delirante del poder, pero milagros, “haigan sido como haigan sido”. En el fondo actos del poder público, nada más que consagrados y personalizados como milagrosos en la corporalidad de López, pero en su naturaleza muy similares a los de cualquier otro gobierno mexicano, solo que en este caso todo se hizo girar en torno y por voluntad y obra de López hasta llevar un nombramiento, una vacuna, un servicio o un derecho a su gracia milagrosa.
Pero hay otro tipo de milagros que son sobre su persona y en su beneficio, y son los más. Responden al acto u omisión de uno o de varios: hiciese lo que hiciera, bien o mal (matar al hermano, alquilarse para hacer plantones en el zócalo de la ciudad de México, tomar pozos petroleros, declararse presidente legítimo, alegar un fraude electoral con chivos y gallinas, tomar Reforma, cancelar un aeropuerto, dejar a México sin gasolina, utilizar la pandemia políticamente), nada le afectaba y nadie le tocaba. Podía mentir abierta y descaradamente, y hasta se le ¡aplaudía!; se le comprobó que su tesorero, secretario particular y funcionarios del gobierno de la ciudad recibían fajos de billetes de un contratista argentino y bastó que dijera con que dijera que él no era igual para que milagrosamente el pantano no manchase su plumaje.
Asombrosamente cinco presidentes al hilo (30 años), de Salinas a Peña, le sacaron al bulto, lo dejaron ser, lo catapultaron al escenario nacional y le llenaron los bolsillos de millones; bastaba un tronido de sus dedos para que corrieran a comprarle una tregua, con dinero, con reformas a modo, con desistimientos de expedientes judiciales o con la liberación de sus falanges callejeras hoy convertidas en “Bloque Negro”: no acababan de quemar una puerta de Palacio Nacional o destruir comercios y mobiliario urbano cuando Noroña se presentaba a Gobernación exigiendo negociar su libertad. A veces llegaba antes Noroña a Bucareli que los facinerosos a las patrullas. Zedillo solamente le hizo tres grandes milagros: mandó desaparecer toda huella de la investigación del asesinato de su hermano, ordenó el desistimiento del Ministerio Público federal por la toma de pozos petroleros y operó para que el PRI descafeinara su recurso en contra de su no residencia para ser candidato a la jefatura de gobierno de la Ciudad de México, luego festejó su triunfo como un milagrito democrático que adjudicó a su buchaca. Peña le entregó el poder meses antes de concluir su sexenio, milagro por el que goza de ominosa impunidad. Calderón no le tocó ni un pelo, posiblemente por cargos de consciencia.
Hubo otros peores, próceres de izquierda que con tal de llegar al poder peregrinaron hasta Macuspana para postrase a sus pies y tomarse la foto; le entregaron el partido (PRD), dándole una patada en el trasero a Cuauhtémoc Cárdenas, cedieron de sus salarios para su fachada franciscana, robaron a los empleados públicos parte de su estipendio para mantenerlo y, finalmente, como con Cuauhtémoc, él les dio una patada en el reverso del trasero y fundó Morena, a donde, domesticados, flojitos y cooperando lo siguieron en ignominia; los que no, como Pedro, lo niegan tres veces cada día antes de que canté el gallo.
Y qué decir de los democratizadores, como Creel, que siendo consejero del IFE era al mismo tiempo su abogado electoral y hasta escribió, siendo ya ¡coordinador de la campaña de Xóchitl!, que una madrugada del 95 le llamó porque había conseguido las cajas con las pruebas del fraude en Tabasco -otro milagrito de Zedillo- y, sin tener materialmente oportunidad ni tiempo para revisar su contenido, veracidad y calidad probatoria, amaneció de la mano de López en el Zócalo aseverando con su presencia lo que en los hechos y según su propia confesión no le podía entonces haber constatado y que a la larga jamás se acreditó nada con ellas. Ese día Creel no estaba allí en calidad de postulante, sino como funcionario electoral federal legitimando una elección local, sin elementos ni competencia, pero sí con un manifiesto conflicto de intereses e infamante parcialidad. Sí, el mismo Creel que en calidad de secretario de Gobernación años después embaucó al bueno para nada de Fox y orquestó el desafuero de López para luego, en lugar de darle la estacada final, salir huyendo del ruedo dejándolo dueño de la plaza con orejas, rabo y prácticamente la campaña hecha. Bien pudiéramos hablar de un milagro por estupidez y contumacia. Similar fue el caso de Lorenzo Cordoba y Ciro Murayama quienes durante años jamás le marcaron actos anticipados de campaña para terminar fulminados por su protegido.
Otros le hicieron milagros no en su persona sino en su beneficio, como aquellos que lloraron como mujeres lo que no supieron defender como hombres”, y señalo que citó a la madre de Boabdil, Aixa, antes de que me quieran acusar de violencia política de género: los capistotes de las grandes empresas mexicanas se bajaron las trusas con solo decirles “a ver quién les amarra el tigre”; muchos pasaron de enemigos a financieros, socios o beneficiarios de concesiones, permisos y contratos. Otros quebraron o son perseguidos económica y políticamente con sevicia. Casi todos callan en público y si hay que comer chiltepines y comprar boletos de la rifa de un avión del Estado contratado en arrendamiento, los tragan, aplauden, pagan y se van.
López no tuvo que resucitar muertos, ni convertir el agua en vino, ni multiplicar los peces. No hizo ver a los ciegos ni caminar a los inválidos, sin embargo, dejó sin medicinas y servicios públicos de salud al mexicano, quebró la hacienda pública, al sistema educativo, revivió a la CNTE, destruyó el entramado institucional, enfrentó a los mexicanos entre sí, se robó los fideicomisos públicos, endeudo la economía nacional, aplaudió a Trump, enriqueció a sus hijos, se asoció con el crimen organizado, nos hermanó con dictaduras y nos aíslo del concierto internacional, por mencionar una pequeña muestra. El milagro es que se lo hallamos permitido y, hasta hoy, perdonado, y que un número significativo de mexicanos, sabiendo que esto va a tronar, prefieren seguir adorándolo mientras dure.
Pero no crea usted que los milagros acaban, los hay también por encubrimiento, omisión e impunidad: Segalmex, La Barredora, el huachicol, los desastres en Dos Bocas, el balastro, el tráfico de maderas preciosas, el inservible del AIFA, el interoceánico descarrilado, la quiebra del Tren Maya, la locura de Mexicana de Aviación, los laboratorios de fentanilo que no existían, la megafarmacia, los excesos de los suyos y cercanos, y el desastroso desempeño de su vicaria. Ningún otro gobernante hubiese sobrevivido a esta cordillera de negativos y, sin embargo, en México se le adora, se le protege y se le teme, un milagro por corrupción, omisión, interés o cobardía que él capitaliza.
Y hay hasta milagros editoriales, algún día sabremos cuántos recursos públicos se han desviado para comprar sus libros que no son suyos ni menos leídos, posiblemente ni siquiera impresos, solo pagados.
Hay un milagro más difícil de encuadrar, el de quienes en espejo reproducen en su actuar la rijosidad de López, la polarización entre mexicanos, la banalidad en el discurso, la patanería en el tono, la vulgaridad en el verbo.
Él supo vender como milagros para los suyos el uso electorero del dinero público y la prostitución de lo político, pero logró que los entes de poder en México le hicieran el milagro de auparlo en la desmesura absoluta a cambio que no soltarles el tigre.
Él es un beneficiario de milagros por chantaje, cobardía, voracidad y en no pocos casos, estupidez.
Él es el milagro de un Estado, clase política, intelectualidad, empresariado y ciudadanía abatidos, apend…, enfrentados y medrosos.
Incluso los milagros que él hizo en favor de los suyos fueron permitidos por la misma abulia y cobardía.
Y montados en el modo milagros, muchos ahora esperan un milagro extranjero por un demente más trastornado que él. ¡Ilusos!
El único milagro que nos quedaría sería sobrevivir a sus milagros.
#LFMOpinion
#Parreshia
#Milagro
#AMLO
Comentarios