Lo no patente de las encuestas
La Tierra viaja alrededor del sol a una velocidad de 107 mil 280 kilómetros por hora, aunque nosotros sintamos que la tierra no se mueve. Lo mismo pasa con el tiempo, no hay nada que nosotros no contemplemos ni interpretemos desde un horizonte de y en el tiempo; no obstante, guardamos la impresión de que las cosas permanecen congeladas en un presente eterno, tal y como las vemos. Somos como el pez que no ve ni siente el agua en la que siempre es, ni las corrientes marinas.
Tenemos que hacer un esfuerzo para sacar a la luz ese horizonte de tiempo en el que somos y tenerlo presente al comprender, no nada más porque aquél transcurra, sino porque nosotros somos en él: somos en el tiempo.
Si esto es así, somos captados y captamos todo desde una perspectiva de tiempo que, sin embargo, solemos ignorar; así, definirme por lo que hago en este momento, o por lo que hice u omití años ha es una definición inexacta e incompleta de mí. Sin embargo, no estamos formados para ver en gerundio lo que está siendo ante nuestros ojos, y creemos lo que vemos estático, en una visión fragmentada, aislada y congelada de un existir continuo.
Los griegos tenían un vocablo para la verdad y les significaba “lo que se muestra a sí mismo” en “un hacer ver mostrativo” de un “ente que se muestra en cuanto ente”, es decir, lo que aparece, lo que se ex-pone, lo que se pone a la luz y a la vista. De allí viene nuestra tara, lo que se muestra es siempre una presencia y toda presencia es en presente. El problema va más allá y nos interesa por ahora profundizar, baste decir que los griegos consideraron al tiempo como un ente más y no una condición del existir de los entes y del mundo.
Curiosamente en la antigua Grecia no existía un vocablo para nombrar la mentira, para ellos, frente a lo que se muestra, la verdad, queda lo oculto, lo velado, lo que no se deja ver. Si bien se ve, esta relación entre lo velado y lo re-velado es similar a la de la oscuridad y la luz: la luz penetra la oscuridad cual daga, pero aquélla la envuelve, y lo obscuro la hace más refulgente, pero su brillo también hace evidente y perfila con mayor claridad su negrura y profundidad. Lo mismo pasa con lo que algunos llaman fenómeno, que también se entiende como lo que se muestra a sí mismo, y que al mostrarse denuncia o delata lo no patente, lo velado.
En el caso de nuestra perspectiva en presente, lo que se nos presenta delata lo no presente, el fue del pasado y las posibilidades del futuro, y ya que estamos en ello, tampoco hace patente el mundo de referencias en el que existimos.
Pues bien, cuando vemos sin perspectiva de tiempo, en realidad caminamos con los ojos cerrados en penumbras, en una especie de fotografía movida que distorciona lo que se muestra sin mostrar, de suerte de que nada se ex-pone y todo se oculta; para efectos prácticos un mundo descontextualizado y sin sentido, sin concordancias, sin referencias ni referentes, extirpado del tiempo. Esta perspectiva y percepción miente al mostrarnos una parte estática, aislada y descontextualizada en la comprensión de coexistentes que son en el tiempo.
Y te preguntarás, ¿y a mí qué va?
Pues nada, que la próxima vez que te quieran meter por lavativa una encuesta lo vas a entender.
Hablo de encuestas electorales y sus usos electoreros propagandísticos.
Las encuestas electorales sirven como indicadores que, repetidos en intervalos, pueden auxiliar a los tomadores de decisiones partidistas a valorar y calibrar sus estrategias, pero que, en tratándose de ciudadanos, solo los confunden.
Las encuestas, por parte de los publicistas de partido, sirven para inocular el convencimiento de que su candidato y partido ya ganaron, aunque la elección esté a meses de distancia, y por lo que hace al ciudadano es una invitación para que se fugue de la joda de tener que hacerse cargo de su ciudadanía, se ocupe por conocer, entender, valorar y juzgar entre propuestas, caracteres y capacidades de partidos y candidatos, y, finalmente, de elegir y hacerse cargo de sus consecuencias. Para eso están los merlines de la política reducida a lo electorero, que simplifican y banalizan todo hasta lo ridículo y el asco: un copete, unos tenis, un escándalo, un síncope biliar, una despensa, una promesa. ¿Para qué preocuparme si, se supone ellos ya hicieron la tarea?, cuando en realidad solo cobraron.
En el principio de nuestro sueño de opio democrático, los publicistas se hicieron del pandero y convirtieron en estrategas electoreros, pero pronto fueron desplazados por los encuestadores que pasaron a ser sus jefes, como sea, explotaron a la limón la democracia mexicana hasta que un delirante más voraz que todos ellos juntos los echó del templo.
Aceptémoslo, si los mexicanos tuviésemos que comprender y juzgar a partidos, propuestas y candidatos, moriríamos de vómito y vergüenza. Para salvarnos tenemos las encuestas, siempre oportunamente aparecidas y providencialmente convertidas en noticia universal, ellas nos liberan de tener que atender y participar, de pensar y deliberar, de dudar y desesperar, de asumir responsabilidad, de ser ciudadanos, siempre diciéndonos desinteresadamente quién va a ganar.
En México las encuestas no predicen, solo levantan datos, los ordenan, cuantifican y publican cual maná del cielo; inducen, hacen propaganda, movilizan, idiotizan y cobran.
Los encuestólogos de hoy son como los brujos del pasado, arrojan sus gráficas como conchas de mar y huesos de pájaro y los leen como oráculos por los que los dioses hablan.
Perdón, pero esa es la democracia que tenemos.
Dada esta sociología, a mi juicio las encuestas son un disrruptor sanguijuela de la democracia que, alegando orientar, confunden, manipulan y cobran. La publicación de encuestas debiera prohibirse para no interferir en el juicio ciudadano, habida cuenta que nada aportan, más allá de la inducción pagada. No faltará quien quiera publicar sus encuestas, diciendo que él las financia y lo hace por compromiso con la democracia, cuando en realidad induce el voto y se hace publicidad, seguramente cobrando a trasmano.
Las encuestas podrán levantase, pero solo para uso exclusivo y privado de su contratador, pero por ningún medio deberán ser publicadas a costa de cancelación del registro del candidato, nulidad de su elección y la extinción de las personas morales que las financien y publiquen, o cárcel a la física que lo haga; en caso de reincidencia, deberá proceder la cancelación del registro del partido. Si no les cuadran las penas, pensemos otras, pero que el mal uso de las encuestas en perjuicio del entender y libre acción ciudadana sea punible.
Sé que van a reclamar el derecho de información del elector, pero hay un pasado del tamaño de un continente que muestra que las encuestas electorales publicadas en campaña en México desinforman, manipulan y medran.
¡Delfina, el estadio te saluda!
Por cierto, me pregunto, ¿cuántos de nuestros próceres demócratas serán socios de las casas encuestadoras?
Finalmente, la próxima vez que te traten de inocular acríticamente una encuesta, cual palabra de Dios, recuerda que la luz que hacen aparecer oculta una eterna oscuridad de posibilidades que no quieren que consideres ni veas.
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