PARRESHÍA

El tiempo pasa...

El tiempo pasa...

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Ser y tiempo.

Somos en el tiempo. El ser no es sólo una presencia, un estar allí. El ser es una existencia que abarca tiempo (pasado, presente y futuro); es tempóreo: “El tiempo deberá ser sacado a la luz y deberá ser concebido genuinamente como el horizonte de toda comprensión del ser y de todo modo de interpretarlo.” (Heidegger) Para este filosofo alemán, el ser es en sí mismo, pero existe como ser para los demás por su ex-sistencia, es decir, por salir fuera de sí, por mostrarse en ese horizonte que es el tiempo.

Fue Aristóteles en su Metafísica quien habló por primera vez del ser en el sentido de la existencia como una adecuación del percibir que surge del “des-ocultamiento” del ser, del mostrarse, de “ex-ponerse”.

Zea, por su lado, decía que somos responsables de nuestros actos en presente, pero también somos responsables ante el pasado, de cara a quienes nos dieron vida, patria e historia y que desde ellas nos condicionan; y ante el futuro, al que condicionamos y nos condiciona.

Ortega y Gasset decía: yo soy yo y mi circunstancia y si no la salvo ella no me salvo yo. Pero toda circunstancia es en tiempo, modo y lugar.

Cumplir dos años de un sexenio es hacerlo en una primera perspectiva de lo recorrido y lo por recorrer, para luego ampliar el horizonte hacia una perspectiva de lo recibido, lo utilizado, lo desperdiciado, lo producido, los riesgos a futuro y la expectativa de lo que será el saldo final. De haberlo. (Ver Entregar completo.)

No es pues oportunidad para efemérides triunfalistas, sino de rendición parcial de resultados.

La democracia tiene mucho de tragedia griega. En campaña desboca voracidades y locuras (hybris); endiosa a unos y ciega a los más. Pero hace del gobierno némesis y pocos son los gobernantes que no terminan como Edipo sacándose los ojos por haber resuelto el enigma de la efigie. Agamenón regresa victorioso de Troya sólo para hallar la muerte; la belleza de Helena desencadenó un tejido de tragedias que aún se tejen y destejen, cual Penélope, en espera del fin de la Odisea del género humano. La cólera de Aquiles se canta todavía por las musas, mientras el semidiós desde el averno sueña con ser un siervo más en el campo de cualquier labrador sin caudal y de corta despensa en vez de reinar sobre todos los muertos que en Troya fenecieron. ¿Cuántos carniceros con trono no terminaron de reses en matadero?

Porque sólo hay dos cosas insalvables en política: el tiempo y los resultados.

El tiempo no se puede detener, un segundo más, en política, es también un segundo menos. Tiempo perdido es en gobierno tiempo irrecuperable.


Todo tiempo tiene costo



Los resultados simplemente son; existen. Se podrá rebatir, combatir y hasta negar. Pero son. Y lo he mencionado en otros textos, López Portillo llamó a sus Memorias “Mis tiempos” porque como buen politólogo sabía que, tras su Presidencia, a lo más que podría aspirar era a dictar su epitafio. Para él, el tiempo ya era todo en pasado y todos los remitían a él. Nada de lo que hiciera, incluso escribir, borrarían sus tiempos de Presidente. Eran, son.

Y este gobierno tiene dos años de sus tiempos ya en pasado. Allí están, cual semilla y cual mortaja. Quién sabe, quizás en 500 años alguien venga a exigirles disculpas por ellos, pero aún otorgándolas, allí seguirán.

Y quedan cuatro largos y difíciles años por delante. Inmersos en un cataclismo global nunca antes atestiguado. Quizás seamos hoy los dinosaurios de los que en milenios alguien estudie su extinción. Quizás algunos sobrevivan y serán los que no pierdan el tiempo.

Los tiempos de gobierno no son como los tiempos de campaña. En gobierno todo tiempo cuenta y pesa. Todo tiempo tiene un costo y éste es inapelable.

Sé es en el tiempo y éste corre inexorable.

Un poco de silencio y humildad ante los tiempos bien vendrían.

Paradójicamente en México los tiempos demandan, urbi et orbe, seriedad.




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Luis Farias Mackey

Luis Farias Mackey

Ser o no ser, preguntó Hamlet. ¿Soy éste que soy?, preguntó Quetzalcóatl. ¿Vivo yo todavía?, preguntó Zaratustra. La primera es una opción binaria: sé es o no sé es. La segunda es la trama de la vida misma: ser lo que sé es. La tercera es descubrir si, siendo, efectivamente aún sé es. Vivir es un descubrimiento de lo que sé es a cada instante. Porque vivir es hurgar en el cielo y en las entrañas, en los otros -de afuera y de adentro-, del pasado y del presente, de la realidad y la fantasía, de la luz y de las sombras. Es escuchar el silencio en el ruido. Es darse y perderse para renacer y encontrarse. Sólo somos un bosquejo. Nada más paradójico: el día que podemos decir qué somos en definitiva, es que ya no somos. Nuestra vida es una obra terminada, cuando cesa. Así que soy un siendo y un haciéndome. Una búsqueda. Una pregunta al viento. Un tránsito, un puente, un ocaso que no cesa nunca de preguntarse si todavía es.

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