LETRAS

El pequeño tirano del CONAFE

El pequeño tirano del CONAFE

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Despido por método.

El Despedido anónimo
Colaborador invitado



Se decía por los pasillos del CONAFE (Consejo Nacional de Fomento Educativo) que una convocatoria a una reunión con el Director General provocaba un escalofrío y una angustia propios de un convicto que será interrogado y martirizado una vez más. Ya en el vestíbulo de la oficina, un guardia se encargaba de verificar que ningún asistente metiera un teléfono o algún aparato para grabar lo que ocurriera dentro. Los aparatos de los asistentes se apilaban sobre una mesa dispuesta para ese propósito. Dentro de las puertas de fina madera, otrora aposento de algún alto funcionario de Bancomer, comenzaba el suplicio del que muchos hablan, que incluso fue denunciado públicamente en medios de comunicación. A ver ratitas, aquí en mi administración nadie crece, nadie asciende. Ratitas, ratas, corruptos, así calificaba a los funcionarios heredados de la administración priista o panista, cuando se trataba, en su mayoría de empleados de décadas, ajenos a los vaivenes políticos y a sus decisiones. A ver, ratitas, aquí vine a limpiar de corrupción esta institución y correré cuantos sea necesario para acabar con el pillaje del CONAFE. Eso preconizaba el fundamentalista converso, que años antes hacía una campaña desde el PRI contra Claudia Sheinbaum por la alcaldía de Tlalpan, a la que no tenía ninguna aspiración de llegar. Nuestro presidente así me lo ha encomendado y ya no podrán robar más, ratitas. Durante esa campaña por Tlalpan también vituperaba al ahora presidente de la república. Esas formas de aterrorizar eran cotidianas sobre la enorme mesa corporativa. Sin embargo, nada era peor que sus accesos de ira, cuando el paladín de la honradez y la eficiencia veía que las cosas no le satisfacían, entonces pasaba a la acción física. Según testimonios, en sus propios ojos se partían a la mitad sus presentaciones y documentos. Esta basura no sirve. Caminaba tras las sillas de sus empleados con una violencia contenida, con ganas de explotar. Esos pasos a las espaldas eran una especie de versión macabra del juego de las sillas, una versión subvertida de las estrategias de preescolar que el mismo CONAFE emplea en sus aulas. Entonces se detenía en donde estaba el objeto de su rencor y soltaba un golpe al respaldo de la silla, un grito, un susurro amenazante. Horas después las puertas eran abiertas para liberar el calor, el sudor, para que los empleados respiraran otro aire. El hombre, un hombre grande y de voz imponente, los despedía con una sonrisa, porque podía ser profundamente afable después, y disculparse hasta las lágrimas. Esa es la estrategia del discurso, decía. Primero abres con benevolencia, luego, impactas, con energía y al final conmueves, si es preciso con llanto. Esas eran sus lecciones: una retórica de la intimidación y de la humillación, con tópicos de arrepentimiento. Así eran sus actuaciones en público: una retórica aprendida pero inútil, pues ni conmovía ni convencía. El que sí era efectivo era el terror a quedarse sin empleo y con él devastó la estructura de una institución, ya de por sí menguada. Los despidos fueron masivos y, muchas veces, sin explicación de por medio. Sus allegados cuidaban sus puestos y salarios, por lo que su dirigencia se convirtió en una corte absolutista, donde la traición era la moneda común para ganar el favor del tirano, donde el permanecer como favorito dependía de la presteza para satisfacer sus disparatadas demandas e instrucciones. La vida institucional se descompuso y, cual torre de naipes, cayó hasta sus bases, donde los peones se desgastaban en tareas ajenas y estériles.

Una frase rondaba entre los supervivientes, éste el más triste de los conafes. Así trascurrieron dos años: al amparo de la 4T, una banda de exiliados morenovallistas poblanos y ex priistas, realizaban un profundo cambio institucional, buscando “desterrar una vieja forma de operar” que consideraban obsoleta. Tomaron de Fundación Azteca, por mandato secretarial, una serie de directrices pedagógicas, vendidas como un modelo educativo, en una clara estrategia de publicidad falsa o a medias, propia de una oferta de Elektra. Ese modelo azteca permeó la institución y provocó un daño profundo en el sentido y fin de lo que es la educación comunitaria. Entre tanto, el Director continuó adelgazando la burocracia y optimizando, a su parecer, la operación, mediante procesos simplificados, apoyados en la tecnología. Hablaba de poner al centro de la educación a los niños de las comunidades y preocuparse por su bienestar. Nuevamente se hizo de un ejercicio discursivo vacío, pues detrás estaban intenciones de realizar, según se ha publicado, jugosos negocios, al amparo de ideas nobles. Cientos de millones de pesos se destinaron a adquirir ropa para los más pequeños que se atienden en las comunidades. Toneladas de prendas e insumos para el cuidado personal de miles de pequeños. El pequeño tirano definió que era necesario cubrir esas necesidades más apremiantes: alimento y zapatos, sin los cuales no es posible el rendimiento educativo.

Después de un extenso y complicado censo de tallas, edades, sexo y demás características para la compra de prendas de niños pequeños, se realizó la compra. Pasaron los meses en el natural y lento tiempo de los procesos administrativos. Cuando las cosas llegaron a las comunidades los niños no pudieron esperar, por más que lo intentaron, crecieron. Nueva lección: los pequeños crecen rápido.

El tirano no se rindió, de su brillante inteligencia para modernizar el servicio educativo, salió otra costosa estrategia: se dotaría a los Líderes de Educación Comunitaria (quienes son los tradicionales becarios que, desde hace décadas, pasan un periodo en los pueblos enseñando, desde preescolar a secundaria, a cambio de una beca para continuar sus estudios) de un celular, de un teléfono para que, a través de él, tuvieran “una ventana al mundo”; pretendiendo que esos aparatos fueran el enlace con el mundo moderno y, al mismo tiempo, se agilizaran los procesos administrativos. Ese teléfono sería un instrumento al encargo del becario, el cual debía ser legado a su sucesor, al terminar su estadía. Así pues, la compra de miles de teléfonos implicó decenas de millones de pesos. El proceso fue largo, complicado, inusual e inexperto, plagado de irregularidades que hoy no pueden ser saldadas. Luego, la pandemia asestó un golpe más al CONAFE. Se canceló la educación presencial y, como a todos los estados del planeta, se sucedió un cambio abrupto y un reto para mantener la institucionalidad y la eficacia de los gobiernos. En la educación mexicana se plantearon diversas estrategias que siguen hasta hoy. Para el CONAFE la crisis fue mayúscula, pues al atender a la población más vulnerable y aislada del país, era escasa la posibilidad del uso de cualquier tecnología.

El pequeño tirano, con voz potente, ya desde antes de la pandemia, había decidido apretar la pinza del control. El teléfono, ventana al mundo, se convirtió en checador: generador de evidencia de que los becarios hacían su trabajo, de que cumplían su jornada, cual si fueran empleados. La cámara del teléfono, como en una caricatura, pasó de un lente negro a uno rojo de vigilancia permanente. Aún más, a los becarios se les exigió conectarse, buscar señal o servicio para checar tarjeta, lo que implicaba un gasto insostenible.

A toda esta generación de becarios el gran orador los llamó “Héroes de acero”, exhibiendo una vez más sus dotes discursivos, pues una retórica exitosa no puede estar exenta de un slogan impactante. Cuando los héroes se vieron acosados, sin pagos puntuales, obligados a meter saldo a los teléfonos para asistir a webinars y para el envío de evidencias, demostraron al gran retórico que eran más creativos que él y se autodenominaron “Héroes de a cero pesos”, un manejo muy superior de las figuras literarias, mediante un calambur espléndido, a la altura de Villaurrutia. Pronto fueron acallados y acosados, según sus propias denuncias, pues tomaron a la institución por sorpresa, plagando sus transmisiones en redes sociales de ésta y otras formas de protesta, creativas e irónicas.

De este modo transcurrieron meses de simulación y pretendido control, al amparo de las grandes estrategias educativas en tiempo de pandemia. Nada pudo destronar al gran retórico, ni los escándalos y denuncias por acoso laboral y despidos injustificados, ni los serios cuestionamientos al manejo del presupuesto.

Hace poco tiempo se anunció el relevo en la titularidad de la Secretaría de Educación Púbica, lo que permitió ver esa pequeña luz al final del camino. Sin Esteban Moctezuma se acabaría esa protección que impedía la caída del pequeño tirano. Un día se informó que el Director General de CONAFE se quería despedir de cada equipo por zoom. Dada la cantidad de empleados, fueron muchas las sesiones. En cada una de ellas desarrolló su fórmula infalible, inicio: benevolencia, desarrollo: argumentar y justificar, cierre: conmover. Es un placer haber trabajado con ustedes… Fueron los mejores… Trabajamos arduo… Tuve que ser duro… Tuve que luchar contra la corrupción, fue necesario. Si, en aras de ese cometido, fui severo… Si los lastimé, les ruego me disculpen.





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Redacción LFM Opinión

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