PARRESHÍA

¡Líbranos Señor!

¡Líbranos Señor!

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La prisa

“Tal vez aparezca en Viena un día de pronto; como tormenta de primavera”, dijo Hitler a Schuschnigg, canciller austriaco, aquella mañana de principios del 38: “yo tengo una misión histórica y la cumpliré porque la Providencia me ha destinado a hacerlo”, justificó su amenaza el Führer.

Y tan dado a metáforas y al idioma orwelliano -aún entonces todavía no plasmado en novela-, “relámpago” (blitzschell) fue el vocablo que luego utilizó su maquinaria propagandística para describir “la evolución pacífica” que significó la invasión nazi a Austria. Lo intempestivo del relámpago sorprendió en primer lugar al ejército alemán, ordenado a avanzar sin plan ni idea. Para cuando Schuschinigg dimitía anunciando que no habría resistencia, las fuerzas nazis arrasaban ciudades austriacas y cuando el presidente austriaco claudicó a todas y cada una de las imposiciones alemanas, Hitler las desconoció, levantándose con todo sin reconocer nada. Los relámpagos pasmaron a Europa cual infante de pecho.

Y Blitzkrieg (“guerra relámpago”) llamó Hitler a la “nueva guerra”, estrategia basada en un ataque masivo y fulminante, acompañado con periodos breves de producción intensiva de armamento. Blitz, llamaba Orwell en su diario a los bombardeos nocturnos en Londres.

Pero el blitz, relámpago, tiene por problema ser efímero. La “nueva guerra” era una “normalidad” de corto aliento en las antípodas de una guerra de larga duración.

Ya para el verano del 43 la Blitzkrieg enfrentaba una guerra submarina en el Atlántico; las ciudades alemanas eran bombardeadas de día y de noche sin respiro. Hamburgo fue atacada por la “tormenta de fuego” -no solo los propagandistas militares alemanes eran pretenciosos- con bombardeos ininterrumpidos del 24 al 30 de julio. Tres cuartas partes de la ciudad y cuarenta mil habitantes fueron reducidos a cenizas, más de todos los muertos en Inglaterra por bombardeos durante la guerra. Un millón se quedó sin hogar y las llamas pudieron observarse a más doscientos kilómetros de distancia. Más allá del alcance de un relámpago, sin duda.

La comida escaseaba, las poblaciones ocupadas eran obligadas a trabajar bajo esclavitud, la blitzkrieg se veía condenada a ser ejército de ocupación y en el norte de África era derrotada perdiendo el control del mediterráneo, mientras las costas francesas y noruegas requerían vigilancia y efectivos ante posibles desembarcos. Y, ante todo, los relámpagos alemanes nada significaban en la “tierra quemada” de las estepas rusas.

Un relámpago en verano irrumpe la parsimonia del sol radiante, pero en tiempo de borrascas es paisaje, no sorpresa. Las movilizaciones masivas de Panzers y artillería permanecían hundidas en el barro del llover ruso, el apoyo aéreo volaba sin visibilidad. Sin el factor sorpresa el relámpago era cotidianidad que agotaba almacenes, quebraba economía y estacionaba la marcha imparable del ejército nazi en sitios, como el de mil días en Leningrado, o la batalla de cuatro meses en Stalingrado en lo más profundo del invierno soviético, y, finalmente, en Kursk. Con un campo de batalla de la mitad de toda Inglaterra (25 mil kilómetros cuadrados), un millón de minas plantadas, 800 kilómetros de maraña de alambre de púas, complejas vialidades de trincheras, emplazamientos artilleros, zanjas antitanques en escalones defensivos de 160 kilómetros de profundidad. Los rusos no estaban para sorpresitas: superaban a los alemanes de 1.9 a 1 en tanques, de 2.5 a 1 en hombres y de 2.1 a 1 en cañones. Tan solo en la retaguardia alemana destruyeron más de mil kilómetros de vía férrea (la distancia entre Monterrey y Ciudad de México), dificultando los suministros a las tropas alemanas.

En Kursk, Alemania perdió 1,030 aviones y murieron 365 mil de sus soldados, más que en Stalingrado (209 mil). Rusia perdió en los dos meses de la batalla de Kursk 183 mil soldados, casi tantos como Estados Unidos e Inglaterra juntos en toda la guerra.

Por eso hay quien dijo que “los precipitados confunden las horas con los años y los años con los siglos”, porque todo en la vida implica esfuerzo, sacrificio, paciencia y, sobre todo, tiempo. Las realizaciones espectaculares suelen esterilizar resultados. La sorpresa es única, irrepetible.

“Todo éxito, sentenció Teilhard de Chardin, se paga con un gran porcentaje de fracasos. No existe progreso en el ser sin cierto misterioso tributo de lágrimas, de sangre y de pecado.”

La Blitzkrieg, aquí le llamamos el descontón, tiene el problema del nomadismo: seguir adelante es su razón de ser; no es sedentario, no siembra, no cultiva, no cosecha. Puede, sí, destruir, arrasar, como Atila, sin dejar nada a su paso.

La Blitzkrieg tiene que avanzar siempre, hasta que, como en Kursk, pierde su impulso y termina por ser la sorprendida.

Quien vive de sorprender es orillado incrementalmente a llevar sus desconciertos a la temeridad y al absurdo, hasta que termina siendo devorado por una y por otro, y por no pillar a nadie.

Entre la sorpresa y la prisa media siempre una intima relación, como tormenta en verano: fulminante y contra cíclica. Pero quien lleva prisa no tiene tiempo para analizar, estudiar y ponderar los temas; todo en él es acción, impulso, vértigo. No existe a posibilidad de procesar con la paciencia del hortelano, de socializar el propósito con el esmero del tejedor, de cultivarlo con la entrega de la embarazada. Quien siembra tormentas va de prisa, como si el profundo mañana, que es la verdadera perspectiva del estadista, no existiera y todo tuviese que consumarse con él hoy y aquí: “antes de mi la nada, después de mí el diluvio”.

Pobre del tormentoso, vedado de gozar del nuevo amanecer tras su paso.

El gobernante enfermo de vértigo, “restringe demasiado su mirada a su corta existencia y no siente ya fuertes impulsos por trabajar en instituciones duraderas; quiere coger él mismo los frutos del árbol que exige cultivo especial durante siglos y que están destinados a cubrir con su sombra a muchas generaciones.” (Nietzsche).

Hay en quien impone a base de prisas y relámpagos, un cierto miedo al tiempo, a su fluir y contingencia. Miedo que se expresa en la exasperación de hacer todo de una vez y para siempre, sin admitir la rica contradicción propia de la realidad, del azar y, por qué no, de la locura. Pánico a la serenidad que obliga a modestia, comprensión y lento sazonar. Es el valiente de cantina que se juega la vida en un bolado por miedo a vivirla, quien apuesta todo en la ruleta rusa.

Los tiempos de las naciones no son los del hombre y terminan por arrasar a quien pretenda imponérseles. El orificio por el que escurre la arena en el reloj no permite el paso más que de un grano a la vez, cuando más de uno pasan, el reloj está roto y es un nuevo juego.

Se puede destruir en un instante, pero no construir.

“Sabía virtud”, decía Leduc.

De los hombres con prisa, ¡líbranos Señor!



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Luis Farias Mackey

Luis Farias Mackey

Ser o no ser, preguntó Hamlet. ¿Soy éste que soy?, preguntó Quetzalcóatl. La primera es una opción binaria: se es o no se es. La segunda es la trama de la vida misma: ser lo que se es. Mejor dicho, descubrir lo que se es, porque vivir es hurgar en el cielo y en las entrañas, en los otros -de afuera y de adentro-, del pasado y del presente, de la realidad y la fantasía, de la luz y de las sombras. Siempre somos un bosquejo. Nada más paradójico: el día que podemos decir qué somos en definitiva, es que ya no somos. Nuestra vida es una obra terminada, cuando cesa. Así que soy un siendo y un haciéndome. Una búsqueda. Una pregunta al viento.

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