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DE LO COTIDIANO A LO CLÁSICO

Tiempo perdido

Tiempo perdido

En una de las dinámicas de un curso de capacitación, una de las actividades era el siguiente ejercicio: En una línea imaginaria del tiempo que comienza cuando hayas cumplido aproximadamente ____ años de edad y que la edad promedio a la que aspiras vivir bien, con buena salud física y mental, sea hasta los ____ años, propón qué quieres hacer de tu vida con todo ese tiempo que te queda.

Se me ocurre mencionar que lo que la mamá de una gran amiga mía buscaría en su línea imaginaria, sería lo que decía Lola cuando cantaba: “… y el tiempo que te quede libre si te es posible dedícalo a mí, con tal de que vivamos juntos… yo seré feliz…” María Dolores Pradera, inconfundibles tu voz y los acordes de las guitarras que te acompañaron.

Y en lugar de guitarras y en lugar de cantarlo, anuncio con bongós y fanfarrias, que:

El dinero mal gastado y el tiempo perdido, no regresan.

A quién le ha pasado… que por ejemplo en un restaurante pasa mucho tiempo entre un platillo y el tiempo en que te sirven el siguiente platillo, y piensas: “Ya se me quitó el hambre”. Es decir que el tiempo que una persona “resta” al tiempo de otra persona al hacerla esperar, ya sea por hábito, por impuntualidad o por alguna otra razón de pretexto constante, lo percibo como un tema de educación, pues en mi casa y en el colegio me inculcaron la puntualidad, hábito que agradezco pero cuando la otra persona es impuntual, ¡ah, como la padezco!

Hay un libro llamado “En busca del tiempo perdido”, que está considerado como un clásico de la Literatura Universal. Esta obra cumbre fue escrita entre 1908 y 1922 (muchos años) por el escritor Marcel Proust, nacido en París el 10 de julio de 1871. Proust pertenecía a una familia acomodada, por lo que se cría en ambientes refinados y exclusivos de la sociedad elegante de París, contexto que refleja en su obra de carácter autobiográfico. Proust frecuentaba círculos literarios, fiestas y reuniones que tomaba como modelo para realizar un análisis psicológico de los personajes para sus novelas, logrando un sinfín de personalizaciones que abarcan diversos comportamientos del ser humano. La obra, de gran complejidad, abarca siete tomos, escritos como un largo monólogo interno, en primera persona.

Me encanta cuando un escritor logra la intención de que visualicemos a los personajes con los que nos identificamos, encariñamos o a los que terminamos despreciando, padeciendo, imitando, o los que nos desesperan o admiramos ¿o será que somos muchos los que verdaderamente “vivimos” lo que viven los personajes? Confieso que soy una de esas lectoras porque sin verlos con los ojos, los veo con las tripas y con el corazón.

¿A quién le ha pasado que durante la lectura, lo atrapa la historia porque justamente el autor del libro que estamos leyendo, logra que uno huela los olores que llegan de la cocina o de una flor o de un establo; o vea la ropa nueva, fina y elegante o la ropa vieja que se usa en dicho lugar, situación o época; o se fije en los zapatos, sandalias o pies descalzos (sucios o recién salidos de pedicura) o recuerde a su padre o abuelo porque también usaba sombrero al montar a caballo; o que el autor logre que uno vea el lugar en donde suceden las cosas, ya sea de día o en un callejón oscuro o bajo el cielo con luna llena; o el lugar en donde no sucede nada y no huele a nada; o imagine el frío o terror dentro del mar o dentro de la cama porque se escuchan pasos en las escaleras o detrás del personaje que va caminando en la calle?

He aquí el relato de una persona mayor que no malgastó el dinero y que al contrario de perder el tiempo le sacó tiempo al tiempo; relato que nos deja ver claramente y sin transparencias, el final de su vida.

“De niños transitamos a pasos de gigante queriendo ser “grande”, vamos aprendiendo a zancadas como en el juego que para alcanzar a otros hay que caminar de gallo-gallina-pollito, gallo-gallina-elefante. De adolescente pasamos días atarantados, otros serenos, otros llenos de ilusiones y a veces de decepciones, corriendo para que llegue mañana porque siempre hay algo más importante que hacer. De adulto adquirimos responsabilidades, nos empeñamos en llevar una vida ajetreada tratando de realizar lo que tenemos pendiente; buscamos mejorar y conseguir resultados para disfrutar, acostumbrándonos a ser ejemplo sin darnos cuenta de que aún somos discípulos. Cuando es uno viejo, el mañana pasó, se fue. Tengo 84 años maravillosamente vividos y a veces pienso que para mí ya no hay tantos mañanas; mis intenciones desde hace años van dirigidos hacia la espiritualidad, el perdón y la paz; mis metas ya se lograron y mis ilusiones giran alrededor de mi familia y el tiempo que les quede libre para que lo dediquen a mí. Son las cinco de la mañana, algunos viejos nos despertamos temprano (aun cuando hemos dormido pocas horas), sin mayor actividad por realizar. Me ausenta de esta casa lo que veo a través de la ventana de mi recámara, la actividad de “mirar” sin observar la realizo sin prisa. Cuando escucho el silencio de mi casa, me interrumpe la soledad que notifica el péndulo del cu-cú que está colgado en el pasillo, el cual me recuerda que el tiempo es eterno y yo no; es una acción invisible y cotidiana que no se detiene ni al hacerse notoriamente visible en mi cuerpo, en mi salud y en mi alma. Ahora me encuentro frente al antiguo tocador de mi recámara, sentada sobre el taburete forrado con una tela que alguna vez fue moderna y que ahora está igual de vieja y obsoleta que yo. A través del espejo veo la misma escena iluminada de ausencia. Logro sacar el cepillo que también está hinchado por los años, me miro en el espejo y pienso en qué es lo que voy a cepillar si apenas tengo mechones aislados de cabello; supongo que se cayó por utilizar tantos tientes, suavizantes y menjurjes para dar brillo y fortalecer esperanzas, que sirvieron para amortiguar mi apariencia mientras cumplía mi destino. Hoy voy a empeñarme en hacer de este día un día especial, pondré música, desempolvaré mi sombrero de ala ancha y acomodaré las fotografías impresas que tengo en la caja y las agruparé por temas: las de los viajes que realicé, acomodaré también en montones las fotos con amigos y, sobre todo, las fotos familiares, lo cual será un placer que haré sin perder tiempo.

En este ejercicio pude “ver” la edad de la señora, al taburete del tocador, “escuché” el silencio de su casa y el sonido que hace el péndulo del cu-cu, imaginé los mechones aislados de cabellos, en sus fotos vi el recuerdo de mis fotos y en la sombra de su soledad sentí con ella sus años transcurridos.

El sentimiento que este relato me provoca es de nostalgia, compañía y soledad. ¡Ooopppssss!

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Me encanta cuando un escritor logra la intención de que visualicemos a los personajes con los que nos identificamos, encariñamos o a los que terminamos despreciando, padeciendo, imitando, o los que nos desesperan o admiramos

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