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PARRESHÍA

Relinchos y gónadas

Foto: lfmopinion.com


Democracia.

Cambises, hijo de Ciro, sufría de epilepsia y puede que ello le haya ayudado a llegar a la locura. Reinó Persia de 529 a 522 antes de Cristo, desposó a una hermana alegando que la ley le permitía hacer lo que quisiera; enamorado de otra, mató a la primera para contraer nupcias con la segunda, quien salvó la vida por la temprana muerte del monarca. Cuando Prexasdes, hombre de toda su confianza, le respondió a pregunta expresa que los persas decían que el monarca era un poco aficionado a la bebida, tensó el arco y diciéndole que si ello fuera cierto no podría acertar al corazón del hijo de Prexasdes que era, además, su copero personal. Habiendo flechado al joven ordenó abrirle el pecho para que el padre se cerciorara que había acertado directo en el corazón. A doce persas de la más alta alcurnia enterró vivos de cabeza sin razón alguna.

Tras conquistar Egipto, soñó que un mensajero le anunciaba que Esmerdis, su hermano, estaba sentado en el trono de Persia y su cabeza rosaba el cielo; espantado mandó al propio Prexasdes a asesinarlo. Tiempo después, dos magos hermanos, uno de los cuales había sido dejado por Cambises a cargo de su palacio en Persia, se confabularon en su contra. El hermano del mago encargado del palacio se llamaba también Esmerdis y era muy parecido al difunto hermano de Cambises, y ambos idearon esparcir la especie de que éste, el difunto hermano, supuestamente vivo, encabezaba un ejército contra el monarca. La primera reacción del tirano fue matar a Prexasdes por traición, pero aquél logró desentrañar la trama de los magos y salvar la vida. Cambises supo entonces lo inútil de su fratricidio: el Esmerdis de su sueño no era su hermano, sino el del mago de sus confianzas. Montado en ira saltó al caballo para salir en campaña contra los complotistas, pero su espada rasgó la vaina de su contera e hirió una vieja cicatriz en el muslo de la que murió a los pocos días. Antes de fallecer confesó a los grandes señores persas que lo acompañaban en Egipto el asesinato de su hermano y la confabulación de los magos; los señores, sin embargo, ya nada le creyeron.

Esmerdis, el mago, asumió el poder, pero una de sus concubinas, hija de Ótanes, gran señor persa, descubrió el engaño al percatarse en el tálamo real que este Esmerdis carecía de orejas y por tanto no era el heredero del reino, sino el mago desorejado años atrás por un motivo, no pequeño dice Heródoto, sin develarnos cuál. Descubierto el engaño, siete señores persas tramaron la muerte del impostor; para entonces Prexasdes confesaba públicamente haber asesinado al verdadero Esmerdis antes de quitarse la vida lanzándose de la torre del palacio. Finalmente, fue Darío quien dio muerte al falso monarca, dando paso al planteamiento que desde entonces ha acompañado a la humanidad.

Ótanes, uno de los siete conspiradores para recuperar el reino, propuso depositar el poder en todos los persas. Es el relato que de este momento hace Heródoto en su Historia, el primer registro que se tiene por escrito de lo que después sería la filosofía política griega sobre la democracia.

Sostuvo Ótanes: “Soy de la opinión de que uno solo de entre nosotros no debe nunca convertirse en monarca, lo cual no sería ni agradable para nosotros ni bueno en sí. Ya habéis visto a dónde ha llegado la soberbia de Cambises. ¿Cómo podría ser algo perfecto la monarquía, si permite hacer lo que se quiera sin exigir responsabilidades? Aún si instaláramos en esta magistratura al mejor de los hombres, ella sería capaz de arrancarle de su mentalidad habitual, pues lo bienes actuales engendrarían en él la soberbia, y la envidia es congénita al hombre desde el principio. Y con estas dos taras ya infecta al hombre cualquier maldad, pues hace muchas necedades, unas por soberbia y otras por envidia. Y piénsese que un hombre tirano debería estar libre de envidia, puesto que dispone de todos los bienes; con todo, en él se demuestra exactamente lo contrario en relación con los ciudadanos. Envidia a los mejores simplemente porque existen, porque viven, se goza con los más desgraciados de los ciudadanos, y es el más accesible a las calumnias. Pero he aquí lo más impertinente: si alguien le admira de una manera moderada, él lo toma mal porque no se le alaba sin medida, pero cuando alguien le alaba sin medida, entonces él se enoja y le llama adulador. De todos modos, lo más importante es lo que digo ahora: remueve los principios que nos vienen de los padres, viola a las mujeres y ejecuta sin sentencia judicial. En cambio, cuando gobierna el pueblo, esto tiene, ya de buenas a primeras, el más bello de todos los nombres: igualdad ante la ley. El pueblo no comete nada de lo que hace el monarca, cubre las magistraturas por sorteo y piensa que los magistrados están obligados a rendir cuentas. Los decretos se le someten. Creo que debemos suprimir la monarquía y dar el poder al pueblo, pues todo radica en la colectividad.”

Pero también desde entonces surgieron las antítesis democráticas: Megabizo contestó inclinándose por la oligarquía: “Lo que ha dicho Ótanes con la intención de atajar la tiranía, consideradlo también dicho por mí. En cambio, cuando os ordenó conferir el gobierno al pueblo, en ello no acertó la opinión mejor. Pues nada hay más insensato ni más soberbio que el vulgo inútil. Por consiguiente, es totalmente insoportable que hombres que huyen de la soberbia del tirano caigan en la soberbia de la masa sin freno, pues el tirano actúa, cuando hace algo, fundándose en su propia visión; al pueblo, en cambio, le es imposible incluso hacerse una visión. Pues, ¿cómo podría tener visión uno que no ha conocido ni visto nada bello ni honesto, porque nadie se lo ha mostrado, sino que, simplemente, cae sobre las cosas y las empuja irreflexivamente, parecido en ello a la cascada de una montaña? Que los que quieran mal a los persas recurran al pueblo, pero nosotros dispongámonos a elegir un colegio formado por los hombres mejores, para conferirles el poder. En este colegio figuraremos también nosotros. Lo natural es que los hombres mejores tomen las mejores decisiones.” Solo resalto el “figuraremos” inclusivo y el autoasignado prejuicio de “mejores.”

Pero no paró allí, tocó el turno a Darío y expresó: “Soy de la opinión de Megabizo, en lo que ha dicho acerca del gobierno del pueblo, ha hablado correctamente, pero incorrectamente en lo que ha alegado en vistas de una oligarquía. Tenemos delante tres posibilidades, de las que aquí trató, en su mejor forma: el pueblo en su representación más noble, la mejor oligarquía y la mejor monarquía.” En su espectro, por lo visto, no tienen cabida las versiones pervertidas de los tres sistemas, solo sus mejores expresiones.

Continuó Darío: “Yo sostengo que la citada en el último lugar (la mejor monarquía) aventaja con mucho a las otras dos. Pues no puede parecer nada superior al gobierno de un hombre solo, con tal que éste sea el mejor (¿Y si no?). En efecto, si se sirve de sus convicciones podrá dirigir impecablemente al pueblo, al tiempo que sus decisiones contra hombres de ideologías hostiles quedarán en el secreto recóndito. En cambio, normalmente, en una oligarquía, son muchos los que pretender poner a prueba sus habilidades, lo cual suscita fuertes odios recíprocos: cada hombre tiene el deseo de ser el principal y de que sus opiniones se impongan. Lo cual lleva, como digo, a duras enemistades. De ahí surgen banderías, asesinatos, y el asesinato suele desembocar en la monarquía, pero aquí se muestra cómo ésta es la más válida (descontando que fue él quien dio muerte al mago impostor, ahora hablaba de asesinatos y pronto se haría de la monarquía). Si, por otro lado, continua, es el pueblo el que gobierna, es imposible que de ahí no surja el desgobierno. Ahora bien: si frente a la comunidad surge el desgobierno, entre la gente vulgar no brotan enemistades, todo lo contrario, más bien amistades muy sólidas, pues los que dañan a la comunidad lo hacen actuando de consuno, por cuanto se encubre mutuamente. Y esto sucede hasta que sale uno del pueblo y, admirado tal cual es, es visto como un soberano. También este hombre nos revela que la monarquía es lo mejor. Lo resumo todo con una palabra: ¿de dónde nos ha llegado la libertad? ¿Quién nos la ha dado? ¿El pueblo, la oligarquía o la monarquía? Yo tengo la convicción de que nosotros hemos llegado a la libertad por un solo hombre (Ciro, que liberó a los persas de los medos, según Darío), y que debemos conservarla. Además de esto, no lo podemos obviar si nos basamos en los principios que nos vienen de nuestros padres, puesto que son principios óptimos. Desde luego que no hay nada mejor.”

Los siete allí reunidos optaron por la monarquía y determinaron que sería rey aquel de entre ellos cuyo caballo relinchara primero la mañana siguiente cuando cabalgaran por la ciudad. Darío ordenó a su caballerizo se las ideara para hacer relinchar primero a su caballo. El caballerizo, al caer la noche, sacó al arrabal de la ciudad a la yegua preferida del caballo de Darío y la ató allí, luego sacó al caballo y lo paseó alrededor de ella varias veces hasta que, finalmente, le dejó montarla. A la mañana siguiente, cuando cabalgaban los siete por el mismo arrabal, el caballo de Darío corrió al lugar donde había estado atada la yegua y pegó el provocado cuan lascivo relincho.

Desde entonces, tal vez, las grandes decisiones políticas se toman a relinchos y con las gónadas.

El hecho es que 522 años antes de nuestro calendario ya discutíamos sin solución la mejor forma de gobierno y, quizás, desde entonces sabemos que, tarde que temprano, como decía Darío, se termina en concentrar el poder en un solo hombre, así sea hasta que el pueblo lo permite.

Los padres fundadores de los Estados Unidos disertaban en El Federalista: “Si los hombres fuesen ángeles, el gobierno no sería necesario. Si los ángeles gobernarán a los hombres, saldrían sobrando lo mismo las contralorías externas que las internas del gobierno. Al organizar un gobierno que ha de ser administrado por hombres, la gran dificultad estriba en esto: primeramente hay que capacitar al gobierno para mandar sobre los gobernados; y luego obligarlo a que se regule a sí mismo. El pueblo de depender del pueblo es, sin duda alguna, el freno primordial indispensable sobre el gobierno; pero la experiencia ha demostrado que se necesitan precauciones auxiliares.” Entre ellas, “ideando una estructura interior del gobierno de tal modo que sean las distintas partes constituyentes, por sus relaciones mutuas, los medios de conservarse unas a otras en su sitio.”

Y agregaban, “si es cierto que todos los gobiernos se apoyan en la opinión, no es menos cierto que la fuerza de la opinión de cada individuo, y su influencia práctica sobre la conducta, dependen en gran parte del número de individuos que creen que comparten la misma opinión (hoy llamados likes o, en palabras de Megabizo: “irreflexivamente”, cual cascada que cae en la montaña). La razón del hombre, como el hombre mismo, es tímida y precavida cuando se halla sola y adquiere firmeza y confianza en proporción al número de aquellos con quienes se asocia” (ahora virtualmente, dicho sea de paso). De allí que “el gobierno más racional no encontrará superflua la ventaja de tener de su lado los prejuicios de la comunidad.”

No obstante, Hamilton o Madison -a ciencia cierta no se sabe de quién es el texto del ensayo XLIX de El Federalista-, reconoce en ello un peligro: “alterar la tranquilidad general interesando demasiado las pasiones públicas, constituye una objeción todavía más seria contra la práctica de someter frecuentemente las cuestiones constitucionales a la decisión de toda la sociedad (…) todas las constituciones existentes fueron establecidas en medio de un peligro que reprimía las pasiones más hostiles al orden y la concordia; de una entusiasta confianza del pueblo hacia sus patrióticos líderes que ahogó la acostumbrada diversidad de opiniones respecto a los grandes problemas nacionales, de un fervor universal por las formas nuevas, opuestas a las antiguas, originando el resentimiento y la indignación universales contra aquel gobierno, y en una sazón en que el espíritu de partido relacionado con las transformaciones por efectuar o con los abusos por corregir, no podría infiltrar su levadura en la operación.”

Al final, sostienen, “sería no la razón, sino las pasiones públicas quienes juzgarían (gobernarían). Y, sin embargo, sólo la razón del público debe reprimir y regular el gobierno. Las pasiones han de ser reprimidas y reguladas por éste”, de allí que prime en su sistema electoral el voto indirecto, por un lado, y los triunfos de circunscripciones electorales por sobre la mayoría de votos de los electores. Aún con ello, hoy Estados Unidos tiene a su Cambises corregido y aumentado.

El tema, por supuesto fue tratado por Platón y su gobierno de filósofos, así como por Aristóteles quien, adelantándose diez y ocho siglos a El Federalista, zanjaba el tema sobre pasión y razón en política concluyendo: “Ni siquiera el gobernante más sabio puede prescindir de la ley, ya que ésta tiene una calidad impersonal que ningún hombre, por bueno que sea, puede alcanzar. La ley es la razón desprovista de la pasión.”

No existe una forma de gobierno superior, perfecta y aplicable en toda circunstancia y sociedad; pero la historia muestra que la menos mala es la que privilegia la pluralidad, las libertades, los derechos y la participación ciudadana garantizados por la ley.

Quizás vaya siendo tiempo de empezar a hacer algo diferente a los persas de hace ya dos mil quinientos años que, discurriendo con preclara razón, terminaron por decidir su destino a relinchos y gónadas.




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