POLÍTICA

No justificado el fin, sus medios lo condenan

No justificado el fin, sus medios lo condenan

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Si el fin justifica los medios, tendríamos primero que justificar el fin

Comentando mi artículo sobre Anaya en una mesa de amigos, una muy querida insistió en el tema del Fiscal Carnal, traté de hacerle ver que no era ése el objeto de mi análisis, sino el proceder de Anaya, más no hubo manera que entendiera la diferencia.

En el fondo estábamos ante el viejo dilema de la política y la ética. O, si se quiere, de cara a la máxima de Maquiavelo de que el fin justifica los medios. No importa lo que haya hecho y cómo lo hizo, lo importante era detener a Cervantes, sostenía ella.

Empecemos por asentar que quien busque la frase de "el fin justifica los medios" en las obras del florentino jamás la va a encontrar. Literalmente nunca la escribió, suele deducirse de dos pasajes, uno de El Príncipe y otro de Discursos.

En el Capítulo XVIII de El Príncipe Maquiavelo se pregunta si el gobernante debe respetar lo pactado y responde que aquellos que han hecho grandes cosas no lo han tomado muy en cuenta.

"Cualquiera puede comprender lo loable que resulta en un príncipe mantener la palabra dada y vivir con integridad y no con astucia; no obstante, la experiencia de nuestros tiempos muestra que los príncipes que han hecho grandes cosas son los que han dado poca importancia a su palabra".
Frente y por sobre la palabra del Príncipe la magnitud de la cosa a lograr, del fin.

¿Y cuáles son las grandes cosas que puede perseguir un Príncipe? De entrada, responde el florentino: "vencer y mantener el Estado".

En el mismo tenor leemos en Discursos: "En las deliberaciones en que está en juego la salvación de la patria, no se debe guardar ninguna consideración a lo justo o lo injusto, lo piadoso o lo cruel, lo laudable o lo vergonzoso…"

Pero el problema es que, aunque nuestros políticos siempre digan que los problemas son terminales para el bien de la patria, las más de las veces responden al juego de sus intereses facciosos y equilibrios del poder.

Por ello Bobbio invierte la ecuación y pregunta, no por la idoneidad de los medios, sino por la legitimidad del fin. Si el fin justifica los medios, ¿qué justifica al fin?

A fin de cuentas, perdón por la redundancia, la política no puede substraerse del juicio moral, porque no puede reducirse a la simple idoneidad de sus medios. Y si de fines hablamos, no hay teoría política que sustente la finalidad de la acción política en el poder por el poder, en hacerse, ejercer y conservar el poder.

Regresemos a Maquiavelo, para él son las grandes cosas o la salvación de la patria lo único que puede justificar los fines.

Pues bien, ¿estaba la patria en vilo como nos lo vendió Anaya? ¿O más bien la puso en riesgo de crisis constitucional con sus artimañas?

Argumentó que había un compló –no, si la locura política es viral- del PRI y de senadores del PAN para imponer a Cervantes a través de un transitorio votado y firmado por él como Diputado. Por sobre este compló existe una iniciativa presidencial desde noviembre del año pasado durmiendo el sueño de los justos en el Senado para abrogar dicho transitorio, iniciativa en manos de una comisión presidida por un panista. Los panistas acusados de traición publicaron manifiesto firmado donde se oponen expresamente al pase automático que, decía Anaya, pactaron con el PRI.

Peor aún, el argumento de Anaya contra Cervantes en tanto tapadera de Peña no se sostiene, porque quien perseguirá la corrupción no será el Fiscal General, sino el Fiscal Anticorrupción, y para éste no opera ningún pase automático. En otras palabras, el supuesto riesgo no existía.

Lo que sí había era una masa crítica y hasta cierto punto enardecida para evitar el pase automático en caso del Fiscal General. Masa crítica sobre la que se montó Anaya en un muy cuestionable oportunismo político-mediático.

Y finalmente, un proceso podrido por nula operación política y pésimo manejo de los tiempos.

Pero pongamos que el PRI se saliera con la suya, ¿qué legitimidad tendría su Fiscal? ¿Aún siendo inamovible por nueve años, no sería desechado por una y mil manera al inicio del próximo sexenio, incluso si fuese encabezado por el priista? ¿A quién le serviría y para qué un Fiscal al que se acabaron en el procesamiento de su unción?

Por otro lado, en este juego de fin y medios, podemos encontrar que bien puede ser el fin legítimo y que acabe prostituido por la maldad de sus medios. Creo que es el caso. Concedámosle al joven maravilla legitimidad en su fin, ¿podemos decir lo mismo de la idoneidad de sus medios? ¿No es un partido político con presencia y recursos públicos, no participa de la vida institucional y democrática del País? ¿No cuenta con políticos, gobernadores, senadores, diputados, alcaldes, militantes, medios y recursos que se le otorgan del erario público precisamente para que actúe como partido en la arena política? ¿No existían abiertos cauces institucionales y procedimientos normados para dar la pelea? ¿Realmente había que poner al País en vilo de una crisis institucional, por algo que podía procesarse en la arena política y legislativa sin mayor problema? ¿Se trataba de salvar la Fiscalía o de jugar con las instituciones con fines aviezos, empezando por la Presidencia de un Partido nacional y terminando con el Congreso y el presupuesto de la Federación?

Sostengo que en este caso el fin que Anaya utilizó, subrayo el verbo utilizar, no merecía sus medios y, por ende, no se justifican ni uno ni otros.

No justificado el fin, sus medios lo condenan.

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Luis Farias Mackey

Luis Farias Mackey

Ser o no ser, preguntó Hamlet. ¿Soy éste que soy?, preguntó Quetzalcóatl. ¿Vivo yo todavía?, preguntó Zaratustra. La primera es una opción binaria: sé es o no sé es. La segunda es la trama de la vida misma: ser lo que sé es. La tercera es descubrir si, siendo, efectivamente aún sé es. Vivir es un descubrimiento de lo que sé es a cada instante. Porque vivir es hurgar en el cielo y en las entrañas, en los otros -de afuera y de adentro-, del pasado y del presente, de la realidad y la fantasía, de la luz y de las sombras. Es escuchar el silencio en el ruido. Es darse y perderse para renacer y encontrarse. Sólo somos un bosquejo. Nada más paradójico: el día que podemos decir qué somos en definitiva, es que ya no somos. Nuestra vida es una obra terminada, cuando cesa. Así que soy un siendo y un haciéndome. Una búsqueda. Una pregunta al viento. Un tránsito, un puente, un ocaso que no cesa nunca de preguntarse si todavía es.

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