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PARRESHÍA

Obsesión y fobia

Foto: lfmopinion.com


Neurosis en política

Si todo en la vida de un individuo gira en torno a un solo tema y personaje; si cuando habla de agua concluye refiriéndose a su asunto y “malvado” preferidos; si cuando contesta un saludo, postea sus viajes personales, toca un tema del momento y hasta cuando exhibe su vida sentimental concluye siempre con la misma cantaleta; si toda su vida y proyecto personal se centra en el mismo ritornelo, es dable pensar que estamos ante un personaje obsesivo y fóbico.

Toda obsesión tiene dos componentes, según Freud: una idea que se impone al enfermo y un estado emotivo asociado. De ambos, el más importante es el estado emotivo que persiste inalterado, en tanto que la idea a él asociada va cambiando constantemente.

El sello patológico, dice Freud, consiste en que el estado emotivo se ha eternizado y que la idea que lo dispara ya no es la original, sino una sustitutiva de aquélla.

Partamos de que el estado emotivo siempre está justificado, es decir, hurgando en el pasado se logra encontrar la idea original que lo disparó y justificó entonces el estado emotivo.

Ahora bien, con el pasar del tiempo, el obsesivo va buscando ideas substitutas a las cuales cargarle su estado emotivo al que, podríamos decir, se ha vuelto adicto. Para Freud, las ideas substituidas tienen “caracteres comunes, correspondiendo a impresiones verdaderamente penosas de su vida sexual, que éste (el obsesivo) ha forzado a olvidar, sin conseguir más que reemplazar la idea inconciliable por otra, poco apropiada para asociarse al estado emotivo, el cual, por su parte, ha permanecido sin alteración.”

A diferencia de la idea original, la sustituta ya no justifica, más sí explica el estado emotivo.

¿Cuál es el motivo de la sustitución?, se pregunta el propio Freud: “un acto de defensa del yo contra la idea inconciliable” (original). ¿Por qué se perpetua el estado emotivo con la idea obsesiva? Por un estado histérico, el hecho mismo de la sustitución hace imposible la desaparición del estado emotivo.

Así, el obsesivo está atado a un estado emotivo; estado que originalmente provocó un evento negativo en su vida; evento que pretende olvidar, pero que solo ha logrado suplir una y otra vez ante la presencia de ideas que vienen a sustituir (y de alguna manera a revivir) aquel primer evento nefasto y que vuelven a disparar el estado emotivo originalmente causado. Algo así como el mismo infierno, pero diferente diablo.

Por otro lado, las fobias se diferencian de la obsesión en que el estado emotivo que les es concomitante es siempre la angustia. Las obsesiones son múltiples y más especializadas, en tanto las fobias son monótonas y típicas. Hay fobias comunes, que todo mundo teme (noche, soledad, muerte), y fobias ocasionales, es decir, angustias emergentes en circunstancias especiales que no inspiran temor al hombre sano. En la fobia no hay fenómeno de sustitución de idea, solo un estado emotivo de angustia.

Para Freud este estado (neurosis) de angustia tiene también un origen sexual, por acumulación de tensión genésica, provocada por abstinencia o frustración.

Las obsesiones y las fobias suelen asociarse y retroalimentarse.

El obsesivo responde a casi todo con el mismo estado emotivo; la realidad toda la ve tras las gafas de su obsesión. El día y la noche, el rock o el mariachi, la alegría o la infelicidad, la lluvia o el desierto disparan en él la misma reacción. Si la moda son las firmas o son las facturas, si la temática es la movilidad o la contaminación, si la problemática es el presupuesto o los desastres naturales, su respuesta es siempre la misma, obsesiva.

Y, por alguna razón digna de diván, su obsesión pasa a fobia, hija de la angustia y la neurosis, que, a su vez, retroalimenta su obsesión.

Cuáles serán los orígenes de su obsesión y fobia, cómo se imbrican, confunden y potencializan es algo reservado al diván del psicoanálisis.

El peligro es que la sociedad compre las obsesiones y fobias del enfermo, que comparta sus neurosis. Lo grave es que la vida política se contagie de ello; que la voluntad ciudadana y la deliberación pública se pierdan en sus meandros; que la realidad toda se reduzca a su locura.

La historia política universal está plagada de obsesos y fóbicos que han hundido en guerras, crisis y conflictos familias, sociedades y naciones. La obsesión y fobia de Alcibíades terminó hundiendo al mundo helénico; lo que no pudo hacer Jerjes con su gran ejército, lo logró la neurosis y estado emotivo de un político novato, con ansias de fama mayores a sus tamaños y consistencia ética.

Habría que cuidar que Nuevo León no esté siendo presa de obsesión y fobia tan imberbes como ajenas.

En política no todo lo que brilla es oro, ni todo el que se inviste de salvador y justiciero lo es verdadero.

Los Savonarolas y Robespierres no construyen sociedades, las destruyen.


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