PARRESHÍA

Discordia como virtud

Discordia como virtud

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Lucha constructiva.

Milcíades gana la batalla de Maratón y se distingue, solitario, en la cima de su triunfo; incomparable, superior a cualquier otro hombre. Desde ahí se extravía en su venganza contra uno de sus conciudadanos, hasta perder gloria, poder, honra y hasta la vida. Cegado en su rencor, profana el templo de Demeter y sostiene relaciones impías con la sacerdotisa Timo; es juzgado y sometido a una muerte vergonzosa que manchó su nombre para toda posteridad. Nietzsche señala que de él se apoderó la “envidia del cielo”, tras mirar a todos por sobre el hombro, creer estar a la altura de las divinidades y luchar contra ellas, que, sabemos bien, siempre ciegan a quienes quieren perder.

Para los griegos había una envidia, rivalidad y ambición nobles y necesarias, y otras nefandas y degenerativas. Pausanias encuentra en el Helicón el primer poema didáctico de Hesíodo, “Las obras y los días”, y en él lee: “dos diosas de la discordia hay en la tierra”, una es merecedora de toda alabanza, otra de máxima censura; ambas gozan de disposición y ánimo diversos. Una predica la “crueldad”, la disputa enconada y la guerra, la destrucción entre los hombres; ésta es la más vieja y “engendra la negra noche”. La otra mueve a una rivalidad y competencia entre los hombres para que vean por su bienestar y el de su casa. Las dos se conocen como Eris, diosas de la discordia, una Eris buena, otra mala.

Así, para los griegos, la rivalidad e incluso la envidia entre los hombres no eran necesariamente malas. En la Grecia clásica se hablaban del odium figulinum, un odio constructivo (de alfarero, alfahar, obrador de vasijas de barro, del árabe al-fajjar, de la raíz fjr que significa orgullo, se entiende de aquel que crea algo). Un odio que alimenta un celo, rencor y envidia productivos, constructivos, propios del atletismo. Una envidia buena, que los hace gratos a los dioses porque los impulsa a crecer y ser mejores. La ambición propia de la rivalidad, bien conducida, hace al hombre griego más grande y elevado. Los griegos hicieron de este tipo de rivalidad virtud. Por eso la lucha estaba en el centro de su educación, incluso las tragedias se presentaban en competencia de poetas, artistas y músicos. Solo de la lucha podía derivar la cualidad de sobresaliente.

Más no juzguemos a los helénicos con ojos de modernidad, lo rígido y la rivalidad de su educación buscaba el bienestar de todos, cada griego debía desarrollar su individualidad en la medida que fuese útil a todos y bajo condición de no serles perjudicial. Su educación no fomentaba ambiciones inmoderadas, antisociales o despóticas; cada educando pensaba en el bienestar de su ciudad estado. La lucha alimentaba la llama de su ambición, pero al mismo tiempo la enfrentaba y circunscribía (Nietzsche). Los griegos, en la discordia propia del pluralismo, cultivaron lo común, a diferencia de nuestras rivalidades que nos aíslan y ponen al borde del abismo y la alienación. No había fama sin lucha ulterior, ni felicidad que terminara para siempre la lucha, ya que ésta era consubstancial a la Polis.

Frente a esta discordia constructiva y solidaria se alzaba el rencor y la envidia malos, movidos por la Eris mala, que arrojaba a los hombres a unos contra otros en luchas hostiles y destructoras, que disminuían al hombre a nivel de bestia o de cosa, que más que mover a los dioses a benevolencia, los enfadaba sabedores que tarde que temprano la hybris llevaría al hombre a enfrentarse a ellos.

De estas dos diosas deriva la razón original del ostracismo en Grecia y que Hermodoro describe con estas palabras: “Entre nosotros ninguno ha de ser mejor; si alguno lo es, que lo sea en otra parte y entre otras gentes”. Por qué ninguno podía ser “el mejor”, el primo inter pares, porque acabaría con la lucha como motor y cemento del estado helénico. El ostracismo, sostiene Nietzsche, no tenía sentido de válvula, sino de estimulante, reestablecía las condiciones de la lucha que movía a los griegos a ser mejores y a ver por el bienestar de todos. Se trataba de que todos fuesen mejores, no solo uno a costa de todos. Por supuesto que el ostracismo perdió su significado y propósito primigenio, pero su origen ilustra el punto que quiero resaltar.

La Eris buena, la discordia constructiva, evita el exclusivismo del caudillo que manda por encima de todos, por todos y para todos, rompiendo lazos comunitarios, la participación ciudadana, la deliberación política y las libertades y derechos que les son inherentes.

Bajo la discordia constructiva luchan en igualdad de condiciones los ciudadanos por su bien y el de todos, priva la igualdad, de ser necesario con ostracismos de por medio.

Sin la discordia constructiva, prima uno sobre la masa amorfa y callada. Por eso “la esencia de la idea helénica de la lucha aborrece la hegemonía de uno solo y teme sus peligros” (Nietzsche). Solo puede haber cualidad sobresaliente en la lucha entre iguales, sin la lucha constructiva surge “la cruel ferocidad del odio y la sed de destrucción”, surge entonces el ser glorioso que se sustrae de la lucha y acaba con ella como modus operandi de una sociedad en permanente superación, llevando al “glorioso” a la senda de Milcíades, de Alcibiades, de Temístocles, de la Hybris. Es en este tenor que se entiende la frase de "el que se opone apoya": sin la tensión propia de la oposición y la pluralidad, Milcíades se consumió en su solitario y monotemático rencor, suicida ceguera y soberbia sordera.

Allí donde solo manda uno, no hay lugar para la discordia propia de la igualdad y de la polis.

Vista con ojos griegos la discordia y la lucha constructivas son necesarias y vitales, sin ellas, viendo el otro lado de la moneda, solo queda el sometimiento de quienes nacieron para “obedecer y callar”.



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Luis Farias Mackey

Luis Farias Mackey

Ser o no ser, preguntó Hamlet. ¿Soy éste que soy?, preguntó Quetzalcóatl. La primera es una opción binaria: se es o no se es. La segunda es la trama de la vida misma: ser lo que se es. Mejor dicho, descubrir lo que se es, porque vivir es hurgar en el cielo y en las entrañas, en los otros -de afuera y de adentro-, del pasado y del presente, de la realidad y la fantasía, de la luz y de las sombras. Siempre somos un bosquejo. Nada más paradójico: el día que podemos decir qué somos en definitiva, es que ya no somos. Nuestra vida es una obra terminada, cuando cesa. Así que soy un siendo y un haciéndome. Una búsqueda. Una pregunta al viento.

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