PARRESHÍA

El ritual del suplico

El ritual del suplico

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Entre “el cruel placer de castigar”, el privilegio de dominar, la teatralidad de la justicia, la ostentación del poder y el espectáculo del sufrimiento, presenciamos el suplicio convertido en liturgia política, punitiva y comunicacional.

“La muerte-suplicio es un arte de retener la vida en el dolor subdividiéndola en ‘mil muertes’ y obteniendo con ella, antes de que cese la existencia ‘the most exquisite agonies’. El suplicio descansa sobre todo en un arte cuantitativo del sufrimiento.”

Arte cuantitativo… y también político.

El ritual del suplicio es eminentemente un ceremonial político.

El derecho a castigar es, en un poder concentrado en una sola persona, un derecho de guerra: un poder absoluto de vida y muerte.

Poder que no ve en la violación jurídica un daño individual o patrimonial a terceros, sino una afrenta directa y personalísima a su dignidad soberana. La ley no es ya un deber ser, cuanto el mandato del soberano. Su violación es un ultraje al detentador del poder. La justicia deja de tener relación con la falta y con la víctima, para ser venganza desde el poder: ojo por ojo y diente por diente. Venganza, además, infinita.

El suplicio, sostiene Foucault (a quien citamos a lo largo de todo el texto), es “un ceremonial que tiene por objeto reconstituir la soberanía por un instante ultrajada. La restaura manifestándose en todo su esplendor.” Es el ritual del “poder eclipsado y restaurado” que “despliega ante todos una fuerza invencible,” que muestra “la disimetría entre el súbdito que ha osado violar la ley y el soberano omnipotente que ejerce la fuerza.”

Ritual donde la “ejecución de la pena no se realiza para dar un espectáculo de mesura, sino del desequilibrio y del exceso; debe existir, en esa liturgia de la pena, una afirmación enfática de poder y de superioridad intrínseca.”

En este ritual, la pena y el juicio no responden necesariamente a la justicia, cuanto al terror que debe grabarse en fuego en el corazón de los súbditos.

Una política del terror: “hacer sensible a todos, sobre el cuerpo del criminal, la presencia desenfrenada del soberano.” ‘Mira de lo que soy capaz’, clama el montaje: El funcionamiento político de la penalidad.

La ritualidad del suplicio goza de desmesura dionisiaca. Jamás mejor expresada que por Eurípides en Las Bacantes: Dioniso promete castigar ejemplarmente a Penteo y su familia por haber despreciado su divinidad. En delirio báquico secuestra a las mujeres de Tebas; Penteo va en caza de ellas y termina cazado por sus presas y descuartizado por Ágave, su propia madre, cegada por el Dios en las fiebres del culto orgiástico. Ágave regresa a casa con la cabeza de Penteo como trofeo y Cadmo, padre de ella, le despierta de su ofuscación a su desgracia, en una especie de inversión de Edipo.

Como Penteo y Ágave, en el ritual del suplicio, en la orgía de sus desmesuras nadie alcanza a ver el papel que juega en la tragedia antes de su fin.

El suplicio no busca reestablecer la justicia, sino reactivar al poder.

El verdugo somete con solo mostrar el hacha


A diferencia de la autoridad, el acto de dominio puro y duro siempre conlleva una búsqueda de mayor poder que en los súbditos y sobre todo en los adversarios debe redundar en menor poder o, de ser posible, en ausencia absoluta de poder.

Todo el derecho y la justicia cambian: no se persigue la violación a la ley, sino la afrenta al poder en la persona del rey. “La justicia del rey -a diferencia de la justicia de la ley- se muestra en términos de una justicia armada. El castigo que castiga al culpable es también el que destruye a los enemigos, (porque) la atrocidad de un crimen es también la violencia del reto lanzado al soberano.”

Para el poder personalizado, no institucional, todo crimen es una suerte de sublevación, un crimen magestatis, el menor de los infractores se convierte en un regicida en potencia, de allí que toda acción de justicia se prostituya y sea aprovechada como una demostración de fuerza y dominio.

Queda en el arbitrio del soberano ver en el infractor al hijo de una madre doliente o al peor de los nefandos.

En la teatralidad desmandada basta la insinuación que estigmatiza; no se requiere prueba, ni juicio; sólo dedo flamígero. El verdugo somete con solo mostrar el hacha.

Pero ojo, en las ceremonias de suplicio el papel estelar no recae en el monarca ni en la víctima, sino en el pueblo. Un suplicio desconocido, oculto, no escarmienta, no aterroriza, carece de pedagogía. Un castigo en secreto adolece de falta de sentido. El castigo busca ejemplo y terror, enseñanza, reflector, escarmiento. De allí que sea más ritual que justicia.

El ritual del suplicio se inscribe en las ceremonias del poder; propias de los fastos monárquicos, de los pasillos, entretelones y abyecciones de Palacio y su cortesanía, al tiempo de exhibir la región oscura y espeluznante de las mazmorras, del perseguido, del odio monárquico, de la justicia prostituida, de la ostentación del sufrimiento, de la fastuosidad del exceso… del verdugo.

Por eso los romanos se preguntaban: Quis Custodiest Custodes (Quién nos cuida del que nos cuida).



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Luis Farias Mackey

Luis Farias Mackey

Ser o no ser, preguntó Hamlet. ¿Soy éste que soy?, preguntó Quetzalcóatl. La primera es una opción binaria: se es o no se es. La segunda es la trama de la vida misma: ser lo que se es. Mejor dicho, descubrir lo que se es, porque vivir es hurgar en el cielo y en las entrañas, en los otros -de afuera y de adentro-, del pasado y del presente, de la realidad y la fantasía, de la luz y de las sombras. Siempre somos un bosquejo. Nada más paradójico: el día que podemos decir qué somos en definitiva, es que ya no somos. Nuestra vida es una obra terminada, cuando cesa. Así que soy un siendo y un haciéndome. Una búsqueda. Una pregunta al viento.

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