LO DE HOY

El retorno de los brujos

El retorno de los brujos

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Superchería científica.

Los brujos tuvieron tiempos de hegemonía. Muy distintos a los del surgimiento del saber científico, que desplazaron los del mito y la fe. Nuestro mundo se construyó fundamentalmente sobre la ciencia y la técnica.

Pero, como decía un clásico: la solución suele convertirse dialécticamente en problema.

“La ciencia, sostiene Jaspers, solo es propiedad de unos cuantos hombres”, la mayoría de los mortales, o participamos de sus resultados técnicos, o admitimos como “dogmas trivialidades discutibles”.

En una especie de “El retorno de los brujos”, la pandemia revivió en nuestro inconsciente social la figura del brujo de la tribu y sus poderes supernaturales. En vez de levantar todas nuestras dudas existenciales y accionar el pensamiento frente axiomas enarbolados, la pandemia sumió a la humanidad, cual hombre de las cavernas ante un eclipse, en el pavor a lo desconocido. No solo se confinó físicamente a la humanidad, se proscribió por igual el pensamiento.

Pasivos, silentes, dóciles, aterrados; corrimos a nuestras casas y bajo doce llaves encerramos dudas y pensamiento. Nos mata la incertidumbre, pero ésta no acciona lo mejor del hombre, su pensar.

El crédito dado a la ciencia es total y ciego, propio del dogma que no admite fisuras. Unas cuantas voces desgranan en la soledad de sus ordenadores y al alcance de sus redes, la madeja de intereses inmersos en la mafia mundial de la salud, donde triillonarios, laboratorios, pruebas, vacunas, fundaciones, investigaciones y protocolos dictan imbatibles la nueva tabla de los mandamientos, el palpitar del mundo y el ritmo de su miedo.

Hoy todo se espera de la ciencia. Los economistas, hasta ayer dueños del mundo, callan en pasmo. Los luchadores de Derechos Humanos trabajan de albañiles en la erección de la nueva cárcel mundial. Los filósofos, como el Papa jubilado en Zaratustra, vaga sin dueño y libertad. Finalmente, los verdaderos médicos, sepultados bajo montañas de enfermos y escafandras sanitarias, se juegan la vida por la de otros sin oportunidad de diagnosticar qué locura mata lo humano en el hombre.

La superchería desplazada por la ciencia ha regresado en superstición científica. El desenlace no podrá ser más que el desencanto en la ciencia: “Abandonarse oscuramente a algo de que se tiene noticia es superstición; entonces, la experiencia del fracaso lleva al menosprecio del saber. Ni uno ni otro tienen nada que ver con la ciencia. Así, pues, la ciencia es una signatura de la época, pero en una forma en que ya no es ciencia.” (Jaspers)

Pandémico es el daño que López Gatell le ha hecho a la ciencia en su borrachera de poder, cocinada a fuego lento para usarlo de tonto útil y desecharlo como el culpable de la mortandad. Del juego político del que es vil, aceptado y dúctil instrumento, nadie se sorprende, menos de su luctuoso desenlace, aún en ascenso. Pero escandaliza la prostitución de la ciencia en manos del galeno alienado.

Por nuestro lado, olvidamos que la ciencia no deja de ser humana y objeto de contradicciones; que tiene límites, que es, por esencia, inacabada: “El contenido del conocimiento no está cerrado ni se le puede cerrar” (Ibid).

Ciencia y poder siempre han hecho muy mala pareja, más todavía cuando juntos reclaman obediencia absoluta y la ciencia se asume en dominio y no en autoridad.

“Cuando, después, esta superstición de la ciencia se desvanece desengañada, entonces sigue como reacción una repulsa de la ciencia y una apelación al sentimiento, al instinto, al impulso. Entonces se atribuyen al desarrollo de la ciencia todas las desdichas. Tal desilusión es inevitable cuando la superstición espera lo imposible.” En su juego de espejos y apuestas de poder, el manejo de la pandemia pasó de la superstición, al desengaño, al desencanto y, posiblemente, se eleve a la incrédula desobediencia y todos nos vayamos de gira y campaña.

La superstición de la ciencia hecha poder, igual a la del misticismo político, han perdido todo esbozo de límites.

Tan peligrosas son las supercherías médicas y políticas, como los odios a la ciencia y a la política.

El pecado de López Gatell fue abdicar de la ciencia médica para jugar al poder mediático. La verdadera ciencia siempre busca su contradictor para cuestionar sus hallazgos, no se encierra en capillas y menos en las de palacio. No es menor que la Constitución ordene un Consejo de Salubridad General para hacerse cargo de estos eventos, instancia colegiada que, en la discusión propia de la ciencia, evite absolutismos, valoraciones no científicas, apuestas cortoplacistas, necedad.

Situación nada distante de la del poder que, cuando pierde su esencia plural y de equilibrio, niega su autoridad, aunque conserve su fuerza. Fuerza con capacidad de destruir, mas no de construir, siquiera, convivencia.

Mientras tanto, ciencia y poder aparte, mexicanos mueren, por enfermedad o crimen; quiebran, empobrecen, desesperan, enloquecen, descreen.

Mundialmente la psique humana está bajo tormento, como siempre nos sorprenderá con su contradicción de obscuridad y luces, barbarie y sublimidad.




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Luis Farias Mackey

Luis Farias Mackey

Ser o no ser, preguntó Hamlet. ¿Soy éste que soy?, preguntó Quetzalcóatl. ¿Vivo yo todavía?, preguntó Zaratustra. La primera es una opción binaria: sé es o no sé es. La segunda es la trama de la vida misma: ser lo que sé es. La tercera es descubrir si, siendo, efectivamente aún sé es. Vivir es un descubrimiento de lo que sé es a cada instante. Porque vivir es hurgar en el cielo y en las entrañas, en los otros -de afuera y de adentro-, del pasado y del presente, de la realidad y la fantasía, de la luz y de las sombras. Es escuchar el silencio en el ruido. Es darse y perderse para renacer y encontrarse. Sólo somos un bosquejo. Nada más paradójico: el día que podemos decir qué somos en definitiva, es que ya no somos. Nuestra vida es una obra terminada, cuando cesa. Así que soy un siendo y un haciéndome. Una búsqueda. Una pregunta al viento. Un tránsito, un puente, un ocaso que no cesa nunca de preguntarse si todavía es.

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