El intermediador
México es un país intermediado, los mexicanos no buscamos nuestro propio crecimiento y fuerza, sino un buen intermediario; más que tener capacidades propias hay que tener contactos y conocidos. La política siempre es una especie de mediación, pero no es solo eso, de allí que cuando todo se reduce a mediar y lucrar mediando el descrédito estigma a la política y a sus agentes.
Un intermediario media, media entre personas, negocios y cosas, también pone de acuerdo a las primeras, para ello no requiere de una gran preparación, como el cirujano o el matemático, le basta una personificación de dúctil, acomodaticio, aventado y pícaro.
Su posición de medianía le permite hacer de ello un negocio y un estatus que a su vez le reporta ganancias, prestigio, respeto, información y poder. Muchas de las carreras políticas de los últimos cuarenta años son de intermediarios del y desde el poder.
La mediación es propia de la convivencia humana, pero en México es una forma de ser y de ordenar nuestras relaciones en general. Quién mejor para ejemplificar la mediación que La Malinche, que escaló hasta los primeros lugares del orden novohispano.
El Estado colonial fue un régimen de mediación entre cuerpos privilegiados particulares, autoridades eclesiásticas y civiles, entre pueblos, culturas e intereses diversos. El México independiente del siglo XIX no fue propia o completamente un Estado, pero sí pudo evitar que su deshilvane operando un poder mediado por regiones, organizaciones y estamentos a través de liderazgos locales que le permitieron pseudogobernar este amplio territorio. Si el norte del México independiente hubiese estado poblado es probable que las intermediaciones locales con el gobierno nacional hubiesen evitado su pérdida o, al menos, ralentizado.
Pero bajo la vestimenta de la República pervivió el antiguo orden colonial, y aunque el Estado se calificaba de nacional, la Nación era aún, y quizás lo siga siendo todavía, una asignatura pendiente. El país, pues, mal funcionaba a través de intermediaciones locales con comunidades y cuerpos. En esta parte sigo Fernando Escalante Gonzalbo en su libro “Ciudadanos imaginarios” (2022).
El orden que persistió no fue uno formal, estructurado, político y jurídico, sino uno social y silvestre, pero fue un orden. Específicamente el campo las comunidades indígenas persistieron con autonomía a su interior, organización autóctona, lenguas y tierras comunales, la gran mayoría, sin embargo, vivieron encerradas en sí mismas, dispersas, incomunicadas y diversas. Sus entendibles desconfianzas y las hostilidades a las que se vieron sometidas terminó cohesionándolas cada vez más hacía dentro y en su aislamiento. Estas repúblicas indígenas y pueblos rurales no mantenían una relación política con el poder nacional, hacia fuera se relacionaron a nivel personal con hacendados y caciques locales a través de sus autoridades comunales, es decir, persistió el orden colonial, corporativo, patrimonialista y paternalista. Luis González sostiene que las repúblicas de indios fueron “estados soberanos e independientes” y Juárez hablaba de un “espíritu de tribu” que sustraía a sus pueblos del orden legal, de allí las leyes de desamortización buscando expresamente disolver sus relaciones comunitarias de suerte que el Estado tratase con individuos y ya no con cuerpos ni comunidades.
El Estado liberal, que solo veía individuos, y el orden comunal de las poblaciones rurales, devino en una relación imposible. La vinculación de ellas para con el Estado siempre fue mediada a través de personajes de alcance regional: jefes políticos, hacendados, comerciantes, caciques y jefes militares, mientras que de parte de las comunidades y pueblos fueron sus autoridades comunales; esta intermediación siempre se dio a nivel personal y con códigos de reciprocidad: el orden “descansaba sobre bases locales más o menos sólidas, pero cuya cohesión nacional era precaria (…) Había un orden, el orden de los caciques y señores, de los pueblos y los comandantes militares. Lo que no se consiguió en todo el siglo fue un Estado de derecho eficaz” (Escalante Gonzalbo, Ibid). Lo que sí se dio fue un intercambio de jugosos beneficios para los intermediarios por sobre los intermediados.
Así, frente a una autoridad formalmente nacional, brotaron autoridades regionales de facto disputándose el territorio en esferas de influencia, esferas que el poder central difícilmente lograba coordinar, pero con las que operaba, igualmente, a través de relaciones personales y reciprocidades simbióticas.
Al interior de los pueblos indígenas, sus principales se convirtieron en intermediarios con el mundo no autóctono. En éste, salvo las autoridades civiles locales, donde las hubiese y operasen intermediando, el resto de los intermediarios no ostentaban posiciones jurídicas ni atribuciones formales, tenían influencia, capacidad de mediación y de negociación o chantaje como atributo personal, más no cargo. Su legitimidad respondía a una red de lealtades y a una representación corporativa informal, pero con márgenes de acción limitados y cambiantes. Su acción negociadora, finalmente, generaba una red de entendimiento, estabilidad y credibilidad.
El siglo XX la intermediación fue con los jefes militares, primero, luego con los caciques regionales, así como con las corporaciones (sectores, sindicatos, organizaciones campesinas y cámaras empresariales), pero cuando cambió el paradigma en 1968 y empezaron a surgir demandas no corporativizadas, sino individuales y orgánicas, más no organizadas, para luego convertirse en demandas culturales y de identidad, a lo que se sumó la apertura democrática, el Estado perdió nuevamente su capacidad mediadora; habrá habido alternancia, pero no la creación de un nuevo orden, es decir sistemas, organización, aceptación y procedimientos, para encausar la nueva y cada vez más compleja realidad nacional.
Pues bien, a finales del siglo pasado, uno de los primeros trabajos de López Obrador fue como delegado del Instituto Nacional Indigenista en su natal Tabasco. Esas comunidades, incluso al día de hoy, siguen operando bajo el mismo orden corporativo colonial, lo que ha cambiado son los intermediarios ajenos, no los suyos, que siguen siendo los principales del pueblo. Nada mejor para su delirio mesiánico que el papel de mediador de los mediadores indígenas para con los gobiernos federal, estatal y municipales, así como con los demás interlocutores sociales, políticos y económicos con los que trataban los grupos indígenas de Tabasco. Esta experiencia le mostró el valor de la intermediación en nuestras relaciones y su margen y rajas política y económica.
Recordemos, el mediador, sea formal o informal, opera con base de relaciones personales y de reciprocidad, bajo un esquema patrimonialista y paternalista que mezcla lo político con beneficios personales y subsume los ámbitos públicos en lo privado. López no solo asumió gustoso el papel de intermediador indígena, pronto también de salvador de pueblos. Aunque en poco los olvidó cuando lo nombraron presidente del PRI en Tabasco, sabedor que el PRI de aquellos tiempos solo lo sacaban a pasear durante las elecciones y lo guardaban en el abandono entre ellas, se constituyó entonces en auditor del ejercicio presupuestal y cumplimiento de compromisos políticos de los presidentes municipales, siendo todos priístas. Su intermediación se vio ampliada en favor grupos disímbolos y apetitos de poder, pero ahora con patente partidista y narrativa justiciera. Pronto fueron decenas los palacios municipales que, gobernados por PRI, estaban tomados por el PRI. El conflicto escaló hasta que el gobernador acomodó a López en la Procuraduría del Consumidor en la Ciudad de México.
No mucho tiempo después se juntarían dos voracidades e intermediarismos sin mesura, Andrés Manuel, ya en el PRD, que se constituyó en intermediario de un grupo de pepenadores a los que el municipio del Centro les debía alguna prestación o violentaba algún derecho. Y seguramente, ya cansado el gobernador del problema y escarmentado de la incesancia de aquél, le financió su éxodo a México, elevando su intermediación de nivel municipal a nacional. Andrés se convirtió aceleradamente en un referente nacional, no solo era noticia de esa monta, sino que las izquierdas hicieron éxodos en sentido contrario para acuerparlo como prometedor tesoro. El doctor Salvador Nava, también encandilado por este muchacho, camino a su vera, como tantos otros que entonces peleaban por fotografiarse con él.
No acababa López de llegar al Zócalo de la Ciudad de México cuando lo contactó por interposita persona, otro político voraz que creía poca cosa la regencia del entonces Distrito Federal, pero que en esa calidad hacía de su responsabilidad toda manifestación y conflicto de los estados que pisaran la capital para así mostrar al presidente que él siempre debió haber sido nombrado secretario de Gobernación. López apenas pisaba la plancha de cemento cuando Marcelo Ebrard, entonces secretario de gobierno de la regencia de Manuel Camacho, se dobló ante él (que no se crea que su afición dobladora empezó con Trump). En ese momento se fraguó la hermandad entre López y Camacho, que luego heredó Ebrard, pero ya en condición de mozo de espadas. Las voracidades de Andrés Manuel y Manuel se retroalimentaron mutuamente: Camacho podía mostrar a Salinas que resolvía conflictos por arte de magia y López había encontrado en las arcas de la capital de la República una mina de oro y en su zócalo un escenario nacional.
El numerito lo repitieron sistemáticamente: López gastaba suela en sus éxodos alargando sus apariciones en los medios nacionales, se plantaba en el Zócalo y Camacho le llenaba las alforjas de dinero para que levantara el plantón en medio de un gran triunfo debidamente difundido y un negocio en bonanza. Fue en esa época, curiosamente, que los padres de López, que vivieron siempre de una tienda de abarrotes, le heredaron la finca en Palenque, hoy mundialmente conocida como La Chingada.
El viejo sistema político priísta fue diseñado para conservar el poder mediando hacia dentro del poder, Cárdenas el General lo instituyó en un corporativismo ya mencionado, de allí la mediación fue, en la mayoría de los casos, el método de gobierno y de orden político, económico y social.
Pues bien, fueron los gobiernos, primero el tabasqueño y luego los de la federación y del Distrito Federal, los primeros que alimentaron de poder, dinero y presencia nacional a López Obrador, a quien consideraron un intermediario más de los que echaba mano para procesar y solucionar conflictos. Las izquierdas, por su parte, urgidas de un candidato que les hiciera el milagro de quitar al PRI, se postraron ante él cual Jesús en pesebre. El PAN, bregando en su eternidad, cuadraba los ojos ante el fenómeno que veía crecer por días y no entendía.
Cuatro sexenios al hilo, después del de Salinas, apostaron a engordar al mediador convencidos que así lo controlaban, Zedillo le franqueó la limpieza de todos sus expedientes penales y hasta las puertas del gobierno de la hoy Ciudad de México, Fox lo catapultó como candidato a la presidencia con una persecución pusilánime, lo demás es de todos conocido; aquél amplió su mediación, pepena y poder, al grado de poderles decir a los banqueros en su convención anual en el 2006 que él era el quien mediaba por el tigre (el viejo cuento del ogro) y que ni le chitaran porque se los soltaba. Aquellos temblaron como hoja al viento, luego vino un presidente inventado, mediocre, cobarde y corrupto que le pavimentó el camino a Palacio Nacional y una mayoría de mexicanos en mala hora lo hicieron presidente creyendo que iba a intermediar en favor de ellos. Se equivocaron.
Pero antes de ello, en el camino y obsesión monomaníaca, el intermediario, levantando dinero e intermediados por todo el país, terminó también intermediando con el crimen organizado, nada más que aquél no fue tan iluso como los gobernantes mexicanos y lo apergolló con compromisos y controles que hoy pueblan las pesadillas de hasta los pavos reales de su última escenografía.
Ya como presidente pudo haber intermediado neutralmente entre grupos, intereses y conflictos, pero prefirió intermediar para él, tuvo todo el presupuesto federal a su capricho y antojo, repartió puestos sin importar capacidades ni méritos, distribuyó y destruyó instituciones, obsequió contratos, estados, sindicatos y dinero, mucho dinero; lo único que no distribuyó fue el poder. Creó una infraestructura, todo parece, para operar negocios con el crimen organizado y meterles mano a los contratos otorgados sin control alguno para llevar dinero negro a Morena. Abrazó al crimen organizado e hizo oídos sordos a Muñoz Ledo cuando le advirtió que esas relaciones ni se traspasan ni se heredan.
Intermedió desde y con todo el poder del Estado para imponer a Claudia, para acabar con la democracia, con el poder Judicial, con las libertades y los derechos de los mexicanos. En su intermediación para asegurar el poder dilapidó la hacienda nacional, al tiempo que armó para los suyos negocios privados con bienes públicos en cobro de su sacrificada mediación. Hoy intermedia por sobre los poderes de la Unión en defensa a su prole y de su hermano Adán Augusto.
El error de todos los gobiernos fue tratarlo como un intermediador más, como si fuera otro líder campesino, otro charro sindical, un cacique pueblerino más, no como un delirante mesiánico y peligroso voraz de poder y de riquezas, creyendo que tan pronto alcanzara la satisfacción de sus demandas dimitiría. González Pedrero, Camacho, Cuauhtémoc, Zedillo, Creel y Peña creyeron poderlo controlar, las tribus de izquierda se le entregaron seguras que los llevaría al poder; hoy siguen preguntándose qué tren los arrolló. Nadie vio que su intermediación era en el fondo un control enfermizo que no tiene límites ni descanso. Ni la propia Claudia lo supo ver.
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