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PARRESHÍA

Globalocalización

Foto: lfmopinion.com


Los efectos de la globalización no son generalizados, sino diferenciados y diferenciadores.

La globalización opera sobre negocios, finanzas, comercio y flujos de información, en beneficio de la élite que los controlan.

En lo que Bauman llama la “Gran Guerra de Independencia del Espacio”, la globalización emancipó a los centros de decisión económica y a sus élites de las limitaciones propias del territorio. Los extraterritorializó. La “ingravidez del poder”, como él le llama, hace que la distancia, el aquí y el allá pierdan significado, al menos para los detentadores del poder económico planetario.

Antes, el capital se casaba de por vida con sus empleados, el territorio y la comunidad donde se asentaba. La globalización liberó al gran capital de esas ataduras organizando el espacio y domando las distancias por factores tecnológicos de alta velocidad y bajo costo: basta obturar una tecla para mover con inmediatez instantánea los recursos dejando a las comunidades involucradas en la nada económica y a cargo de las consecuencias sociales y ambientales causadas. La globalización concentra y desterritorializa los beneficios, y localiza y socializa los costos.

La extraterritorialización del poder económico contrasta con el resto mayoritario de la humanidad y sus instituciones políticas y sociales, que permanecen confinadas y condenadas al territorio. En ese sentido, los efectos de la globalización no son generalizados, sino diferenciados y diferenciadores. A unos, los menos y beneficiarios de la globalización, los desconecta de toda obligación para con los otros, la humanidad en su conjunto, condenados al territorio, a la localización. La globalización libera tanto como la localización condena. La glocalización “incluye a los globales y separa a los locales”, en palabras de Bauman “no se refiere a lo que nosotros, o al menos los más ingeniosos y emprendedores, queremos o esperamos hacer, sino a lo que nos sucede a todos. La idea se refiere explícitamente a las ‘fuerzas anónimas’ (…) que operan en una vasta ‘tierra de nadie’ –brumosa y cenagosa, intransitable e indomable-, fuera del alcance de la capacidad de planificación y acción de cualquiera.”

El poder globalizado, al ser “ingrávido”, al carecer de lugar y, por ende, de ataduras, no tiene que “contribuir” a la “vida cotidiana y a la perpetuación de la comunidad”, atada indefectiblemente al territorio. El término “contribuir” utilizado en la cita anterior por Bauman me parece incorrecto, toda vez que de lo que se liberan los centros de poder no es de contribuir, sino de “retribuir” a las comunidades sin cuya participación y territorio fueran imposibles los beneficios de las élites de la globalización.

Así, lo que para el poder económico es liberación espacial, para las comunidades es derrota, prisión, penuria y marginación. El haz de la globalización, es envés en la localización. Una libera, la otra condena y sojuzga.

La globalización no sólo libera al capital de la comunidad y del territorio, sino a sus resultantes: el Estado-nación y su soberanía local. Estados y soberanías terminan como rehenes de la voracidad de los inversionistas extraterritorializados, siempre en perjuicio de sus comunidades.

Para Bauman, “aquello que se mueve a la velocidad similar a la del mensaje electrónico está prácticamente libre de las restricciones relacionadas con el territorio dentro del cual se originó, aquel hacia el cual se dirige o el que atraviesa de paso.” En tales circunstancias, tercia G. H. Von Wright, “parece que el Estado nación se erosiona, o acaso, se extingue.” En esa condiciones el Estado se convierte en “estación de policía local”, útil sólo para contener en orden a los locales y así garantizar en su territorio la operación de los negocios globales y, por ende, retroalimentar su impotencia para, siquiera, atreverse a soñar imponer alguna restricción a la expoliación globalocalizada.

Para Bauman, “lejos de homogeneizar la condición humana, la anulación de las distancias de tiempo y espacio tiende a polarizarla (…) emancipa a ciertos humanos de las restricciones territoriales a la vez que despoja al territorio, donde otros permanecen confinados, de su valor y su capacidad para otorgar identidad.” Concluye el gran sociólogo: “Cuando la ‘distancia pierde su significado’ lo mismo sucede con las localidades.” En otras palabras, se da “el último toque de desintegración de las formas locales de solidaridad y vida comunitaria.”


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